indores dos

Visión poética de Francisco Mena Cantero
Enrique Barrero Rodríguez
Editorial Betania, 2009
Madrid



Aparecida recientemente en la Editorial Betania, me llega el libro Un silencioso laboreo: Visión poética de Francisco Mena Cantero, obra de la que es autor el también poeta Enrique Barrero Rodríguez y está precedida de un prólogo del profesor Miguel Cruz Giráldez. Las palabras presentadoras dan una pista de por dónde va a transcurrir el estudio de Barrero Rodríguez. En efecto, “la poesía de Mena Cantero es una apasionada búsqueda de sí mismo a través de Dios, el paso del tiempo, el amor, la soledad, la intimidad cotidiana...”, escribe Cruz Giráldez, y su afirmación coincide, a modo de síntesis, con el estudio detallado del tema, como si fuese una hipótesis de tesis, de lo que se va a desarrollar con detenimiento primoroso a lo largo de este libro. 

Pero el análisis de Barrero Rodríguez arranca en la primera parte con el perfil biográfico de Mena Cantero. La experiencia que sirve de motivación y viene a consolidar una poética equilibrada entre el tema y la forma, para emplear una terminología clásica, nos recuerda la técnica estilística de Dámaso Alonso, concebida como una emigración del significante al significado, y viceversa. De hecho, el autor de la monografía hará bien en partir desde la infancia y juventud de Mena Cantero, desde el contacto con el doctor Yubero hasta la aclimatación a los aires poéticos de Sevilla, hay una primera época del poeta que transcurre por varios institutos entre la enseñanza de la lengua latina y la pedagogía. En Sevilla, toma contacto con la Colección Ángaro, que, a la sazón, dirige el sacerdote y poeta Manuel Fernández Calvo. También participa en la fundación de la revista Cal.

A partir de su asentamiento en la capital hispalense, la trayectoria de Mena Cantero esta jalonada de importantes premios de poesía que le van dando una considerable relevancia en el mundo poético, además de distinciones y reconocimientos de los que se ha hecho acreedor, como dice Barrero Rodríguez.

Pero la médula del estudio está en la continuidad de su obra poética planteada desde unos supuestos consecuentes con su visión del mundo, en la que conjuga una sólida fe en los valores humanos con “una visión inquietante y en cierto modo agónica del tiempo y la existencia, no cerrada jamás a la esperanza ni a la constatación de la dimensión espiritual y trascendente del acontecer humano”.

Interés especial tiene el capítulo dedicado al lenguaje poético de Mena Cantero. Cita el autor del estudio unas declaraciones del propio poeta manchego en las que expresa que en el primer estadio de la creación manda el subconsciente. Sin embargo, su poética está lejos de cualquier instancia experimentalista, como se podría desprender de esa alusión al subconsciente; ni siquiera hay una ligera conmoción vanguardista; ahora bien, esto no significa incoherencia entre este sustrato de concepción poética y el lenguaje próximo a un realismo depurado en el que la poesía fluctúa sin amagos de ruptura con un mensaje emanado de una contemplación, si bien relativamente “arraigada”, no exenta, como ya hemos dicho, de inquietudes y, además, próxima a la desolación, lo que evita que esas raíces estén empapadas de un agua de conformismo y poesía de torre de marfil. 

Una amplia bibliografía sobre la obra del poeta remata este profundo trabajo que Enrique Barrero Rodríguez dedica a la poesía de Francisco Mena Cantero, siempre enfocado desde la humildad, “que, pese a su percepción a veces doliente y pesimista del acontecer humano, no resulta en modo alguno ajena a las claves de la esperanza”.


Escritura arrasada

Antonio Vallmeg
X Premio para poetas andaluces “Ciudad de San Fernando”
Huerga y Fierro editores, 2005

Madrid


Reunidos el jurado del Premio ·Ciudad de San Fernando”, Manuel Francisco Reina, Charo Fierro Madrid y el que esto suscribe, se acordó por unanimidad conceder el premio de este año al libro Escritura arrasada, del poeta granadino Antonio Vallmeg (Churriana de la Vega, 1951).

Creer que el anhelo de remozar las estructuras poéticas fenecen con la crisis del surrealismo y la rehumanización de la poesía, es un error; más aún si nos trasladamos a la poesía arraigada de la posguerra. Siempre ha habido poetas que han dado un vuelco a la poesía vigente como si la quisieran retrotraer a una especie de inocencia verbal en la que se busca frescura y un conjunto de sugerencias, aunque éstas rocen la imagen irracional.

Algo de eso hallamos en este libro de poemas breves sin ilación “argumental”, o sea, sin obedecer a un contenido que sitúe al lector por etapas de la vida. Todo lo contrario: esencialmente de estructura abierta, este poemario, con un fondo lírico en el que habla una voz de “dolorido sentir” garcilasiano, pone un toque surrealista en cada poema, como si la realidad quedase soterrada en una visión que descompone adrede el mosaico de la lectura: 

“Esa mecánica hermosísima que repara arcángeles en lo profundo del cielo,/ ese oro cruel de lo quimérico de los pájaros,/ese veneno de lo superficial de las adelfas,/o bien esa hiena que posee en su boca una magnolia”.

El poeta no nos quiere comunicar contenidos lógicos de su conciencia biográfica. Hay una renuncia voluntaria a una exposición racional de lo que vemos cotidianamente: 

“Amortajados en el agua curva / del celeste augurio donde se / rompen los álamos y se extiende / la sábana blanca del hastío”.

El formalismo poético quería que el poeta expusiese el poema como no previsto por el lector, sino todo lo contrario: que imprimiese en el interés del lector una novedad sorprendente. No sé si a los ojos de cualquier lector Vallmeg lo consigue; lo cierto es que su verso procura rehuir todas las expresiones de cliché realista para ofrecer una pintura algo insólita:

”La copa vacía donde cabe todo el cielo, / donde cabe todo el silencio, donde la pared / cohabita con el cisne, el perro y el violín, / donde los gatos hielan el corazón del ciervo”.

Lejos de cualquier mensaje de poesía social, o sencillamente intimista, el autor recurre a combinaciones donde la realidad inmediata esté ausente y por oposición, la sorpresa pueda emocionar al que lee:

“El diamante suena en la sangre del mirlo”.

La escritura de Vallmeg queda arrasada por una anhelo de presentarnos un mundo insólito, incubado por los recursos del poeta, desde luego. Lo que queda de la escritura es una sensación de un mundo ya recorrido, conocido y superado por la ambición expresiva del autor, de la que nada más que permanece la angustia de ser o no-ser en el valor entitativo de la comunicación:

“He viajado mucho por la vastedad / de la palabra, / por la jungla de asfalto del idioma. /
El iris de las lenguas antes de morir, / he conocido”.


Ante libros con lenguaje literario convencional de indudables valores líricos intimistas, el jurado se decidió por Escritura arrasada, debido a su anhelo de sensorializar el mundo íntimo hasta ofrecerlo como una pintura de trazos con atrevidas y atractivas estridencias. A mi parecer, en ocasiones una pintura del Bosco. 


Remansos en el tiempo

Ramón Luque Sánchez
Premio de Poesía El Olivo 2003
Excelentísimo Ayuntamiento de Jaén.

  

Da alegría dar señales de un libro premiado a un compañero de tertulia en la misma revista en la que todos colaboramos. Ramón Luque Sánchez nos hace el delicado regalo de su libro premiado con el Premio Provincial de Poesía “El Olivo” de Jaén 2003, editado recientemente. Poemario dividido en cinco partes, precedido de un prólogo del poeta extremeño afincado en la Isla Ricardo Bermejo Álvarez.

El contenido poemático de este libro se inscribe en la poesía intimista, si bien escapa al lastre a que obliga esta corriente poética cuando el autor está bajo la presión de ideas y sentimientos que determinan un lenguaje plagado de neo-romanticismo, si por esto entendemos la consideración de los sentimientos como motivos básicos del poema. Veamos este poema: “Triste fragilidad la de ser ángel. / Vestirse de cristal en cada aurora. / Buscar en el rocío tantas alas / que el sol viste de luz y transparencia. / Ser pájaro de fe. Amor y beso. / Caricia y levedad. Siempre en la sombra. / Una leyenda que alimenta dioses. / Especies subacuáticas. Imperio”.

Estas descripciones quieren huir de cierto resonancia colorista que la vinculan con la tradición. Ramón Luque, consciente de que escribir conlleva cierto anhelo de despegue de lo heredado, no se deja ganar por la inercia: ”Yo te llevaba flores, padre mío; / adustos crisantemos, carmesíes, / claveles que sangraban de congoja, / y rosas que asperjaban mi esperanza [...] no volver a beber más ese cáliz / tan lleno del vacío de los muertos...” del poema ”Muerte de un ángel”.

Esta escapada del servilismo léxico se cobra en cada poema versos que pueden poner este poemario entre libros que, vinculados a la poesía intimista, regeneran esa savia de la búsqueda de nuevas combinaciones de la palabra. Tal estrategia se sucede en los poemas que vertebran el libro, en especial en poemas como “Un milagro de amor” o “El canto de la sangre”, dedicado a sus hijas (“...su tributo más íntimo: / la nueva sangre en que anidar sus sueños [...] izando en mi conciencia / la doble enseña de mi pensamiento [...] cuántos ríos confluyendo en mi penumbra”) o en “Tarde de posguerra”, con la que el autor homenajea a su madre y que abre el libro con versos como éstos: “Está repleto el patio de rumores / de esta tarde de abril desdibujada... [...] Lentas pasan las horas, disfrazadas/ de seriales de radio y mil palabras / que juegan a ocultar duras carencias. / Mañana es un milagro que se teme”.

En “Invernada” el verso se adelgaza como temiendo llegar a la desembocadura del poemario después de una experiencia agridulce en este contenido que lucha contra la tentación de la expresión fácil, remontada airosamente: “Pasan días enormes / y un regusto a orfandad / llena la vida. / Se van desdibujando sueños. / El sol está perdido. Ha olvidado que nunca tuvo límites el oro. / Triunfa el fuego, que enreda las miradas / en sus hilos cobrizos. / Y el alma se fragmenta / como una coincidencia con las manos [...] Lágrimas son de un dios que tiene frío. / Se remansa el invierno, / estación cuyo rito es desamparo”.

Damos la bienvenida a este libro de Ramón Luque, deseándole que abunde en este ejercicio de regeneración del lenguaje poético, y lo situamos, además, en el marco de nuestra tertulia como una satisfacción de todos los compañeros.

El pájaro y su vuelo

Francisco Mena Cantero
CAJASUR publicaciones, 152
Córdoba, 2008

Hace poco tiempo comentábamos en esta misma sección una antología del poeta manchego Francisco Mena, afincado en Sevilla desde principios de los setenta, al calor de la Colección Ángaro, que empezó a comandar con el poeta Manuel Fernández Calvo. Ya en la mencionada ANTOLOGÍA POÉTICA (1967-2002), editada por el Ateneo de Sevilla, observábamos una tendencia de Mena Cantero a darle más relieve al significado que al significante, a pesar de que ello no implicaba deuda de estilo con el pasado lingüístico, que amenaza a todo texto que no sacuda el verso de viejas formulaciones poéticas incardinadas en el realismo, ya sea intimista, ya sea social. Todo lo contrario; nos congratulábamos de que en la Antología proliferaban versos con visos de renovación, más meritorios aún cuando se trata de una poesía que no coquetea en ningún momento con ningún vanguardismo, sino que nos ofrece “un mensaje”; es decir, que se apoya en el contenido sin alianza con un significante de destellos sensoriales.


En esta entrega de El pájaro en su vuelo vemos un paralelismo entre la creación bíblica y lo cotidiano. Más que nostalgia de un paraíso, hay un anhelo de recuperar los privilegios del paraíso, que nada tienen que ver con el “seréis como dioses” que le dice la serpiente a Eva:


“Volveremos a ser igual que dioses/ de luces y de juegos en los patios/ donde aún está abierta/ esa puerta que da a la creación/ de cada día”.

Frente al hecho diacrónico de la creación, o sea, tomada como un todo, hay que tener en cuenta el hecho sincrónico, un segmento de ella en el tiempo.

Para la poética de Mena Cantero las cosas viven sustancialmente de Dios, aunque se degraden por su naturaleza que (es) “Más bien como temblor,/como desprendimiento de la entraña/ de cuanto nos circunda...”

Veladamente el poeta nos insinúa la ley del pecado como menesterosidad de “ofrecer el holocausto/ del afán de vivir”.

Pero este descenso a la naturaleza precaria y a las cosas perecederas no es del todo negativo y cada “amanecer es el misterio” que nos lleva al temblor de la espiga, al sol indolente en la hierba, la brisa acariciadora...

Y lo que es más importante: a la palabra, a cuyo nacimiento el poeta —tal vez cada poeta en su oficio de pequeño dios, como dijo Vicente Huidobro— asiste con la certeza del verbo, que es grito en las entrañas del pensamiento. De todo lo creado, la palabra es lo más valioso porque denomina lo que ven los ojos y lo que tocan las manos, y es que la palabra nos ayuda a buscar la verdad, que es el destino del hombre en esta caída en el tiempo, en este caos que ha de organizar, precisamente, la palabra.

De ella como valedora de los conceptos, de su poder —“Nombrarla es crearla de nuevo”, como dice el poeta—, pasamos a las cosas, por ejemplo, el mar. Puede que esta elección no sea casual, ya que el mar ha sido la madre de los seres vivos.

A partir de entonces, podemos considerar una segunda parte del poemario. Los pueblos vacíos, la limpieza de la casa, los vuelos de pájaros simbólicos en la vida del entorno como indicadores de un sueño retrospectivo: “cuando ordenábamos el mundo/ desconocido y misterioso entonces/ para la creación del tiempo y de la infancia”. Sigue el poeta instalándose en la naturaleza, incluso para bien morir, sin que ello implique panteísmo alguno. El silencioso drama de la casa total como un testigo de la lenta desaparición de los que la habitan. El tiempo, un transcurrir inevitable en el que también se desarrolla el devenir del poeta como un ente más de cuantos vertebran el Ser. El poeta sugiere más que dice, y a los pies de ese Ser, que no denomina, pone una lámpara para la eterna ofrenda, porque el final es ley, pero no castigo; no lo es porque el poeta se ha preparado desde la observación del vuelo de ese pájaro que es el misterio aleteando en todas las cosas.

Hemos dicho que Mena Cantero es más un poeta de contenido, de significado y de mensaje. Sobrio en sus metáforas —“lámpara despabilando las tinieblas”, “altar del tiempo”, “tejiendo tiempo”, el manto del tiempo”, “el tiempo es un rescate”...—, sinestesias también frescas —“ el murmullo de su insistente ausencia”, “el rumor de la luz”, “el silencio que nace de un resplandor”..., entre otras que no tienen para el autor exhibición estilística, sino que sirven como apoyo a su intención de dejar un testimonio como hombre de su tiempo dentro de un marco de trascendencia, aunque ésta no esté expresada directamente, pero sí esbozada con una clave evangélica: ”Es necesario / que la simiente se hunda entre la tierra”.

Poemario sustancioso con una economía verbal que deja entrever a un poeta castellano con hondura, que domina en todo momento sus emociones y no permite que éstas hagan de la palabra existencial un “juego de verso y su artificio”.



A pesar de las sombras

Antonia Álvarez Álvarez
Premio VII Certamen de Poesía Iberoamericana Víctor Jara
Colección Mar adentro
Amaru Ediciones, 2008

Salamanca
 


Nueva entrega poética que nos llega de la poeta leonesa Antonia Álvarez, de la que ya hemos reseñado en esta misma sección otras tres.

Señalábamos en los libros anteriores unas coordenadas que se repiten también en ésta. Se trata de un sentimiento elegíaco en diálogo con el paisaje. Romanticismo al que no podemos devaluar si el lenguaje que lo representa se esfuerza en atraernos con nuevas combinaciones que le dan al texto un alto nivel de expresividad. Por lo tanto, tenemos una poesía intimista revestida de una “fermosa cobertura”, aunque en algunos momentos ésta aparezca con hilazas de denominaciones que pactan con lexicalizaciones del pasado, común a todos los poetas, a pesar de los afanes de renovación. Es un factor-lastre —según denominación de Díaz-Plaja— que los formalistas más radicales consideraban inevitable. Es de suponer que planteo esta crítica desde la noble ambición de una “poesía auténtica” o sea “pura”.

En el caso de este libro, la autora salva el peligro de los clichés en ciertas adjetivaciones y nos regala una afluencia de percepciones nuevas del lenguaje —a pesar del riesgo que entraña la rima, asonante en este caso— como quería el formalismo poético de Shklovski y que luego revalidaron el creacionismo de Huidobro y los ultraístas de Cansinos Asséns y después Borges.

Hemos hablado antes del paisaje, pero a esto hay que añadir el sentimiento de pérdida de los seres queridos, incluso de un animal. Todo lo que vive y muere se expresa en este poemario con un “dolorido sentir” garcilasiano — a primera vista, sin posible consolación— que tanto seducía a Azorín, otro testigo del tiempo devastador: “Dejó de columpiarse la risa en tu mirada,/perdida para siempre en el hilván del viento/de otoño; los caminos hundidos en la niebla/esconden en el monte los íntimos secretos/ de la noche y el pájaro, tan verde entre los árboles/deja en el aire triste las alas de su duelo...” Otra presencia de lo fugaz: “Cuando la luz postrera anide en tu mirada/ para apagar de golpe el alma de tu aliento,/ y no nos quede nada si es que yo no me he ido...” 

Entre “Envés” y “Testigo de la luz” —alejandrinos con rima asonante—, hay un interludio a modo de silva en verso blanco. Estos tres apartados configuran un conjunto de visiones de la propia subjetividad intercaladas con miradas al mundo exterior como en una amable complicidad: “Destrenzamos las luces en los ojos del alba/y robamos colores de la piel del ocaso/. Desde el sur regresamos a las blancas paredes/ de la fe y la alegría, a los páramos altos/donde el viento se cimbra en ternura infinita...” 

La ternura acompaña en todo momento a la autora por la vida como un lazarillo a un ciego. La fe de que ella habla parece como una confianza en que la fuerza de la naturaleza nos puede erguir sobre nuestro dolor, más o menos silenciado, a pesar de las sombras de los muertos que se nos han ido, sea alguien de nuestra sangre o un gato: “...ser inocencia del niño que se acuna/donde se ahogó la nada y todo tiene instante”.

Esa fuerza íntima es la que colorea el poemario y lo hace luminoso: “Ser siempre una sedosa tersura del silencio,/ donde el estío sangra de luz interminable”. Maravillosa declaración de fortaleza moral que ayuda a contemplar con estoicismo la naturaleza, que también sufre como nosotros.

A tenor de esos versos citados, digo lo mismo que en la reseña de los otros libros: Antonia Álvarez gana el reto del lenguaje con la bendición estilística de los vanguardistas moderados, torneo inexcusable del poeta de hoy que no quiera repetir a sus antepasados literarios. ¡Liberar el lenguaje de viejas percepciones dotándolo de nuevas sugerencias! Oigamos lo que dice Shklovski: “El discurso poético es un discurso elaborado. La prosa permanece como un discurso ordinario, económico, fácil, correcto”. Quiere esto decir que mucha poesía que se escribe hoy como si fuese prosa es ya pasado literario, arqueología del estilo. Puede que algún día escribir poesía conlleve forzosamente la ética de la creatividad. Este libro, como los anteriores de la autora, ha empezado el camino.

La mirada del aire

Antonia Álvarez
Premio de Poesía
Pedro Marcelino Quintana 2005

Repetir lo que dijo Antonio Machado acerca de la poesía como palabra en el tiempo, no es ocioso cuando leemos algunos libros de poesía actualmente.

Que el poeta ha ido a la vanguardia de la conciencia semántica de la palabra escrita tampoco es nada nuevo. Fue Guillermo Díaz-Plaja quien denominó factor-lastre a aquella herencia que pasa, no renovada, de una generación a otra. Escribir con un lenguaje poético heredado es fácil. Lo difícil es sentirse sacudido por un escrúpulo de conciencia literaria e intentar crear nuevos enlaces de las palabras para expresar las propias ideas en el papel.

Y ésta es la tarea que se propuso Antonia Álvarez Álvarez, poeta leonesa afincada en Gijón. Su bibliografía no es muy extensa, dado que hace poco que decidió a darse a conocer en el mundo de la poesía. Unos cuantos premios conseguidos en poco tiempo, avalan una recién nacida trayectoria que pueda llegar a cotas de más altura.

Este libro, La mirada del aire, Premio de Poesía Pedro Marcelino Quintana 2005, es una muestra de su inquietud por la renovación expresiva desde instancias de un lirismo no necesariamente neorromántico, si nos percatamos de su sobriedad y la intención de recrear la lengua, más que tomarla como instrumento de una catarsis sentimental.

¿Debe tener “argumento” un libro de poemas? Está claro que el (la) poeta toma de la realidad un mínimo de experiencia para expresar una síntesis de vivencias al hilo de esa misma bocanada de historia que le llega de su entorno. Eso es lo que hace Antonia Álvarez. Su intimismo está fuera de duda. Pero su preocupación no es plasmar en el papel la necesidad de una confesión lírica, sino el anhelo artístico de crear poesía con un lenguaje que busca la independencia con respecto a pasadas herencias. 

Precedido de un prólogo de Francisco Rebollo y Espada, y con una cita antoniomachadiana, en el libro hay tres partes que dan contextura al libro, en versos heptasílabos y endecasílabos, en su mayoría. El sentido elegíaco es como un cauce que conduce el agua de su escritura bajo la sombra de Virgilio, autor muy próximo en el sentir a la autora. La delicadeza de espíritu del mantuano es como un aviso en sus citas de que el poemario discurre por un camino esbozado nada más, sin apego al realismo expresivo, que nuestra poeta rehuye con elegancia y un disimulado flirteo con la creatividad en las combinaciones que ofrece la llamada competencia lingüística en el nivel poético: “Vengo del fondo al fondo. / De una cúspide hundida/donde la sombra embrea el cielo de caricias, / vengo al foso elevado. / Voy de la nada encinta / de un aire que se ha roto en rosas y en espinas, / al parto de la nada. / Desde una a la otra orilla. / Me agarro sólo al aire, al aire más arriba, / ingravidez de un grano de trigo sin espiga.”

Otro poema representativo puede ser “Ella” : “Viene cuando la noche nos desviste, / apagando la luz y la palabra. / Es víspera del sueño que recuerda / que nuestra longitud es la ceniza, / que toda florescencia es ya despojo. / Viene de blanco, / Ella / la nostálgica, / a mirarse en el agua silenciosa. / Albar el alma, un negro e inmenso velo / recubre los temblores de su frío. / Y luego, / con el aire de la aurora, / esconde, pudorosa, su osadía / en la posada astral del universo. / la zunática luna... la enigmática.

En “Avemarías” la autora cede a la tentación del pasado surrealista y juega con la palabra aire en variantes significativas por las que triunfa el sensorialismo: “Airelluvia, airecielo, aireluz, airealma, airelumbre, airelluvia, aireverde, airetiempo...” Nuestra poeta no está por innovar; su desvio es mínimo y no implica la revisión de la teoría de Leo Spitzer consistente en considerar que a toda excitación psíquica que se aparte de los hábitos normales de nuestra mente, corresponde también en el lenguaje a un desvío del uso normal: “La soledad habita en la mirada / como el mendigo absorto en la miseria, / no tiene un sitio al sol / ni en las esquinas, / ni siquiera una sombra en que apoyarse...” 

Posiblemente Antonia Álvarez podría abundar en el desvío susodicho, pero ese alarde queda para poetas que no tienen contenidos experienciales que comunicar a los lectores y esterilizan el lenguaje a fuerza de golpearlo en el yunque de una búsqueda estilística desesperada.

Pero, si se piensa que Antonia Álvarez introduce este rasgo lúdico para fascinar al lector, pudiera estar en un error, ya que su discurrir poético se incardina deliberadamente en una poesía con una atmósfera de suave melancolía por lo que tiene de concepción del mundo: el “dolorido sentir” del Nemoroso de la égloga garcilasiana, que ella eleva a categoría estética por el uso sorprendente de la palabra, coincidiendo con el movimiento del New Criticism, que denunciaba los inconvenientes de la crítica genética, psicológica, histórica, biográfica y sociológica, y basaba la esencia de la poesía en la metáfora. Pero Antonia Álvarez no cae, como dijimos antes, en extremismos verbalistas en los que esté ausente la “vida mesma”, en el decir de A. Machado refiriéndose a santa Teresa, como núcleo básico de la escritura extraída de las propias vivencias.

Por eso, para ella la soledad, tema tan frecuente en el haber de tópicos clásicos de la poesía, no es un motivo banal en donde especula con teorías oníricas, sino que: “Es pura desnudez de piel y beso: / la soledumbre misma consumada. / Temblorosa su mano, palidece / al tacto astral, selénico del frío, / mas no encuentra otra mano/ que la entibie, / nunca otros pies inquietos que la aguarden.”
Bienvenida sea La mirada del aire, buen espécimen de una poesía que contagia.


Puntos cardinales
Anabel Sáiz Ripoll
Ediciones Cardeñoso, 2008

Vigo

Recibo de Anabel Sáiz Ripoll Puntos Cardinales, un conjunto de brevísimas narraciones, 63 en total, editado por Ediciones Cardeñoso. Cuenta con un prólogo de Teresa Martín Taffarell, una semblanza por Miguel Ángel Fernández García y un epílogo de Severino Cardeñoso Álvarez.

La primera impresión de un acercamiento al libro es de una espontaneidad que se corresponde con el fin que se propone -me supongo- la autora: atraer a la lectura a todos los que se acerquen a los libros, y ello es debido a la brevedad de sus relatos y a la fluida sintaxis de su entramado literario, de manera especial a niños y jóvenes, aunque haya también capítulos con los mayores como protagonistas. Sus dibujos de ingenuidad lorquiana hacen los textos simpáticos, fácilmente navegables por unas ideas sacadas de la experiencia inmediata.

Sabiendo que es difícil este género a pesar de su aparente sencillez, nos adentramos en su desarrollo y observamos que la autora parece seguir una intención, no moralista, pero sí pedagógica, es decir, quiere “enseñar” ciertos comportamientos sociales, como si ellos fueran paradigmáticos de la condición humana, incluso a niveles muy elementales. Tenemos, por ejemplo, el de “La inspiración no existe”, de comprensión familiar para todos los que se dedican a la enseñanza:

“No creía en la inspiración, pero cuando veía a sus alumnos mirando con los ojos en blanco hacia arriba, en pleno examen, se decía que tal vez la inspiración no era una mariposa ciega y asustada, sino un rayo de sol en las paredes o quizá un aliento divino. Mas bien, concluía, era que el alumno no había estudiado bastante y miraba al techo para disimular, en busca de quién sabe qué respuesta que nunca llegaba, porque la inspiración no existe”.

Esta muestra de directez en la exposición, con su gota de ironía, es permanente en todo el libro y ello hace su lectura entretenida.


Antología poética
(1967-2006)
Francisco Mena Cantero
Ateneo de Sevilla, 2005

Sevilla


He recibido una antología de poemas del poeta de Ciudad Real afincado en Sevilla Paco Mena Cantero, a quien conozco poéticamente -y personalmente- desde hace algunos años y del que ya he dado cuenta en páginas de “San Fernando Información” en reseñas de libros tales como Plural espejo y Las cosas perdonadas.

De ciertos poetas se puede decir pocas cosas concretas y contundentes sin entrar en prolijos matices repetitivos. Ése es el caso de Mena Cantero. Por ejemplo, si afirmo que su poesía se caracteriza por la hondura humana y una preocupación del lenguaje, puede parecer que no quiero adentrarme en el mar de pequeños detalles de su poesía, como la de otros poetas.

Sin embargo, hemos de pormenorizar necesariamente en ambos valores, que son las dos columnas de toda verdadera obra literaria. Por una parte, su humanidad. Por su edad (n. 1934), Mena Cantero, que pertenece a la segunda generación de postguerra, nacido entre Gil de Biedma y Carlos Sahagún, toma de esa misma generación de los 50-60 un interés por lo humano, “demasiado humano”, en el decir de Nietzsche. La vida es su inspiradora, lo vivido, pero con toda su enjundia (sin los aditamentos estéticos y formalistas de los poetas Novísimos y los poetas llamados de la “experiencia” de los 80).

Por otra, su interés por no dejarse arrastrar con la oleada del lenguaje ya redicho, le obliga a ponerse en guardia frente a la tentación de lo sentimental, propia de todos los poetas que aceptan el reto de la realidad cotidiana, fuente inmediata de su labor poética, pues como dice su prologuista, el presidente del Ateneo de Sevilla, Enrique Barrero González “poesía que brota de manantial sereno”, y que, además, “ bebe en las fuentes clásicas, que abarca desde la perfección formal endecasílaba del soneto hasta la concisión esencial del verso libre”. Pero el poeta sevillano recuerda aquello de don Antonio Machado de que ni mármol duro ni eterno, sino la palabra en el tiempo. Repito que su esfuerzo por presentar su musa revestida de modernidad lingüística es fácilmente reconocible.

La antología recoge veinte libros, concretamente desde Aún no ha llegado ayer hasta La fe que nos lleva, muchos de esos títulos avalados por premios importantes.

Algunos poetas y críticos se han quedado un tanto perplejos preguntándose si después de la irrupción de los llamados Novísimos se puede escribir poesía humanada por un afán testimonial que podría peligrosamente rozar la poesía social de los cuarenta y cincuenta, incluso no tanto la tan contaminada de Celaya, como la más selectiva de Otero.

Oigamos lo que dice Mena Cantero en El otro libro de Job (1982) en el poema “Credo”: “Creo en el mundo, en las cosas que llegan/a rozarnos la vida / con su alusión de muerte. Creo / en los hombres que gritan / su odio / contra el pan que se comen. Creo / en el misterio / que guarda cada niño. En la palabra dicha / y en la no pronunciada. / Creo en la mentira de los hombres, / en la verdad de tantos muertos / y en la armonía eterna de las cosas / donde espejea el ángel de la vida. / En cada instante creo / con que nos echa Dios fuera del tiempo”.

Este credo ciudadano del poeta no recurre al compromiso en el sentido de una vinculación literaria con el pasado, sino que nos presenta una ética del verso que no está reñida con una búsqueda de lo trascendente, de la belleza, del asombro y del amor, fuentes generadoras de poesía, aunque la poesía de una preocupación lingüística hasta el delirio del surrealismo nos ponga en peligro esas fuentes mencionadas como si fuesen anacrónicas. En el poema “Parábola del hombre” Mena Cantero insiste en lo humano, pero nunca reivindica ningún contexto político, sino algo más perdurable como es lo esencial. Y este afán de lo sustancial le lleva a Dios como suelo en el que pisa el hombre consciente de su limitación y finitud: “Por eso hablar con Dios es renta oscura / pero que llena y colma mi vacío”. Hermosa y sugerente metáfora lo de “renta oscura”.

Pero su anhelo de eternidad en la fe cristiana no exime a Mena Cantero su compromiso con el tiempo, temática medular de la poesía contemporánea, que ya está ínsita en nuestro Antonio Machado, a pesar de sus inicios modernistas. En Las cosas perdonadas el poeta se vincula con lo perecedero: “Presencia de las cosas / por donde el hombre desmenuza / sus días a los pájaros / del alba. / Por ellas / poseemos la edad de los recuerdos”.

Como Mena Cantero está incluido entre los poetas que se consideraron como inquietos por la renovación del lenguaje, hemos de decir que esa inquietud está en él mitigada por un equilibrio entre la forma y el tema, utilizando la terminología tradicional. No hay apasionamiento por la búsqueda de metáforas temerarias, pero tampoco rechaza un engalanamiento del motivo poético con un sobrio ropaje que no deja de ser “fermosa cobertura”, en el decir del Marqués de Santillana.

Desde sus roces primarios con las cosas, el amor a lo que le rodea, su inquietud por el hombre, el consuelo de la belleza y la desembocadura de la fe que nos lleva hasta el mar de Dios, la poesía de Francisco Mena Cantero está en este libro, a modo de espécimen antológico, en una edición cuidada y de buena impresión llevada a cabo por parte del Ateneo de Sevilla.



El color de las horas

de Antonia Álvarez Álvarez
Premio Pastora Marcela  2006
Campo de Criptana (Ciudad Real)


Premiado con el Premio Pastora Marcela 2006, El color de las horas se sitúa en la poesía intimista, que no de la experiencia, pues se suele confundir ambas actitudes del poeta ante el hecho de vivir.

Mientras que la poesía intimista elige entre todas sus vivencias aquellas que le son más queridas para ser tamizadas por el cernidor mágico de la expresión lírica, la poesía de la experiencia es más dependiente de un sentir global en el que están presentes incitaciones de la vida cotidiana, a las que los/las poetas no pueden sustraerse y se sienten ligeramente comprometidos con repuestas a esos retos, sin la estridencia social en que cayeron algunos poetas de la segunda generación de postguerra.

El libro, dividido en tres partes, mantiene el mismo ritmo y siempre vinculado a la atmósfera neorromántica de los boleros, con versos heptasílabos, alejandrinos, endecasílabos blancos y algunos sonetos.

Es del todo necesario que, a la hora de abordar la lectura de un libro de poesía, el lector sepa cuál es la intención que subyace en el entramado poemático. En Antonia Álvarez es fácil descubrirla ya que la autora es transparente en su confesión poética. Nos da una visión ternurizada de lo que ve y asimila, envolviendo en su mirada de hondura en sentimientos lo que le rodea y ama como un destino paralelo al suyo de individuo, entre la complicidad con el paisaje y el amor soterrado como una historia que se manifiesta en claves de poeta. Ello no asegura una “felicidad interna permanente”, tan consustancial al/la poeta como una hermosa fatalidad. ¿Qué culpa se tiene nacer con un amor inevitable a los seres, a las cosas y al paisaje (recuérdense los versos de J.R.J. “Qué pena es amarlo todo / sin saber lo que se ama”.)

Pero en nuestra poeta hay una confirmación que ya vimos en La mirada del aire, comentado en esta misma sección de Arena y Cal. La emoción estética puede servir de amortiguador de otros embates de la vida cotidiana. El poeta, como una tradición indeclinable, ha convertido esa respuesta en su defensa personal. Alabada defensa: “Arrugadas, desnudas / -temblorosas entrañas entregadas al viento-, / las recibe la lluvia, las refresca la noche, / y no tienen más manto que el rocío y el cielo. / Bajo un sol caricioso / van, despacio, creciendo, / y verdean, verdean / en los ríos, espejos / de sus manos abiertas de larguísimas venas / y alegóricos dedos. / A su lado las alas / y la voz del jilguero. / Poco a poco las llama / las mareas del tiempo / y amarillas y ajadas, van buscando la tierra. / Ha llegado el invierno”.

Antonia Álvarez nos recuerda con esos ritmos muy marcados y ese tema, verdadero topos de la poesía de siempre, esa línea poética que con más o menos presencia de río Guadiana, ha sido caro a toda la poesía universal, como es la del “dolorido sentir” garcilasiano, en diálogo con el paisaje, como un alter ego, como un espejo de confidencias. Pero con una diferencia muy notoria. Nuestra poeta reconvierte ese tema de la contemplación -en parte jubilosa, en parte melancólica-, en un primor de esfuerzo expresivo que la desmarca de muchos otros autores/ras que han cubierto su sentimentalidad con una cobertura lingüística manoseada por otras generaciones, incluida la propia, debilidad de la que se cuida Antonia Álvarez, y ello hace que ese premio esté muy bien concedido.


El otoño

Antonia Álvarez Álvarez
XIV Premio Internacional de Poesía
“Antonio Alcalá Venceslada” 2006
Ayuntamiento de Andújar (Jaén)



Un nuevo libro de esta autora leonesa se asoma a la columna de reseña literaria de Arena y Cal.

Si en la revista anterior reseñábamos El color de las horas el rasgo que caracteriza a esta poeta dentro del tema de la poesía intimista y con cierto sabor neorromántico, como es su intuición para poner al día una actitud poética sin novedad —el sentimiento frente al pasaje, la soledad, los recuerdos y el amor—, y que es la dignidad del lenguaje, esforzado en el reto de no hacer concesiones a expresiones desgastadas de emoción, en Otoño, la estructura del libro se hace más exigente. Dividido en dos partes con ocho poemas cada una y escrito en versos alejandrinos con rima asonante, este libro podría tener un sentido simbólico, además del que a través de sus páginas puede deducirse por las descripciones que se suceden.

“Camina el pensamiento hacia las hondas simas / de las pasadas horas, del río y de los campos, / cuando los ríos eran la risa de la infancia / y las espigas rubias, los mares del verano. / Allí se queda el tiempo fugaz de la inocencia. / Prendida de los chopos. Terriblemente alto”.

Hemos mencionado varios temas como recurrencia temática de Antonia Álvarez y tendríamos que añadir el de la melancolía y la presencia de cielos grises y lluvias del norte español, como si una Rosalía de Castro apareciese y desapareciese entre los versos. Pero esta vez el desgarro de la desaparición de un ser querido, hace más borrosa la atmósfera del poemario.

“Una otoñada triste de niebla y de fatiga / hizo nido en sus ojos ya lentos y amustiados. / Pisó el umbral eterno y frío del silencio. / Y un silencio de nieve acompañó sus pasos”.

Pero el amor no niega su presencia en las páginas y viene como una voluntad de olvido de lo cruel y una invitación a nuevas expectativas.

“Tiendes tus manos, tiendes tus horas hacia el fondo / de estos ojos que esperan miradas desde espacios / magnánimos de tiempo, texturas renovadas / de besos y caricias. Abiertas, en los brazos, / meces las esperanzas para que yo las tome...”

El otoño da sentido al poemario y esa clave puede tener más de una lectura: la del entorno natural y la del amor, si bien consideradas como simultáneas en el tiempo.

“Tenerlas para siempre, hambrientas, doloridas, / pobladoras de sueños al borde las sábanas... Tus manos otoñadas”.

Creo innecesario insistir en la conciencia creadora que alienta en los versos de esta poeta que desaumatiza la percepción poética y limpia a la lengua de sus oxidaciones literarias deudoras del pasado. Lo hemos hecho ya en las reseñas de los dos libros anteriores, en las que señalábamos la metáfora como un procedimiento de liberar al lenguaje de su servilismo práctico en la vida cotidiana, como querían los formalistas rusos. Se podría citar un buen número de versos que harían las delicias de los cazadores de novedades “extrañadoras”, de moderado desvío en el plano léxico-semántico. según Vixtor Sklovski, uno de los principales representantes del formalismo ruso al que aludíamos.

Mientras otros(as) poetas buscan todo tipo de ruptura léxica y transgresiones patéticas, rayanas en esos versos que no sorprenden más allá de una primera lectura, la autora de Otoño acepta el desafío de poner lo clásico al día para continuar la poética de “siempre”, que no se desvincula de lo humano por miedo a parecer “demodé”. Sólo resta decir, dada la brevedad de esta sección, que es un premio felizmente concedido.

Fe de vida

Enrique Barrero Rodríguez
Colección Ángaro, 2007
Sevilla

Sabemos que a partir del formalismo ruso, el quehacer poético tendía a dividir su tendencia en dos vertientes casi irreconciliables. Por una el arte como artificio, según la exigencia de Vixtor Shklovsky, la palabra liberada de su automatización oxidada por el uso, huérfana de emoción creadora, lejana ya de un entusiasta brote delirante en el que la expresión impregnara de sorpresa a los lectores; por otra, la comunicación en un variado registro que desde la poesía “llana”, directa, deudora del pasado y sometida a lastre, como diría Díaz-Plaja, hasta la que depura los usos lingüísticos responsabilizándose del tema al que sirve de “fermosa cobertura”, en expresión del Marqués de Santillana.


En esta línea poemática hemos de situar Fe de vida de Enrique Barrero Rodríguez (Sevilla, 1969).

Por muy innovadores que fuesen los formalistas no podían suprimir de las referencias literarias los temas que siempre han motivado a los poetas, como es el caso del libro que nos ocupa. La primera impresión que nos llega de su lectura es la de un Patronio aconsejando a un Conde Lucanor desde el vientre de su madre. Esquemas para la vida práctica que hacen que este libro sea necesario ya desde “Amago de llanto”, pragmática humanista tratada con un lenguaje sobrio que salva el peligro de la retórica que acecha a toda poesía incursa en las perspectivas humanas: “Misterio es el dolor. Pero nosotros / supremos artesanos del misterio. / Te abatirán inviernos de tristeza, / quebrará el abandono tus murallas. / Pero escucha en silencio lo que digo: / si extraviada en las calles tu esperanza / te asaltara la sed, si sólo el vértigo / acompañara el eco de tus pasos...”

Entre temores y consejos teñidos de estoicismo -“Te hablaré de la muerte”- el poeta enseña a su hijo a caminar por la vida, sin renuncia a un moderado epicureísmo -“Intenta ser feliz”-, a sabiendas de las dificultades que entraña la vida social -“De luz y sombra”-. A pesar de la servidumbre verbal a que obliga el realismo, Barrero entrevera su poemario en rigurosos endecasílabos blancos, unos pocos heptasílabos y tres sonetos con metáforas en la línea de la tradición andaluza, logrando con este colorido un equilibrio entre su deseo de testar toda una experiencia de la vida y un uso del lenguaje literario que salva riesgos de coartadas realistas.


 La Taberna inglesa

Víctor Jiménez
Ed. Casa de Galicia en Córdoba, 2007
Córdoba

Es cierto que el amor es uno de los temas más recurrentes de la poesía. Es casi columna vertebral de ella, y las vértebras, la diferente experiencia de cada poeta. Neruda puso al día la sensibilidad amorosa que antaño acuñara Bécquer. Miguel Hernández hizo lo propio en la poesía amorosa que conocimos editada por Losada de Argentina a comienzos de los sesenta. Es deber de cada poeta que trate este tema añadir un rasgo de novedad a la exhibición de sus sentimientos íntimos.

Difícilmente escapa el poeta a recrear una atmósfera amorosa en la que no corra peligro de repetir modelos anteriores o bien expresar los propios intentando incubar expresiones novedosas.

En el poemario Taberna inglesa de Víctor Jiménez (Sevilla, 1957), editado por la Casa de Galicia en Córdoba, adopta las actitudes de todo poeta intimista que siente pulsada la cuerda del amor. ¿Se puede rehuir un lenguaje de lo sentimental? Entonces el poeta tendría que alambicar sus módulos expresivos hasta extremos retóricos. Consciente de que una cierta espontaneidad es rasgo sincero e inevitable, el poeta de este poemario, básicamente amoroso, asume tales dificultades y procura en ocasiones esquivar los tópicos que acechan a estas emociones entre los bastidores del sentir común: “Si todo fuera siempre tan sencillo / como abrirte la puerta de mis sueños, / como olvidar quién soy cuando apareces, / como decirte ahora que te quiero / con mirarte a los ojos, sin palabras; / si cerrara los ojos un momento...”

Pero el poeta no se deja ganar por la pasividad del lenguaje y reacciona, como quería el formalista Shklovsky cuando teoriza sobre la automatización de las palabras ya consagradas por el uso, y asevera al final: “Aquí están las palabras que dejaste olvidadas / en mis labios, mi pecho hace ya muchos sueños; / ignoradas palabras que no sé si algún día / leerás algún día cuando yo esté tan lejos / que será de un extraño esta voz que te llega, / esta voz de otro tiempo cuando tú eras la playa / para el mar de mis sombras. Las palabras desnudas / que encontré en esas horas eternamente lentas / de abandono y desvelo, de penumbra transida...”

El esfuerzo del poeta por sacar el registro amoroso de sus riesgos consabidos debe ser tenido en cuenta con la particularidad antedicha de que una excesiva elaboración podría falsear los sentimientos.

Alejandrinos, endecasílabos, heptasílabos, sonetos de arte mayor y menor, incluso estrofas sueltas con intención si no sentenciosa, si lapidaria hacen de este poemario -XVI Premio Rosalía de Castro-, dentro de una sencillez ya avisada por el autor, una lectura entretenida y no exenta de frescura, a pesar del peligro y/o compromiso de lexicalización que conlleva toda poesía amorosa.


Homenaje a la FIESTA LITERARIA DE LA BELLEZA ANDALUZA celebrada en el Ateneo de Sevilla.

Varios autores
Ateneo de Sevilla, ,2007
Sevilla

Con introducción de Enrique Barrero González, presidente del Ateneo de Sevilla, el mismo Ateneo edita un considerable volumen titulado Homenaje a la FIESTA LITERARIA DE LA BELLEZA ANDALUZA celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1923.

En ella el introductor hace referencia a una edición anterior situada en 1912, con el soneto como estrofa a la que se dedicaba la fiesta.

En la edición presente que nos ocupa ahora, se promete una edición para repetir el Homenaje a la Fiesta del Ultra celebrada en el Ateneo de Sevilla en el año 1919.

Es interesante la evocación que se hace del Ultraísmo, aquel movimiento de vanguardia que nos recuerda a los sevillanos Cansinos Assens y Adriano del Valle; bullente tendencia ansiosa de renovación poética emanada del modernismo general como el creacionismo, que Gerardo Diego hizo triunfar en su primera fase de poeta.

Pero volvamos a este libro de cautivadora presentación por su portada de época, con cierto sello tardomodernista, así como por las ilustraciones interiores del mismo carácter, que le dan una sabrosa nostalgia y, por la misma atmósfera retrospectiva, la alusión de nombres como José María Izquierdo, Méndez Bejarano, Blas Infante, Alcalá Zamora...

Preceden a las colaboraciones poéticas los recortes de facsímiles de la prensa de noticias publicadas entonces. Referencias de “El liberal” de Sevilla, “El Correo de Andalucía”, “El noticiero sevillano”, nos transportan a aquellos años en que estas celebraciones serían, por los personajes asociados -incluso de condición real-, así como por la efervescencia cultural de su manifestación pública, una novedad deliciosa en la burguesía hispalense. Acaban esta evocaciones con el discurso de don Francisco Bergamín, en el que Andalucía aparece unida a la fe cristiana, pero también como tierra madre de grandes artistas y literatos. No se olvide, aunque sea fuera de contexto, cómo el Ateneo sirve de marco cultural e histórico a la que conocemos hoy como Generación del 27.

En el siguiente apartado aparecen, por provincia, poetas nacidos o bien ubicados en la geografía andaluza. Creo que son 112 autores los que han accedido a colaborar con este admirable libro que queda para los tiempos venideros como un estímulo para que otros poetas ateneístas se decidan a repetir este gesto, merecedor de un estudio más pormenorizado. Tratándose de un subgénero lírico, los poemas son subjetivos: personales y descriptivos algunos y otros más incidentes en el propósito de la Fiesta, pero todos ellos apuntan a la exaltación de la sensibilidad andaluza, en la que los elementos sensoriales se entrecruzan con las constantes básicas de la vida humana, sin que su asomo de barroquismo reste actualidad a sus textos.


Jugándose la vida

 Manuel Avezuela
Publicaciones del Sur, 2006
Fundación de Cultura

San Fernando(Cádiz)


Hace cuatro o cinco años comenté un libro de poemas de un poeta de La Isla, un poeta de La Isla que residía -y reside- en los Estados Unidos, ya en el gozo contemplativo de la jubilación. Manuel Avezuela es el autor también de este otro libro editado por la Fundación de Cultura y presentado en la Feria del Libro de este pasado año a cargo de Enrique Montiel y de quien esto suscribe.


Jugándose la vida es un libro de poemas donde el autor da todo lo que es. Esto, que debería ser una conclusión, es un antecedente para poner en aviso al lector. Si la poesía ha sido considerada siempre como una credencial lírica de quien la presenta, aquí la opinión histórica es totalmente veraz. En una época en la que la poesía va por varios caminos -surrealista, culturalista, clasicista, neobarroca, de la experiencia y neoformalista, por citar tendencias conocidas-, Jugándose la vida, que recoge partes de Desde la Hierba, no tiene otra finalidad para el autor que expresar una experiencia decantada de su vida en la que una sabiduría amalgamada con la bondad natural y un quehacer artístico sobrio bordan un tapiz literario digno de tener en cuenta, dada su calidad.

El libro se divide en cuatro partes. De hecho, su distribución no significa un desarrollo temático con intenciones de suspense -más propio de una novela- o de clímax emocional. El poeta expone sus contenidos con cierta trayectoria biográfica desde un pasado vivido en España ("Juego limpio"), pasando por su decisión de cambio de vida entre la elegía y la crítica ("Juego peligroso"), su opción de emigrar ("Viaje de ida") con el abrazo a todo lo hospitalario y una gratitud a los nuevos paisajes, y, finalmente, vivida tal vez en el deseo y la nostalgia (" Y vuelta"), ya que el poeta Manuel Avezuela aún vive en la tierra que le acogió.

No podemos entrar en un estudio detenido en sus valores estilísticos, pero sí hemos de reseñar que su lenguaje está dentro de la llamada "Poesía de la experiencia", teñido de una voluntaria economía que no le permite ningún barroquismo, sino un nivel de expresividad contenida, entre la lírica mayor de sonetos y cuartetos, así como poemas en verso libre y un cierto guiño popular en seguidillas. Las manos del padre partiendo el pan, las vides, las salinas, la bahía, la Plaza Mayor de Madrid, el sentimiento dolorido por el atraso andaluz, las tierras americanas y, sobre todo, su experiencia de la soledad y la angustia del hombre, jalonan este fresco y hondo poemario escrito por un isleño, y de cuya lectura, al final, quedamos impresionados por dos cualidades como son la visión bondadosa que tiene el poeta de la naturaleza y la vida social, y la lucidez de sus planteamientos sin concesiones a vaguedades y abstracciones.

Hay poetas de muchos libros y otros de muy pocos, quizás dos o uno. Manuel Avezuela es de estos últimos. Pero, acordándonos de la sentencia de Baltasar Gracián -"Lo breve si bueno, dos veces bueno"-, en este caso podemos decir que Jugándose la vida cumple con las sugerencias que nos puede dar su título y el contenido de sus páginas. En él nos cuenta el autor una especie de "historia de su vida" desde la Isla a Nueva York, con la batalla que tuvo que librar para que, pasado el tiempo, en estos poemas hoy leyésemos tales acontecimientos personales.



Miré los muros de la patria mía

y Caminos de pasión y júbilo

Manuel Pérez-Casaux

DOS NUEVAS ENTREGAS DE M. PÉREZ-CASAUX

Manuel Pérez-Casaux Martínez, miembro de la Tertulia Ámbito y de la Real Academia de Ciencias, Letras y Artes de San Romualdo, además de colaborador de San Fernando Información, nos sorprende de nuevo con dos publicaciones recientes. Por una parte, tenemos Miré los muros de la patria mía, X Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina, Ciudad de Cieza, 2005, y Caminos de pasión y júbilo, Premio de Poesía Pórticus de Villanueva de la Serena, 2005.

Como en otras ocasiones que hemos comentado trabajos de Pérez-Casaux, se han de resaltar unas características que acompañan a su escritura. Por declaraciones del mismo autor, sus intenciones literarias siempre ha seguido las mismas coordenadas: una poesía entre el intimismo y lo neosocial; o sea, el compromiso con el entorno histórico del poeta y la tamización lírica de su observación. Además, de estas constantes, se ha de señalar otra, y es la de su distribución del texto, caracterizada por dejar espacios libres en el verso, que quieren ser una sugerencia más que un capricho. Veamos el poema Novia en Donosti del primer libro mencionado: “Si no llego a tu cita / es que no llevo escolta / o a lo mejor / un viento de arrebato / me ha quebrado las piernas (dicen que pasa a veces) y no podré correr / cuando haga falta…”.

Hemos destacado este rasgo, que es secundario a mi entender. Pero lo más medular de esta poesía es su instalación dentro de una corriente que los Novísimos dejaron de lado como un residuo de la poesía social de los cincuenta/sesenta. Gran error. Años más tardes, los poetas que se llamaron formalistas, por los años ochenta, reivindicaron la experiencia nuevamente como fuente temática del poema, sin renunciar por ello a la “modernidad”.

En Caminos de pasión y júbilo la opción amorosa es total y, empleando el mismo procedimiento métrico, Pérez-Casaux nos introduce en una atmósfera erótica mitigada por tonos de madurez, en los que no vemos estridencias pasionales ni expresiones truculentas de un desfasado surrealismo. Veamos el poema Manzana, espécimen de este talante que, a pesar de su sensorialismo, denota una delicada tensión amorosa: “Mientras tu boca fue de espliego y cinamomo / mi dedo corazón se puso enfermo / de tanto acariciar tus frescos labios / para morder contigo una manzana. / La chispa de tu lengua/alumbraba tu risa / alucinante / y la pulpa se hundía en la garganta. / Sepultura minúscula tu boca / guardada por tus dientes adorables / que hincaban sus aristas / en la acidez mortal y vespertina de nuestra cita cómplice. / ¿Qué culpa puede haber / qué daño / en comerse de noche una manzana?”.

Otros poemas, como los contenidos en la tercera parte Elegía del mapa de tu cuerpo y en concreto La novia, son muestra de una visión amorosa más interiorizada.

La brillante trayectoria literaria de este portuense, ya isleño por adopción, nos congratula y estimula para la común tarea de enriquecer el acervo cultural de nuestra Isla, por supuesto que desde lo minoritario, y no porque las instituciones culturales de aquí estén cerradas a las mayorías. La literatura, que no tiene la posibilidad de ser visualizada como las artes, necesita del reposo de la lectura y la comprensión íntima, pero ha sido el motor ideológico y emotivo de los pueblos. 


Cosas de Amparo

Amparo Gordillo de Celis
Publicación de la autora
San Fernando(Cádiz), 2006


Manolo Baturone Linares, esposo de la autora de este libro que hoy comentamos, tuvo a bien la idea de recoger textos en verso y prosa de su mujer para confeccionar un libro que dejara una afectiva constancia de su quehacer callado en el atomístico mundo de las Letras isleñas.

Amparo Gordillo de Celis (1933-2001) fue una maestra nacional que ejerció de manera discontinua. Hizo algunas colaboraciones en “Mirador de San Fernando” a principios de los años setenta, pero no prodigó su presencia en tertulias ni tampoco quiso proyectar su afición en revista de poesía ni someterse a la lotería de los concursos literarios. Esta carencia de ambiciones la tuvo encerrada en una clausura voluntaria, mas no renunció por ello al ejercicio íntimo del verso y la prosa poética.

Cuando abrimos el libro, después de unas palabras a modo de prólogo, entramos en su primera parte, compuesta de poemas. En todos ellos existe un común denominador: una mirada amorosa a cuanto contempla. Sus referentes temáticos son siempre los mismos: La naturaleza domesticada de las macetas y los parterres, los niños (en concreto, sobrinos) y motivos variados —la nochebuena, Dulcinea, su automóvil o Platero mecánico, el mar de Cádiz, La Isla y otros poemas, todos ellos escritos en métrica variada.

En la segunda parte, a manera de pequeños artículos, aparecen sus impresiones sobre personajes y lugares -La Piconerita, La Virgen Negra, Jueves Santo, pescado de estero, el otro patio, el músico callejero…

Si tuviésemos que situar su estilo y su actitud ante el hecho de la escritura como creación, sin duda alguna este acopio de trabajos hallaría lugar en la poesía del intimismo pasado por la óptica de una estética tradicional anclada en los sesenta; una sencillez que está de acuerdo con su personalidad. Aquí no encontraremos los frutos del esfuerzo por escribir una poesía según imperativo de estilo de la época: culturalista, surrealista, clasicista, neobarroca, neoformalista…

Sin embargo, cuando se lee este poemario en verso y prosa, llega hasta nuestros recovecos el halo de un alma noble y limpia que manejaba el lenguaje con realismo próximo a la espontaneidad casi “naif”, es cierto, pero remozando el tópico con una intención loable: la de la autenticidad, la del amor a lo que está haciendo, a lo que ve todos los días, lo que roza; en suma, lo que ama.

De espaldas a las modas triunfantes, este librito nos invita a dar un paseo por el entorno de una cotidianeidad amable, como si respirásemos en otro mundo distinto a los convencionalismos impuestos por consignas e intereses de nuestra era del consumo.

Los sitios y los dones

Ricardo Bermejo Álvarez
Premio de Poesía  Ciega de Manzanares 2004
Ciudad Real

  

Los sitios y los dones es un poemario compuesto por versos endecasílabos, heptasílabos y libres, todos blancos. Entre tantos libros que se premian y publican con ínfulas de rupturismo y anhelos desmedidos de novedad, éste es un proyecto de lenguaje que captura desde el principio al lector por lo que Daniel Devoto llamaría “extrañamiento”, y que consiste en que el que lee se siente “extrañado” semánticamente ante un lenguaje que no le pasa desapercibido. 

En este libro aparece madurado ya ese proyecto de despegue del lenguaje literario al uso. Pero esta intención no es nueva en Bermejo, sino que ya está esbozada en Silencios que contarte, amplio despliegue de poesía surrealista con trazos de evidente brillantez. Hay antecedentes todavía más lejanos como los que nos ofrecen Hégira nocturna y Erosfobia.

Sin embargo, el toque surrealista de estos libros no se desvanecen en la nada, sino que dan un atisbo de la capacidad del autor para aumentar sus potencialidades líricas y conseguir un colorismo que toca el techo de lo onírico.

En Los sitios y los dones se dan la mano el fondo temático (que en los libros mencionados no tienen gran presencia) y la aptitud de expresividad. Hay poemas en los que ambos componentes quedan en tablas y entonces el texto alcanza una grata relevancia, como en “Secuelas”: ”Estas son mis reliquias, ceremoniosos pecios / que a la deriva evocan un puerto evanescente. / En todas mis mudanzas habré perdido algunas. / Otras quizá cayeron del atestado carro / del vivir, campo a través por emociones nuevas. / Las menos permanecen, en vano ya insidiosas, / como el ajuar que lleva un guerrero a su muerte”.

No obstante, el poeta puede intensificar estos procedimientos y situar su poema en un nivel de expresivismo mucho más complicado, como en el poema “Hontanar del deseo”, espécimen de ese anhelo del poeta por trascender la poesía al uso y fijar un listón de ejercicio literario superior con la alianza metafórica (abundante en toda la obra de Bermejo).

Nos congratulamos con la reseña de este libro que deberían leer todos los poetas y aspirantes a serlo.


Versos de transgresión y memoria

Manuel Pérez-Casaux
XIII Premio Nacional de Poesía “Mario López” de Bujalance 2005
Ayuntamiento de Bujalance  (Córdoba)

 

 
Después de que se publicaran Nueve novísimos poetas españoles de J. M. Castellet y Joven poesía española de C. G. Moral y R. M. Pereda en la editorial Cátedra, parecía que no iba a quedar resquicio alguno para la poesía de compromiso pasada por el tamiz lírico del poeta. 

Vanguardia experimental, venecianismo, culturalismo, clasicismo y neobarroquismo estallaron como nuevas alternativas líricas despojadas de la intención de que la poesía fuese “un arma cargada de futuro”. Se filiaba, pues, la poesía de contenidos rehumanizados con la poética de la primera generación de posguerra, e incluso con gran parte de la segunda. Si a esto le añadimos aquella afirmación del Jorge Meneses de Antonio Machado, dicha casi a modo de sentencia, de que muy pronto el poeta tendría que enfundar su lira, entonces nos encontramos en una situación poco favorable para expresar los sentimientos, aunque éstos sean, como en el caso del libro que ahora nos ocupa, manifestación de un sentir, por supuesto nada romántico, sino próximo a una épica en la que el poeta se nos presenta como un testigo de su tiempo.

En efecto. El título -Versos de transgresión y memoria, de Manuel Pérez-Casaux, dividido en tres brevículos:”Estirpe nuestra”, “Ni Hobbes ni Locke nacieron en España” y “De entre tantas memorias, ésta mía”- se nos ofrece como una confesión del poeta, pero irremediablemente vinculado a su entorno histórico y geográfico. Como en voz baja, el poeta nos señala, nos advierte como una velada denuncia ciertos males que afligen a la estirpe nuestra (“y en paredes de niebla leyendo voy los nombres/de aquellos que han huido por veredas sombrías/con morrales de penas sobre el hombro…”/ Decid por cuánto tiempo pensáis repartiros/la quebrada heredad de Celtibería…/Sopesad con paciencia esta parcela/ en que todos unimos nos sentimos/donde el viento y la lluvia razón de amor nos dieron/y el placer de sus noches o su rumor tranquilo…”
La preocupación del poeta por su contorno es bien evidente y ello no es intercambiable por una melodía evasionista (“Dejad que me refiera a mi país/a su fascinación y desvarío./ La Historia ya está escrita/y cambiarla por otra nadie puede./Porque fuimos insólitos y oscuros…” 

¿Es fatalista el poeta? Sería un fatalismo que roza la ironía (“Mas quizá fue tan alta la victoria que ni rubor nos dio/haber sido tan grandes…” Sin aspavientos patrióticos, en el fondo del libro late una preocupación por la tierra nutricia a la que estamos unidos por el cordón umbilical de la lengua y la historia en una época difícil en la que nos amenaza la fragmentación y en ciertos lugares de la anatomía nacional ese cordón tiembla (“Seguiremos en pie oh tierra madre/con los brazos abiertos mas con la lengua hundida/sin poder pronunciarte….” El poeta se siente registro de agravios y carencias en lo concerniente al presupuesto nacional de valores (“No pudo haber nacido entre nosotros un libre pensador/ y arrancarnos del toro del tormento oh la feligresía a quien rezara/con sus mozos de cuerda y oculto el alzacuello/ jerarcas de la patria que hacía rogativas para que no lloviesen/ más pecados/ y a un hobbes pintaban en los púlpitos/ que besaba/ masónicos compases…”

Pero, a pesar de que no tuvimos un Hobbes ni un Locke, el poeta vuelve los ojos a su memoria, entre otras tantas memorias que se le han pegado circunstancialmente. ¿Resignación o amor ineludible a la patria de la infancia que cantara Rilke? Posiblemente sean las dos cosas (“Niñez del oruzuz tan áspero y humilde/y manos talladoras de la espiga/del asombro del río y de la siembra…”/ “Memoria simplemente de otros días/ tan llenos de inocencia y comuniones…/ Sin embargo, lejos de acomodarse a la evocación, el poeta recibe el pasado no sin una suave crítica (“recordaré los vértigos de imperio/con el viento que viene de castilla…”

Como en otros poemarios de Pérez-Casaux, todos ellos galardonados, es característica la distribución versal y una temática que no renuncia a la llamada poesía de la nueva experiencia, pero en su caso con unas raíces entre lo emotivo y lo crítico, Versos de transgresión y memoria, es, sin duda, un acierto de la decisión del jurado del XIII Premio Nacional de Poesía “Mario López” de Bujalance 2005, como una enseña de valores poéticos que no tienen por qué renunciar a la poesía inmergida “en las mesmas aguas de la vida”, en expresión de santa Teresa, según el mismo Antonio Machado, que se defendió de una poesía destemporalizada ( “ni soy un ave de esas del nuevo gay trinar”), ante la que esta obra de Manuel Pérez-Casaux sería un buen espécimen combativo.



La décima musa

María Jesús Rodríguez Barberá
XIV Premio de Poesía “Ana del Valle” de Avilés, 2006
Avilés (2006) 

En nuestra época, en que el verso libre campea en casi toda la tarea poética, es extraño encontrar un poemario que se compromete a emplear un verso de gran rigor métrico como es el sáfico adónico, concretamente el de la estrofa del mismo nombre. No digo esto en detrimento de la libertad del verso, sino que me afirmo en que la laboriosidad de un determinado reto en el arte de “sílabas contadas”, nos produce una cierta expectación hacia quien se atreve a ello.

Tengo en mis manos un poemario galardonado con el XIV Premio de Poesía “Ana del Valle” de Avilés, 2006, titulado La décima musa, de la que es autora María Jesús Rodríguez Barberá, como un cálido homenaje a la poeta griega Safo de Lesbos.

Efectivamente la autora del libro reproduce citas de la poeta helena y abunda en los mismos sentimientos que antepone en la cabecera de sus propios poemas, que son dieciocho, rematados por la célebre cita de Platón en la que desmiente que haya nueve musas, sino nueve, contando con la poeta de la isla de Lesbos.

La autora chiclanera afronta las acentuaciones del endecasílabo añadiéndoles a sus versos una indudable y significativa emoción. Desde la cita de Himerio, en la que se habla de la gran poeta griega, hasta el mencionado filósofo de la caverna, se suceden los poemas como jirones del desgarro de la vida de Safo: la historia de sus amores entre el equívoco y la leyenda, pero con el paisaje del mar como fondo de escena donde se entrelazan impresiones fugaces en las que se vislumbra una vida que hoy se nos antoja precursora de libertades femeninas a duras penas conquistadas.

Sin embargo María Jesús Rodríguez no entra en análisis acerca de la naturaleza sexual de Safo, sino que añade a versos de la poetisa clásica un rasgo de fervor literario con factura de espontaneidad, tomando elementos de la poesía lírica tales como el colorido y la exclamación admirativa: “Dame tus alas que volar hoy quiero / sobre los mares, los collados, montes... / y que los dioses me acompañen siempre / hasta encontrarte. / Abre tus brazos y detén mi vuelo. / Voy hacia ti y de colores visto. / Rojo es mi fuego y mi esperanza es verde; / gris mis temores... / Muera sin verde, sin el oro y rojo, / con alegría porque el fuego eres, / sin pena, miedo y de esperanza lleno. / ¡Óyeme, Zeus!”

Estas estrofas del poema 16 pueden representar muy bien unos caracteres que se dan en la totalidad del contenido poemático: la búsqueda del amor, el colorido simbólico y la pasión expresada abiertamente, casi con tono de desesperación, como en este texto de la invocación a Zeus.

En cuanto al lenguaje, este libro recoge referentes de carácter helénico que nos recuerdan el mundo clásico. Toda una terminología que lo sitúan en un plano de poesía culturalista de corte amoroso y nimbado por una mínima mitología -el Olimpo, Zeus, la ambrosía de los dioses, Poseidón, Eolo, Artemisa...- con efectos sensoriales por un empleo concreto del lenguaje, lejos de sustantivos abstractos, propios de la reflexión especulativa. 

La décima musa de María Jesús Rodríguez Barberá nos retrotrae a un periodo de la historia de la literatura griega en que estaba camino de su juventud la poesía occidental.




Después que ha pasado el tiempo

Jesús Solano
Edit. Corona del Sur, 2004
Málaga

Del poeta y escritor Jesús Solano hemos reseñado en este apartado de la Revista Arena y Cal otras obras suyas tales como Travesía de regreso y Poemas de cuadernos, y, si no recuerdo mal, Jacarandá.

Jesús Solano es uno de esos poetas auténticamente andaluces en el sentido de que extrae de su experiencia su obra, o sea, es notario de una rica historia de sentimientos vividos antes como niño-poeta, como adolescente-poeta, granero colmado para alimentar a la larga la memoria entre la imposible nostalgia y la buena conciencia de haber amado y dejar escrita su vida, entreverada con el entorno y la gente circundante.

Llega a mis manos, por envío suyo, Después que ha pasado el tiempo. Recuerdos, cartas y sueños. Trilogía. El libro, de 337 páginas e ilustrado con abundantes fotografías. está prologado por Francisco Núñez Roldán. El título ya nos pone en la pista de su temática: la biografía; mejor dicho, la autobiografía, por abarcar a toda la época del franquismo, nos ofrece un jugoso relato de todos los rasgos de un periodo histórico de nuestro país que, narrado desde la vivencia personalísima de una conciencia lúcida, nos la hace extrapolable a cuantos por edad y comunidad estamos capacitados para comprender su contenido.

Nacido en Aguilar de la Frontera (Córdoba), pero afincado en Marchena, Jesús Solano nos va contando con un ritmo sencillo una vida que despierta a la observación y hace de ella su aliada para archivar un cúmulo de recuerdos que con el tiempo resurgirán por medio de la palabra escrita."Estoy intentando detener las horas, y regresar a lugares donde estaba hace tiempo. He recogido mis pertenencias y miro los muebles, las paredes, y pongo en orden una serie de pensamientos. En la pared hay un reloj y un cuadro con motivos campestres(...) Estoy recobrando un tiempo que vive en (...) Estoy viviendo otro tiempo, como un juego, que en su día no lo fue (...) El ambiente se adentra lentamente en un silencio profundo y quedo en un vacío de sueño".

Estas palabras bastarían para conducirnos a una especie de profesión de fe intimista del poeta. El poeta no puede ni quiere renunciar a lo que ha vivido y con voz machadiana canta lo que ha perdido en el tiempo, en un ayer que está a trasmano de la evocación. Llegado a cierta edad, el hombre-poeta, que ayer fue criatura rodeada de estímulos que se van a grabar en la delicada piel de su memoria, empieza ese rebobinado del ayer sobrevenido por una gran capacidad de asociación: la casa familiar, el colegio, los amigos, el cine, la embriaguez de la música, el significado de los paisajes urbanos y rurales, el despuntar del enamoramiento y luego el amor comprometido, los primeros poemas, el primer trabajo, la muerte de seres queridos y el escalofrío del paso irreversible del tiempo son el patrimonio de nuestro poeta. Y creo que es también el tesoro de todo verdadero poeta, nacido para exaltar la vida en sus más nobles arrebatos y en sus recuerdos menos desinteresados, pero todo este tapiz está concebido como un sueño del que despertará el poeta, pero esta vez ante el hijo, cuyos aplausos, tras el recitado de un poema de la infancia, le devuelven al estado de vigilia. 

Recuerdos, cartas y sueños, que, como dice su prologuista, es la reconstrucción desde un mundo recordado como una unidad ética y estética, entreverado con matices andaluces y repartido el corazón entre dos pueblos de la Andalucía de tierra adentro. Morosidad en el lenguaje y delicia azoriniana de la descripción. Legado, en suma, de una sensibilidad entre la experiencia histórica de una España ya ida y la visión subjetiva e inalienable de un poeta que quiere sobrevivir en la memoria.




Silencios que contarte
Ricardo Bermejo Álvarez
Premio Pastora Marcela, 2002 de Poesía
Ciudad Real

 

Últimamente la trayectoria de Ricardo Bermejo Álvarez (Fuente de Cantos, Badajoz, 1961) se ha visto enriquecida con premios de poesía en libros que reclaman de quienes no lo conocen todavía un acercamiento a su mundo poético. Ya en el libro anterior, Diván itinerante, tuvimos la ocasión de comprobar una cualidad que es permanente en Bermejo, y se trata de una continua búsqueda de nuevas formas de escritura poética (aunque haya quienes me salgan al paso y me digan que no hay nada nuevo bajo el sol). Su musa se satisface ensayando vocablos que están como a la espera en el diccionario para ser empleados, como es su caso, en deslumbrante complot con la metáfora, enriqueciendo con ello su bagaje literario. Silencios que contarte oscila entre el amor y el sentimiento elegíaco. El poemario está distribuido en seis partes, bajo la inspiración de otros poetas y con el eco especial de la caracola de Neruda. Este libro, delicado y al mismo insatisfecho con la escritura al uso -sin riesgo de devaneo vanguardista, desde luego- nos ofrece una razón que se traduce en hallazgos no desapercibidos para el lector.

La poesía ha encontrado siempre un fondo de convencional alianza en la descripción del paisaje. Pero aquí ese paisaje adquiere brillos suntuosos y recuerda una atmósfera modernista no muy lejana de una tendencia actual que procede de un regreso a las formas, iniciada en los ochenta.

Ricardo Bermejo, que tiene indudables disposiciones para una poesía entre el gesto lírico no patético y la decoración expresiva, nos confirma con Silencios que contarte esas constantes que le amalgaman una poesía de la que aún esperamos sucesivas y más ambiciosas entregas.


deLIRIOS con VERSOS
Ricardo Bermejo Álvarez
XI Premio de Poesía  Ateneo de Jovellanos Gijón, 2001


Si en el texto anterior -Silencios que contarte- destacábamos un cierto anhelo de belleza y de trasmisión lírica por parte del autor, en este otro libro la actitud del autor cambia y mira la vida con una poco disimulada óptica de análisis e ironía suave como en "Método del discurso" ("La palabra del dios se ha hecho grafitti / y habitó entre nosotros", o bien como en "Una de poetas", o en "Gramática parda", en "Aquellas últimas noticias" ("EL ladrón de Bagdad ya no es simpático./ Los niños pulsan teclas que bombardean Bagdad... / (La ONU no decreta embargar videojuegos). Nunca fueron aquéllas las últimas noticias desde Bagdad... / Ni Scherezade saben cómo acaban los cuentos. Pero creo que la ironía está veteada por todos los poemas, a veces con una pincelada de humor como en "Anuncio de inquilinato". Los treinta y tres poemas están engarzados con la misma intención: una crítica a la fragmentada mitología de la modernidad, salvo el poema en el que se evoca a García Lorca, si bien el personaje está también tamizado por el mismo cernedor. El poeta ha economizado esta vez sus estructuras amplias y abiertas hasta el extremo de encerrar en otras pequeñas y como metidas con el calzador de la sátira, manifiesta o velada, brevísimas historias del mundo de hoy, como en el "Soliloquio en estrés", en cuyo cierre está la clave del poemita ("Y voy a llegar tarde/ no sé adónde").

Si tuviésemos que encuadrar este libro, atendiendo a las distintas tendencias actuales, nos situaríamos en una línea heredera de la poesía de los cincuenta, ya en su vertiente reflexiva -Ángel González, José Ángel Valente y la escuela catalana, algunos de cuyos miembros arremeten contra los poetas "celestiales", que estaban todavía en ejercicio.

deLirios de Versos cumple con el enigma que entraña su grafía, que no es otro que el de yuxtaponer al arranque lírico un sello epigramático.


Poemas de amor

María Sanz
Aula de Literatura "José Cadalso", 2001

San Roque (Cádiz)

 

A modo de miniantología, y prologado por Domingo F. Faílde, el Aula de Literatura "José Cadalso" publica un conjunto de poemas de la poeta sevillana María Sanz, en el que se recoge poemas desde Contemplaciones, 1988, hasta Dos lentas soledades, 2002, pasando por otras entregas poéticas (que no citamos para aprovechar este breve espacio en observaciones necesarias), añadiendo al final un breve poema inédito.

Ya dijimos en la reseña del libro anterior que hay en María Sanz un buen manejo de la forma, sin búsqueda del virtuosismo, y una sobriedad en la palabra que la aleja del verbo, a veces, exhaustivo de la poesía sevillana. Ahora bien, si leemos con detenimiento esta breve pero jugosa muestra de su capacidad lírica, tenemos que añadir a las cualidades ya citadas la de la delicada introspección con un cierto deje elegíaco ("Antonio", "El alba", "Mar de fondo", "Cuántas sombras pasaron"...) que asoma en versos con un ritmo inalterable de sosiego, de dominio del propio manantial que no desborda nunca la "copa oscura" de su cuerpo, porque "la ternura llamó a tu corazón por sus latidos" y "Una sombra fugaz atravesaba, como otra soledad antigua, el tiempo. Después de aquella vida, la amargura/ tiene nombre de estrella".

Como verá el lector, he escogido muestras breves pero elocuentes de una característica que va aneja a la poesía entera de María Sanz, y no sólo a la amorosa.

Dice muy bien el prólogo acerca de los antecedentes trovadorescos y petrarquistas de la poesía amorosa y la difícil andadura femenina en las sendas poéticas, pero en el caso de la poeta que nos ocupa, se me antoja que esa sutilísima e inhábil atmósfera de su poesía nos recuerda un pasado árabigo-andaluz -sin concesiones a la empedernida metáfora- que bien podría llevarnos a un Mutamid melancólico a punto del destierro, que no renuncia al goce refrenado de los sentidos.

Cantar ya no podremos como entonces
Manuel Pérez Casaux
V Premio "Nicolás del Hierro" de Poesía Piedrabuena 2001

Ciudad Real

Por mucho moda que se nos quiera imponer desde las revistas más o menos oficializadas o consagradas por los poderes literarios, la poesía de la experiencia, entre el intimismo y la inquietud social, tendrá siempre sus cultivadores, y no porque se convierta en tendencia imperante, sino porque la poesía canta lo que se pierde, como dijo Antonio Machado, aunque en esta pérdida se incluya una crítica al pasado, que no siempre produce nostalgia ni merece ser idealizado.

En el libro Cantar ya no podremos como entonces tenemos, como en otros poemarios de Pérez Casaux, esa mirada retrospectiva que analiza ciertos aspectos entre la crítica -"Patrias de arrogancia y miedo"- y el sentimiento personal -"Odas de la tierra grande", "Miseria y canto del amor urbano" y "Celebración de la memoria"-.

El poeta, que no tiene pretensiones de un lenguaje poético que sorprenda al lector en la esquina de cualquier poema, adopta un estilo de comunicación sencillo, que está siempre de acuerdo con la espontaneidad de los contenidos.

Hay en Pérez Casaux una cosecha de experiencias que le sitúa afortunadamente en una posición social, que no evoca necesariamente la poesía de los cincuenta y sesenta. Hay frescura incluso cuando es necesario el matiz de trasfondo político, como en la primera parte, que no está en desacuerdo con el lirismo de las otras tres partes. En aquélla el poeta llega incluso a adoptar un cierto matiz de compromiso político (no en vano la dedica irónicamente, después de su experiencia en tierras catalanas, a Pujol); sin embargo, es en las tres restantes donde el poeta es fiel al lirismo de la experiencia, piedra de toque de toda verdadera poesía.



Ceniza que fue tiempo

José Cervera Pery
Prólogo de Juan Van Halen
Madrid 2001


La noche de los «Premios Almena» 2001, uno de los homenajeados, José Cervera Pery, isleño que ama a la Isla desde su corazón a sus escritos como una trayectoria ejemplar, tuvo a bien, y no es tópico el decir, la corazonería más isleña, si cabe, y fue la de regalar a los presentes un pequeño libro donde están recogidos un prólogo y doce experiencias vinculadas con su tierra, retazos de una biografía sentimental que entretejen el tan valioso tapiz de las evocaciones: los recuerdos colegiales, la impresión imborrable de un estilo flamenco que es raíz que alimenta el buen gusto, las veladas entre amigos y familiares con el juego del tresillo como invitado, una glosa al trasfondo de una copla con el corazón por estrenar, el dulzor en lejanía de las cartas de la novia, el miedo ancestral a los violentos fenómenos de la naturaleza combatidos por la oración institucionalizada, representada en el trisagio y, al final, el difícil aprendizaje de hombre para un niño de la posguerra.

En otros libros de Pepe Cervera su musa aparecía formalista y con miras estéticas sin llegar nunca a alardes barrocos; en estos poemas, sin embargo, el poeta rompe sus estructuras fijas -el romance, el soneto, los cuartetos o serventesios alejandrinos-. Aún recuerdo los que obtuvieron la Flor Natural de los Juegos de la Sal en San Fernando, a finales de los sesenta, verdaderamente deliciosos y cañaíllas. Me imagino que esa ruptura ha sido propiciada por el aluvión de esas evocaciones que ha roto la compuerta de sus otros quehaceres literarios.
Empleando su recurrencia metafórica isleña, la pesca ha sido abundante, hasta el punto de que se ha roto el trasmallo de la forma.



Travesía del regreso
Jesús Solano
Col.: Mar de Tanis
Edit.: Corona del Sur Málaga, 2000


Hace unos años, en «San Femando Información» hice una reseña a un libro de Jesús (García) Solano. Se trataba de Cantos de la espera. De él decía: «La técnica del autor no deja lugar a dudas de que juega en ocasiones con sus experiencias humanas y nos las ofrece envueltas en el delicado celofán de un arte barroco innegable».


Pues bien, en Travesía de regreso el poeta ahonda en esa experiencia humana con las urgencias del tiempo que se le va con los años vividos («Ahora que has consumido parte del amor... Esta tierra envejece, y no lo sabes...») También siente el poeta necesita de afectos (He salido con mis manos a buscar, la niebla de los rostros...).

La clásica e inevitable soledad del poeta («Anduve por caminos solitarios, donde solo el andar da escalofrío...», «Mi escritorio: papeles, cosas desordenadas...»).

Pero el poeta no esquiva la compañía y el ofrecimiento: («Ven a sentarte aquí, a la luz desnuda...»)El lenguaje que Jesús Solano emplea es tenso de sentimientos y tiene referencias a cosas, a elementos concretos y colores que lo sitúan en una poesía andaluza por esos rasgos mencionados de lo visual y táctil. 

Travesía de regreso, editado por Corona del Sur, en su colección Mar de Tanis, confirma la opinión que emitimos en su día acerca de las constantes de su poética.


Poemas de cuadernos
Jesús Solano
Ed. B. G. Corona del Sur, 2001

 
El poeta Jesús Solano (Aguilar de la Frontera -Córdoba-, 1942) vuelve a las páginas de este apartado con un nuevo libro: Poemas de cuadernos (Miscelánea poética 1991-2001), publicado en la malagueña editorial Biblioteca General Corona del Sur.


En anteriores comentarios dijimos que la poesía de Solano respiraba una atmósfera experiencial y que su lenguaje no excursionaba por zonas de experimentalismos léxicos, sino que, por el contrario, con una economía sobria, va y viene por su mapa habitual: la música -con especial incidencia en el flamenco-, el aroma de pueblo andaluz y una ensoñación lirica surgida del intimismo, si bien en algunos casos, como ocurre en este libro, Solano rompe su cotidianeidad de calles blancas y guitarras y se traslada también a ciudades donde su musa se recrea en diversos motivos.

En Poemas de cuadernos... Solano nos invita a entrar en su mundo como si de un cuarto se tratase, desde el que avizoramos paisajes y gentes. Parece que el poeta (Gahete en su prólogo dice que Solano no ejerce de tal) ha reunido en este libro latidos de su corazón, como un registro de «circunstancias», que quedan enmarcadas, como recuerdos, como datos de su existir artístico, en un pequeño memorial de esos trabajos meticulosos que se escriben desde el sentimiento fugaz al compromiso fiel.


Son los ríos

Inmaculada Moreno

Premio de poetas andaluces Ciudad de San Fernando 1998

Renacimiento, 1999

Sevilla

Como un tapiz de recuerdos, Inmaculada Moreno, ganadora del Premio de Poesía «Ciudad de San Fernando» 1998, ha tejido con Son los ríos, como una memoria de recuerdos donde las impresiones diversas reconstruyen en el poema instantes inolvidables de su vida.
Si, como decía Antonio Machado, se canta lo que se pierde, la autora ha tenido muchos alicientes para entretejer esta trama, entre sentimental y reflexiva. La riqueza de sus sentimientos urge un repaso de lo vivido. Y es esto no le ha de extrañar al lector, ya que la poesía lírica se nutre de sí misma, no como una metapoética, sino, tal vez necesariamente, como una autoconfesión, en el sentido que tiene esta idea en la literatura contemporánea, sobre todo a partir del concepto de catarsis.

Ahora bien, la destreza del (o de la) poeta hace que esos contenidos, románticamente vulgares, quizás, sean expresivamente aceptables en mayor o menor grado. Sabemos que el lenguaje tiene hoy día un papel decisivo en el quehacer de la creación poética. El poeta actual, sea joven o maduro, sabe que se juega sus intenciones literarias cuando las lleva al papel. El uso del lenguaje en la creación literaria, sobre todo en la poesía -a la que se considera abanderada, desde el surrealismo, en innovaciones estilísticas-, determina la estima de una obra por parte de los lectores cualificados.

Pero en el caso de Inmaculada Moreno, no solamente quedamos tranquilos por esa dificultad, sino que en muchos de sus poemas el lenguaje se autodisciplina para no caer en tópicos. La poeta ha tenido muy en cuenta ese peligro y lo esquiva a la hora de comunicar elementos biográficos que toman vida en la responsable arquitectura de la palabra: «Hemos nacido ayer / y ya nos encontramos / el mundo traducido; / la versión original no está a la venta».

Estos versos podrían servir de autopresentación. De hecho, la autora nos los presenta como una advertencia, que va seguida de tres partes con títulos de invocaciones manriqueñas y acaba con un post scriptum; todo el libro, además, en verso blanco: endecasílabos, heptasílabos, alejandrinos... Y dos sonetos entremetidos como una nostalgia clásica, que en una profesora de Literatura era de esperar semejante delicadeza, aunada al verso de urgencia de las experiencias cotidianas. ¿Poesía de la experiencia? Sí, pero filtrada por el neoformalismo de los ochenta y una preocupación personal por hacer de la lengua una potencialidad sorprendente.

Estamos frente a un libro que desgrana con dignidad ante los ojos del lector su poemario con un fresco lirismo entreverado de frecuentes análisis de sentimientos y evocaciones. «Cercado por la noche y el silencio, / un hombre -o una mujer- / escribe un poema: / Son los días de todos / son palabras de todos / y es de todos / el intimo dolor que lo ocasiona». Con un lenguaje no exento en ocasiones de un atenuado surrealismo, y una introspección colorista y detallista, Inmaculada Moreno, poeta portuense, consigue que este Premio de Poesía «Ciudad de San Fernando» 1998, titulado Son los ríos -los ríos y sus afluentes que vienen de la memoria- tenga una feliz y rica desembocadura en la atención de los lectores de poesía.


Perversificaciones

Ángel García López

Colección Melibea, Madrid, 1990

 

Galardonado con el Premio de Poesía Melibea, este poemario amoroso del poeta roteño, se nos presenta como una unidad relativamente compacta en la forma: hay un predominio de versos endecasílabos blancos–muchos de ellos perfectamente trabajados, cincelados, como dice la terminología de la preceptiva, escasos alejandrinos, cuartetos y serventesios sueltos y un soneto final. Conocida es la devoción que el poeta siente por la forma bien hecha ya como creador, ya como profesor  de Literatura, y que se palpa en toda su obra poética, recogida en dos tomos en Torre Marique Publicaciones. Madrid, 1988. Con este libro consiguió el Premio Rafael Morales, uno de los  muchos conseguidos por el autor y que acreditan su consideración en la poesía española actual.

 Nacido en 1935, se le incardina en la segunda generación de postguerra (1955-1970). En ella, frente a poetas más endeudados con la poesía social precedente y alineados con otros que representan el llamado realismo crítico, García López “es una cascada discurriendo en medio de cauces de rara perfección”, dice Florencio Martínez Ruiz. Por los valores cromáticos, que no coloristas,  y serenamente descriptivos de su verso, enriquecido con un fondo lírico de limpia contención,  su poesçia es un claro antecedente de la búsqueda en las potencialidades del lenguaje que vino después con el fluir mayoritario de “Novísimos”, “Culturalistas” y “Neobarrocos”.

 Perversificaciones tiene una intención lúdica que bascula más hacia el fondo que a la forma. Su tema es estrictamente amoroso, cuerda que ya había tocado el poeta en libros suyos anteriores. Pero, en este caso, imaginamos como una autobiografía ficticia al estilo del Arcipreste de Hita, el poeta canta el amor de manera desenfadada y desenvuelta, muy lejos del petrarquismo y más próximo al erotismo actual, pues ello se evidencia en alusiones y recursos tales como ”va la tarde muriéndose entre abrazos y esperma/ en la gran rosa lúbrica que al amar perpetúas”; “Cuando llegaste al ascensor se puso/ color de tu cabello el aire todo”; “…con  la que subo sudoroso al verte/ y a ahechar tu cuerpo…” ; “…ante tu oferta /de hojaldre quebradizo y pan caliente,/no haber cumplido esos sesenta años/en que se aprende a agradecer un postre”;” incluso para aquel que es tu marido/por esta vez perdonaré el engaño./ Con él acepto sólo me traiciones”; “Jamás . —¿Ni un beso más? Ni un verso más.”. Aliteración intencionada, ironías y sarcasmos,  burlas y reticencias, así como un verso —repetimos— bien cuidado hacen de este libro un poemario amoroso fuera de la tradición romántico-modernista, donde asoma un empirismo contemporáneo de corte anglosajón, como animado por el duende de D.H. Lawrence.

 En Pervesificaciones no encontramos al poeta de raíz sureña descriptivo y de esplendor de cielo andaluz, notable exponente de la llamada “renovación del lenguaje poético”, sino una corriente muy actual de poesía erótica con afición cinematográfica, más cerca ede Ovidio, por lo que tiene de confesión sensual y convencionalmente exhibicionista, que de Catulo, ya que en ningún momento hay un matiz de desgarro amoroso. No nos extraña el erotismo de consigna, propio de la irrupción “novísima” de los 70, pues Ángel García López lo trata en un verso pulcro que vale por sí mismo.

 


Una nueva antología  sobre  RAFAEL ALBERTI

 Fundación El Monte y de la Consejería de Educación (1999)

 Enrique Montiel

 

Con el título de Poesía e Historia. Antología, nuestro paisano el escritor Enrique Montiel ha editado con introducción y selección propias un nuevo florilegio —como decían los antólogos del Siglo de Oro— del poeta portuense.

 Mientras que en otras ediciones, otros estudiosos han procedido a la vieja usanza del análisis literario minucioso y profesoral con notas al pie de página, Enrique Montiel ha preferido un peregrinaje por la vida del poeta, tan movida después de la guerra civil, destacando con esa andadura la aparición de cada uno de esa treinta de libros poéticos (deja al margen el resto de la obra albertiana, aunque da fe de ella en la introducción) desde Marinero en Tierra, conseguía, mano a mano con Gerardo Diego, el Premio Nacional de Literatura en 1925, con jurado en el que figura, entre otros, Antonio Machado.

Pero vayamos al estilo de entrar Enrique Montiel en este trabajo. Decíamos que los antólogos suelen ser hombres fríos que selecciona con muchas reservas los poemas de quienes va a incluir, cn un estudio pormenorizado, en una antología. En el caso de un solo poeta la tarea es más fácil aparentemente.

Enrique Montiel se ha desentendido, aunque no menospreciado, de todo el aparato filológico que conlleva semejante aventura literaria. Con olfato poético infalible y emocional, el introductor ha elegido aquellos poemas que mejor identifican al Alberti que ya conocemos y que por medio de esta obra de nuevo se nos presenta, gracias a la Junta de Andalucía, Consejería de Educación y Ciencia en colaboración con la Fundación El Monte.

 

Una antología poética

 ÁNGARO (1969-1994), VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS
Colección Ángaro, Sevilla, 1994

 
Este número doble de la colección citada, me llegó y escribí sobre él las siguientes líneas en el mismo año de su aparición.

Esta antología recoge poemas de poetas que están incluidos durante ese periodo en los números que componen la colección hasta ahora. Está presidido de un estudio del profesor de Literatura de la Universidad de Sevilla Miguel Cruz Giráldez.

Del estudio preliminar, que consta de cuatro apartados, se ha de destacar el primero titulado: “¿Poesía sevillana, poesía de Sevilla?” Ciertamente decir Ángaro es asociar, al lado de nombres de autoctonía hispalense, otros nombres, palanca y empuje de la Colección, tales como Manuel Fernández Calvo, Francisco Mena Cantero y Hugo Emilio Pedemonte, que nacidos en otros lugares, han arraigado en la capital andaluza y sus obras corren paralelas a las de otros autores sevillanos, así como sus relaciones humanas en una confluencia de amistad y quehacer literario. Pero, al margen del estudio del profesor Cruz Giráldez, podríamos aportar el famoso granito de arena diciendo que no se puede soñar una poesía exclusivamente sevillana ni siquiera andaluza; otra cosa es que la poesía llamada andaluza tenga ciertos matices contextuales —como puede tenerlos la poesía castellana— o reminiscencias intencionadas arábigo-andaluzas.

Pero continuemos con la exposición del antólogo. Renuncia, sin embargo, el profesor Cruz Giráldez a considerar que existe “una poesía sevillana” y opta, por lo contrario, por una poesía plural y de miras universales, aunque ello no quite que Sevilla haya sido tema para muchos poetas de dentro y fuera de la ciudad. Hace también un estudio del panorama de la poesía sevillana del siglo XX. Menciona acontecimientos y revistas que reflejaron las inquietudes de la vida literaria desde principios de siglo, asÍ como nombres que han significado en la que ya es hoy historia y fuente de indagaciones para eruditos, pues desde Sevilla —dice el autor— es posible seguir la línea de la poesía española contemporánea. Señala, a su vez, características y valores literarios de poetas actuales sevillanos que han aportado a ese gran río de poesía peninsular (poetas que no están necesariamente incluidos en la Colección Ángaro).  Pasa después a pormenorizar los detalles del nacimiento de dicha Colección y a puntualizar en nombres que jalonan los números de sus sucesivas publicaciones.

 En la antología el profesor Cruz Giráldez hace preceder cada selección literaria de una breve reseña bio-bibliográfica de cada autor, que en este caso, y como el título del libro indica, es sevillano.

Como resumen se ha de ponderar ls proyección que ha tenido esta Colección en Hispanoamérica y el servicio elogiable que ha rendido y sigue rindiendo dentro del rico marco de publicaciones de poesía en lengua española actualmente.


Dos lentas soledades

María Sanz

Premio de Poesía "Ciudad de San Fernando"

Huerga y Fierro, 2002

Sevilla, con arranques en Fernando de Herrera y luego con la continuidad de los poetas del siglo XVIII, se ha caracterizado en las preceptivas por la representación de una poesía que tradicionalmente llamamos barroca. Pero este barroquismo, que suponemos erróneamente sobrecargado de adjetivos, descripciones exhaustivas, metáforas casi obsoletas, y hasta algunos hipérbatos para conseguir la rima en determinadas ocasiones, no es la que ha escrito la mayoría de los poetas sevillanos contemporáneos. Esa poesía es la que Antonio Machado criticaba, aunque paradójicamente lo hiciera a raíz de un soneto de Calderón. Poetas paisanos suyos han sabido, no obstante, sacudir cierta hojarasca decorativa que pesaba, a pesar de la benevolencia de esta introducción, en la tradición hispalense y en la andaluza en general, en muchos casos con no pocas nostalgias retrospectivas. María Sanz (Sevilla, 1956) es una de esas poetas que, sin abandonar una soterrada melancolía barroca -ya entraremos en su significado-, allega los materiales lingüísticos necesarios para construir ese poema que puede ser situado en un movimiento o tendencia homogénea de un país en una época concreta; pongamos por caso, la poesía de la experiencia con factura neoformal, que ya en los ochenta, pasada la euforia de los Novísimos, se decantaba como filial de la "poesía de siempre". Me explicaré. Hemos sugerido que la poesía barroca (sevillana) basculaba hacia una retórica trillada de contenidos tópicos (los llamados temas "eternos") en manos de Lista, Marchena, Arjona; en el siglo XIX, García de Tassara, Adelardo López de Ayala (Bécquer es un caso aparte); incluso en un poeta como Adriano del Valle, entre lo posmodernista y lo vanguardista, ese culto a la "forma", a la inmortalización de ciertos estereotipos es su piedra de toque. Inmersos en esa tradición, pero con fluctuaciones líricas más diversas y personales son para mí Romero y Murube, Laffón, Montesinos, Mantero, Caro Romero y posteriormente José Luis Núñez, Joaquín Márquez, Mena Cantero, Andrés Mirón, Onofre Rojano...

 

En medio de esa continuidad, a veces zigzagueante, a veces disconforme, la poesía de María Sanz enlaza con esa corriente subterránea que hay en la mayoría de los poetas de su tierra. Pero este enlace no es deudor necesariamente de esa tradición, sino que toma de esta la actitud ante el objeto poético -un paisaje, un recuerdo, una reflexión, una calle...- la contemplación, y con esto quiero referirme a una mezcla de lo ya vivido y lo que se ve, envueltas ambas percepciones en un esfuerzo por embellecer, por seleccionar la experiencia y fijarla en una expresión en la que están presentes los sentidos y esa melancolía a la que antes me referí.
En Dos lentas soledades, que ha sido Premio de Poesía Ciudad de San Fernando 2001, esos rasgos de su poesía se subsumen en la visión retrospectiva de su vida, pero con el contexto situacional de los paisajes -"La finca", "Extramuros", "Itálica"... -, las calles -"Doncellas"...-, Los recuerdos -"Nochebuena", "Locutorio", "Las amigas"-, así como de las reflexiones sobre determinados hechos anecdóticos -"El concierto", "Bar Dueñas"...- o evocativos -"El imaginero", "La Madrugada", "Pascua florida"..-, o existenciales -"Nada parece perdido", "El hombre que resiste", "Legado original", "El refugio..."-, que no le restan a la obra valor autobiográfico, ya que podríamos señalar en ella dos velocidades: la del pasado y la del presente como una meditación sobre lo vivido.
Hablábamos antes de una pervivencia en María Sanz de su tradición literaria formalista, que en ella queda reducida a un buen manejo del endecasílabo, el heptasílabo y el alejandrino blancos. Estructura cerrada que como molde de sentimientos y divagaciones denota un poder de la autora sobre su flujo interior, distribuyendo éste como si cada poema fuese una acequia por la que discurre el agua de una poesía clara, sosegada y, yo diría, que modélica, ante tanto poema disperso que se publica hoy.
María Sanz no se ha dejado dominar por el impulso tendente a lo sensorial y al verbo amplio y jugoso que todo poeta sevillano lleva en el cauce de su río poético, sino que opta por la sobriedad y tamiza con elegancia el lastre contenidista de una poesía que arranca de los cincuenta y que, junto a la del Grupo Cántico, señala la mejor muestra de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX.
Dos lentas soledades es un premio acertado y un libro destacado en el elenco de la editorial Huerga y Fierro.

 




Homenaje a la FIESTA LITERARIA DE LA BELLEZA ANDALUZA celebrada en el Ateneo de Sevilla.

Ed. Ateneo de Sevilla, 2007

CCon introducción de Enrique Barrero González, presidente del Ateneo de Sevilla, el mismo Ateneo edita un considerable volumen titulado Homenaje a la FIESTA LITERARIA DE LA BELLEZA ANDALUZA celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1923.

En ella el introductor hace referencia a una edición anterior situada en 1912, con el soneto como estrofa a la que se dedicaba la fiesta.

En la edición presente que nos ocupa ahora, se promete una edición para repetir el Homenaje a la Fiesta del Ultra celebrada en el Ateneo de Sevilla en el año 1919.

Es interesante la evocación que se hace del Ultraísmo, aquel movimiento de vanguardia que nos recuerda a los sevillanos Cansinos Assens y Adriano del Valle; bullente tendencia ansiosa de renovación poética emanada del modernismo general como el creacionismo, que Gerardo Diego hizo triunfar en su primera fase de poeta.

Pero volvamos a este libro de cautivadora presentación por su portada de época, con cierto sello tardomodernista, así como por las ilustraciones interiores del mismo carácter, que le dan una sabrosa nostalgia y, por la misma atmósfera retrospectiva, la alusión de nombres como José María Izquierdo, Méndez Bejarano, Blas Infante, Alcalá Zamora...

Preceden a las colaboraciones poéticas los recortes de facsímiles de la prensa de noticias publicadas entonces. Referencias de “El liberal” de Sevilla, “El Correo de Andalucía”, “El noticiero sevillano”, nos transportan a aquellos años en que estas celebraciones serían, por los personajes asociados -incluso de condición real-, así como por la efervescencia cultural de su manifestación pública, una novedad deliciosa en la burguesía hispalense. Acaban esta evocaciones con el discurso de don Francisco Bergamín, en el que Andalucía aparece unida a la fe cristiana, pero también como tierra madre de grandes artistas y literatos. No se olvide, aunque sea fuera de contexto, cómo el Ateneo sirve de marco cultural e histórico a la que conocemos hoy como Generación del 27.

En el siguiente apartado aparecen, por provincia, poetas nacidos o bien ubicados en la geografía andaluza. Creo que son 112 autores los que han accedido a colaborar con este admirable libro que queda para los tiempos venideros como un estímulo para que otros poetas ateneístas se decidan a repetir este gesto, merecedor de un estudio más pormenorizado. Tratándose de un subgénero lírico, los poemas son subjetivos: personales y descriptivos algunos y otros más incidentes en el propósito de la Fiesta, pero todos ellos apuntan a la exaltación de la sensibilidad andaluza, en la que los elementos sensoriales se entrecruzan con las constantes básicas de la vida humana, sin que su asomo de barroquismo reste actualidad a sus textos.


Hombre en forma de elegía

Javier de Bengoechea
Premio Adonais 1955
Ediciones Rialp, s.a.
Madrid, 1955

Dice Florencio Martínez Ruiz en La nueva poesía española (1971), que hacia 1955 empezaron a surgir una serie de poetas “diferentes” que rompen el usual servicio de la poesía “senior”, o sea, garcilasismo, poesía social, tremendismo y escuela neorromántica con una viva sustancia humana y una remoción estética de efectos espontáneos y liberadores.


Pues bien, entre los poetas de esa poesía “senior” hemos de situar la del poeta bilbaíno Javier de Bengoechea, nacido en 1919, premio Adonais 1955 por su libro Hombre en forma de elegía. Una obra anterior suya, Habitada claridad, había sido accésit del mismo premio en 1950. 

La obra que tenemos entre las manos se inserta dentro de un orden clásico, tanto en la forma como en el tema. Precedidos de unas redondillas, se suceden treinta y un sonetos, divididos en tres partes. El amor en forma elegíaca y la muerte imperan en la totalidad del poemario, en el que no faltan simbolismos que se orientan a la finalidad neorromántica del libro en el cauce de un garcilasismo, en este caso no precisamente sosegado y latréutico; sosiego y exaltación religiosa que fueron divisas de la poesía de los cuarenta frente al impacto revulsivo de la revista “Españada” (nacida precisamente en el mismo año que “Cántico”, de signo estético).

Como se ha dejado entrever, en este conjunto de sonetos de buena ejecutoria, el espíritu religioso de Bengoechea no se duerme en una paz espiritual propagandística de la época; su tono dolorido campea en la primera parte, culminando su queja en “Muchacha” que “En un principio fue lo que se acaba”, en un oxímoron escalofriante, y ”A una mejilla blanca”, en la “que ya no está una rosa donde estaba”, en imagen elocuente; como la existencia humana en evocación de Quevedo le parece que “la vida es larga para ser tan corta”. La sombra de la muerte planea por todo el libro, así como la soledad, ”que limita con el pecho” del poeta. Podríamos establecer prudentemente un paralelismo entre el desencanto de Bengoechea con la agitación de su paisano Blas de Otero en su libro Ancia, si bien esta obra está más vinculada a su entorno histórico que la de aquél. 

Visión pesimista del mundo que no es de extrañar si incardinamos a ese hombre en forma de desolación en un tiempo de zozobra ambiental entretejida con lo político que el poeta no puede ignorar; de ahí que este poemario tenga acento de poesía social, si bien no del todo alineado en la famosa antología de Leopoldo de Luis y sí circunscrito a lo íntimo.

La médula del libro es una mezcla de dolor de lo que existe junto a la precariedad de la belleza y el amor, y Dios como presencia obsesiva. Vaya como síntesis de la atmósfera del libro este soneto de gran fuerza lírica, que no debería faltar en ninguna antología del soneto en español. 


ISLA


Mala es mi sombra, mala. ¿Me convino
nacer? Pero nací. O así lo cuentan.
Y si me busco en mí, mis manos tientan
una pared al fondo de un camino.

Yo soy un ser nacido a contra sino.
Los hombres formidables me lamentan.
Aumentan segurísimos y aumentan
mis posibilidades de asesino.

Soy una solución que siempre yerra.
(Siguen en pie la muerte y sus baluartes.)
Un hospital en medio de una guerra.

Me llamo trece, y me apellido martes.
Pero sé lo que soy: algo de tierra
rodeada de Dios por todas partes. 




En el viento tampoco

Francisco Mena Cantero

Ediciones Vitrubio, 2014

Si nos atenemos a la dicotomía de significado/significante de Dámaso Alonso, podemos entrar en el conocimiento de un libro de poemas percatándonos de los recursos que emplea un poeta para expresar el contenido de sus ideas y/o sentimientos.

En otras ocasiones hemos comentado libros del poeta de Ciudad Real, residente ha muchos años en Sevilla, Francisco Mena Cantero (n.1934). Si decimos que siempre ha sido fiel a su poética de invitarnos a entrar en su mundo bien calafateado por su fe y las observaciones coherentes que se derivan de ella, hemos dicho poco. Porque el trato que Mena Cantero hace del significado no excluye que exija del significante un cuido del lenguaje sin incurrir en devaneos estilísticos.

Se ha parado el recuerdo al borde mismo
del camino por donde tú y yo vamos.
Te siento junto a mí, como la voz
de una gran luminaria
emanando la gloria de saberte.

El poeta no extrema el recurso descriptivo -obsérvese la sinestesia- y se siente obligado a una expresión transparente de lo que necesita comunicar. Para un conocimiento efectivo de sus intenciones tendríamos que detenernos en el frontispicio del libro y tener en cuenta estos dos versos:

Lo triste no es morirse, sino hacerlo
sin haber aprendido qué es la vida.

El sendero poético de Mena Cantero ha sido siempre el mismo: un indagar dentro de su yo buscando esencialidades. No recurre al antiformalismo de J. L. Austin, para quien el lenguaje es un acto de habla convencionalizado. De ese rastrear en su fondo salen uno, dos o tres temas expresados con un lirismo de verbo que no quiere traspasar las lindes de la moderación, ya que lo que le importa al poeta es confesarnos su intimidad de hombre que pasa por el mundo y deja un testimonio de fe en Dios y los valores que se desprenden de esa posición ante la vida.

Andas por los silencios de mi casa.
Por los bajos del patio y en la altura
donde el hombre no sabe, en su locura,
que eres, mi Dios, que a nuestro lado pasa.

La mirada de Mena Cantero está traspasada de lo trascendente. Sin esa impregnación sobrenatural la vida le parece seca y falta del color de lo verdadero. Y para ello busca esa presencia que le dé un soporte de eternidad a cuanto anhela junto a ese Dios, que, pesar de todo, el poeta, lo considera silente. Parece que con ello quisiera evocar a San Juan de la Cruz y su verso: “¿Adónde te escondiste, / Amado…?”, aunque el poeta ciudarrealeño le hace al Amado un cierto reproche muy del cristianismo contemporáneo con inquietud existencialista que recuerda al filósofo francés católico Gabriel Marcel, y si no, leamos estos versos:

Como apostar por ti, si no sabemos
tus imposibles circunstancias,
y tu misma palabra es una lluvia
que no llega a mojarnos.

La búsqueda del poeta, huella a huella de sus experiencias de hombre que inquiere y no cae en el encogerse de hombros del agnosticismo, es infatigable y no encuentra lo que anhela ni siquiera en lo más fugaz, como es el viento, aunque, a decir verdad, el poeta no olvida en el poema “Dios del acontecer”:

Antes de presentirse el tiempo
y que el ruido invadiera los espacios
estábamos en ti…

Después de esto, el poeta debería estar satisfecho en su indagación. No estará en el viento pero si en su constancia y su fidelidad de hombre que no renuncia a lo que nos trasciende y nos contiene en su Ser.

Concluimos. Este libro de Mena Cantero sigue su línea de poeta inserto por voluntad propia en la generación de los cincuenta-sesenta, cuya consiga de compromiso él lo traslada a lo trascendente, con un lenguaje sobrio en sus descripciones, las necesarias para dar vida y color a su necesidad de comunicarnos una parcela de su vida interior, punto de partida de todo poeta verdadero. Me atrevo a decir que es un libro dentro de “la poesía de la experiencia”, si sacamos, por un momento, esa etiqueta de su contexto postnovísimo, porque, ¿no es experiencia la búsqueda de una explicación de la vida y el universo, aunque entre en motivos temáticos no habituales hoy?

Con la publicación de En el viento tampoco Ediciones Vitrubio no olvida la poesía que, como dijo Antonio Machado citando una frase de Santa Teresa, está inmergida “en las mesmas aguas de la vida”, apostando con ello por la poesía humanizada, que es la poesía de los temas de siempre.



Seis cuentos de La Isla y un pórtico viajero 

y cuatro estampas adicionales

Editorial Madrid (1991)

JOSÉ CERVERA PERY

EEn 1992 escribíamos en San Fernando Información el siguiente artículo.

Los isleños hemos de estar enhorabuena por la ya sabrosa literatura —con la Isla de protagonista— de que actualmente disponemos en los escaparates de nuestras librerías.

El libro Seis cuentos de la Isla y un pórtico viajero de José Cervera Pery viene a enriquecer esta afortunada bibliografía. Por si fuera poco, el aire isleñista del libro lleva un entusiasta prólogo de José Oneto y dos poemas, ambos premiados en certámenes convocados en nuestra ciudad. Uno de ellos es de especial mención y se titula: “Requiebro y gozo primero de la Isla y de su sal”, Flor Natural de los IV Juegos Florales de la sal en 1970 —verdaderamente magnífico, estampa pintoresca en bellos alejandrinos de una Isla que ya se nos fue como ocurre con los relatos que lo anteceden, once en total con los cuatro estampas adicionales—. El libro lleva dibujos y viñetas de Mariano Morote.

Se inicia el libro con “El pórtico viajero”, luego siguen los seis cuentos constituidos por “El Barrero” (Paisaje de la Isla en cuatro tiempos), “La nocturna” (Apuntes taurinos con la Isla al fondo), “El Candray”(Estampa salinera sobre el caño), “El Refino” (Postal isleña de un tiempo distinto), “El solecito”(Cuento de jubilados de la Isla) “El día que en la Isla se rompió el primer play back (Imagen de una Isla que se fue). Y siguen “Las estampas adicionales”: “La comisión”, “El consumista”, “La aguja palá” y “El Paula inglés”.

Remata el libro, como se dijo antes, una “Pequeña incursión poética” con los dos poemas aludidos.

De El pórtico viajero el autor nos da, a modo de clave, el pulso ambiental del libro: una nostalgia incurable de lo que se ha vivido, soñado —no idealizado— en la distancia, de ahí el título aclaratorio: la pérdida de una Isla ya irrecuperable cuando el autor, entre las visitas esporádicas y las ausencias, remoza en la madurez ese tesoro íntimo en la memoria.

Desde Atenas, desde Londres, Nueva York, Camerún, Hamburgo el autor recuerda, como contrastes de recuerdos, como asociaciones complementarias, vivencias no desvaídas, sino más bien oxigenadas por ese artilugio intransferible del amor que opera en las entrañas del individuo que ama, en este caso el dulce echar de menos, el sentir por las venas la savia que sube por las raíces de lo vivido.

Sin embargo, esta semblanza corre el riesgo de que los méritos literarios de Pepe Cervera se reduzcan a glosar con entusiasmo los referentes circunstanciales de lugares, nombres y anécdotas. Nada de eso.

En Seis cuentos de la Isla y un pórtico viajero hay un lenguaje jugoso, consciente de sus potencias denominadoras; un verbo que no se deja tocar por el peligro del tópico que conlleva ese cometido difícil de cantar lo autóctono.

Pepe Cervera nos menciona individuos —limpiabotas, pregoneros de todos conocidos—; lugares desaparecidos —la Alameda del Piojito, El Barrero, el Bar San Diego, el Patio del Maestro Luis, El Pálido—, que ya están en la memoria.

Sin querer, y a pesar del anecdotario que da vida a las narraciones, éstas son testimonio de otros tiempos que no han pasado en vano, puesto que el autor los recupera y los trasmite a las nuevas generaciones como si fuese historia. ¿Quién puede negar que esta épica cañaílla y costumbrista es documento vivo, pasado que vuelve a latir en nuestro corazón como un pulso contra el ingrato olvido?

Narrativa vivísima, con un toque barroco nunca exhaustivo, y, al mismo tiempo, preciso en un contexto en el que el lector forma parte del protagonismo que es lo isleño, esculpido y perfilado con el cincel de una admirable capacidad evocadora.

Con más espacio, se podría elaborar dos estudios para los que el libro da con creces: la adjetivación y el campo léxico con nombres de filiación isleña. Pero hay que poner punto y final.



El ídolo o una publicación efímera

Ayuntamiento de San Fernando (Cádiz), 1964

Allá por el año 1964 Antonio González Muñoz y Germán Caos R. ponen en movimiento en La Isla de San Fernando una incipiente colección de libros de relatos y poesía de autores isleños. La colección se llamaba Dos Amigos, en un formato de 15 x 12,5, con una típica cañaílla en la portada, que es obra, como el logotipo, de Luis Cano Trigo.

La edición se hacía gracias al apoyo del ayuntamiento de esta ciudad y al visto bueno de la Academia de San Romualdo. En la contraportada del segundo número se anunciaba dos futuras publicaciones: Canto al mar y otro poemas, de Gabriel González Camoyano, y Naciente herida, de Juan Mena.

 La primera entrega El ídolo, de Antonio González Muñoz, es de un solo relato, pero lleva un prólogo del autor en el que pone de manifiesto las dificultades de publicación en las grandes editoriales y las inquietudes de aquél para llevar a cabo una empresa que con los medios de entonces se podía considerar heroica. En dicho prólogo se alienta también a los escritores isleños  en la esperanza de que las ediciones se sucedan. Una tercera estaba anunciada con el título de Canto al mar y otros poemas, de Gabriel González Camoyano y la cuarta, Naciente herida, de Juan Mena, ambas previstas para 1965.

Pero no fue así. Una vez publicada la segunda entrega titulada Cuatro cuentos de hombre, de Germán Caos, la colección fenecía, ya que no pudo autofinanciarse el tercer número con la venta del segundo. Con ello desaparecía la posibilidad —insólita posibilidad— de que los demás escritores que aguardaban turno viesen realizado ese sueño verdaderamente mágico de ver editados sus trabajos literarios.

Hoy, a los cincuenta años de aquel embrión editorial, de aquel fausto nacimiento y de la prematura muerte de tan preciosa criatura, la Colección Dos Amigos, quitado el polvo del tiempo de sobre sus portadas, como acontece con todo libro, es evocada en esta columna como un hermoso intento de sobrenadar en unas aguas que nunca han sido favorables para los asuntos de la imaginación (en La Isla y en muchas partes más).

 Sin embargo, hay que reconocer ese espíritu de emprendimiento de Antonio González y Germán Caos y el apoyo del ayuntamiento de entonces. Cuando se haga la historia de las publicaciones en San Fernando no hay que olvidar que la Colección Dos Amigos, con una cañaílla de sobrios trazos en la portada y un digno contenido literario, tiene un lugar meritorio, a pesar de su modesta factura, debido, sobre todo, a un anhelo de plantar en la tierra cultural de nuestro pueblo un árbol de inquietudes e ilusiones que hubiese crecido y expansionado sus brazos igual que una araucaria. 

  

 
Conversaciones con los ángeles

Ángeles Cardona

Seuba edicioneS
 Barcelona, 1998

Premiado con el Premio Fundación de La Carolina 1998 y editado por SeuBa edicioneS, Conversaciones con los ángeles no es, como su título hace suponer a la ligera, un manual práctico al uso sobre un misticismo trasnochado, sino, como dice en el prólogo José Corredor-Matheos: «Lejos de la interpretación tomística, los ángeles son de muy diversa condición. Aunque, en ultima instancia, se crea en los ángeles de manera rigurosamente teológica, en su manifestación poética se juega seriamente con muy variada clase de ellos».

Ciertamente, los ángeles de Ángeles Cardona, poeta tarraconense, doctora en Filología románica y licenciada en Filología germánica, profesora asociada de la Universidad de Navarra profesionalmente, son casi insólitos en sus apariciones.

Mientras que en la angelería convencional la aparición de un ángel supone la supresión de lo natural, es decir, que la potencia o la irradiación del ángel se sobrepone a la naturaleza en este libro, los ángeles se sirven de ella, juegan con ella y se entre mezclan con las potencias naturales, ya que la naturaleza es una; ahora bien, la autora no cae en panteísmo, sino que considera que todo es huella de Dios, pensamiento, por cierto, muy de la mística sufí, de la que el libro es espiritualmente deudor. Esto no quiere insinuar que Conversaciones con los ángeles tenga connotaciones iniciáticas; todo lo contrario: el libro se muestra como una experiencia cotidiana entre la naturaleza convencional -el mar, las rocas, los colores, la tormenta, árboles gigantes...- y la ciudad, concretamente el duro asfalto, la estrecha calleja, el puerto donde hay ángeles con manos encallecidas y pies sudados.

Puede sorprender a quienes están familiarizados con una visión invisible y resplandeciente de los ángeles el hecho de que la poeta autora de este libro los considere como representaciones de las más nobles facultades humanas:

¿Qué queréis decirme, ángeles,
hablando entre dientes,
qué queréis decirme,
con tanto misterio,
que no pueda oíros?
¿Quién os ha enviado a la glorieta
en vuelo indeciso?
Sólo os he pedido, ángeles,
un sueño tranquilo.
¡No me despertéis
aunque habléis a gritos!

Que el propósito de Ángeles Cardona es humanizar la idea que hasta ahora hemos tenido de los seres angélicos está bien claro. 

Como dice Corredor-Matheos en su palabras introductorias: «Su objetivo era muy ambicioso y raramente tratado en la actualidad, toda vez que no se trata de una religiosidad al uso».

 Fantasías del más allá

María Teresa Martínez B.

 Talleres Gráficos Carrillo-Marfil, 1992

 

  Impreso en los Talleres Gráficos Carrillo-Marfil, Asociados, aparece el segundo libro de María Teresa Martínez B. —Maite—, con prólogo del escritor isleño Francisco Carrillo: excelente prólogo, por cierto, que toma de la mano al lector y lo prepara con sutiles exposiciones acerca del tema que luego el libro desarrolla: un afán poetizado de búsqueda entre dos límites no bien definidos, tales  como la muerte —que la autora toma como simple desaparición, esperanzada desaparición— y la otra vida fundamentada en la esperanza.

De la misma manera, María Teresa Martínez se vale de una introducción con el fin de que el lector palpe ya esa atmósfera de lo maravilloso que campea en los ocho relatos de que se compone el libro, además de un epílogo, en el que hace un canto al papel como confidente imprescindible del escritor, la cuartilla como una especie de cheque en blanco en el que se escribe todo lo que de modo generoso nos regale imaginación.

Por esa facultad de escribir, la autora confiesa que ha entrado en otra dimensión social de colegas, amigos y situaciones que han enriquecido su vida y estas consecuencias de relaciones y anhelo de creación su vida despierta a otras satisfacciones. Esta parte del libro tiene un gran valor sentimental debido a los apoyos de solidaridad escrita o telefónica que recibe la autora de la gente que la estima y, aunque no añade nada al tema esencial del libro, como son los relatos, actúa, sin embargo,  como prueba de aliento y confianza en su valentía moral como madre.

En cuanto a los relatos, como bien dice Francisco Carrillo en el prólogo, hay un estilo naïf en ellos que los hace agradables y de fácil lectura. En el fondo de estas ocho narraciones late un  deseo, un anhelo profundo y afirmado de superación de la realidad material y del tiempo matemático.

El lenguaje que emplea María Teresa  Martínez en sus relatos es el adecuado a sus temas; sobrio en sus descripciones, gráfico y, en ocasiones, colorista, casi con unos ligeros matices de ingenuidad que hacen que la narración sea suave, alada y con un trasfondo, sin embargo, de esperanza en cuanto toca esa fibra, común a todos los mortales, de la fe en el más allá.

 
 Lo verdadero esperando

Francisco Montero Galvache

La Morera

Alcalá de Guadaira (Sevilla),1992

 

Con un verso de Juan Ramón Jiménez titula Francisco Montero Galvache este nuevo libro de poemas editado por La Morera, de Alcalá de Guadaira, en 1992 y prologado por el poeta Luis López Anglada

De fervoroso sentimiento religioso, esta entrega de Montero Galvache tiene dos sonetos a manera de introducción —“Razones para buscar a Dios”—: “Seguro ya de ser cuanto ya ha sido/sólo a lumbre que a Sol nunca llegara,/ es natural que un día se acercara/el corazón a cuanto había querido.” En este cuarteto hay como un   anuncio del posterior desarrollo poemático que culmina en el segundo soneto: “Que atravesando sombras, como ríos,/iremos a la desembocadura/ en Dios, como la fe nos lo decía”.

En efecto, a continuación el poeta, en “Memoria de una búsqueda” tantea la indagación de lo Divino, recorriendo las civilizaciones en versos endecasílabos y heptasílabos blancos, combinados entre sí; Centroáfrica, Laponia, Japón, Egipto, Grecia, Roma…, son lugares llenos de una  simbología religiosa que no satisface al poeta. 

En “De la unidad que viene” tiene como tema sobre el valor de la religiosidad que le merece la ruptura europea de los siglos XVI y XVII a la que opone la Unidad. Sigue después una serie de once sonetos a motivos de temas cristianos: “Milagros·, “Ramos”, “Comunión”, “Pasión”, “Decisiva palabra”, “La insaciable sed”, en los que el poeta lamenta, en cierto modo, la euforia orgullosa de una civilización que ciega al hombre en la materia. En la “Exhortación a la sangre” el poeta, en un hondo monólogo, intenta elevarse como buscando a Dios, empleando cuartetos blancos magníficos que, liberados del yugo de la rima, se suceden alados y profundos a la vez.

 En el poema “Así que vuelve el corazón del sueño” en muy buenos cuartetos el poeta entra como en una certeza; mejor, como una visión de lo trascendente con una clara alusión a fray Luis de León. Hay en este poema como un anticipo de la paz: “ Y cuando despertó al frío y duro/bogar del tiempo regresó pensando/ el corazón que lo que allí guardaba/ era sin duda el Inmortal Seguro”.

Los cuartetos blancos de “Esperanza al último Evangelio de Pentecostés” sn de una factura impresionante por su trasfondo apocalíptico. Sigue “Para la tregua de un desconsuelo” en la que Montero Galvache lamenta el afán desalentado de conocer la luz y filosofar como sobre ella como un asunto humano.Concluye el libro con un “Cántico tomista a la Divina Blancura”, verdadero himno eucarístico que entona el poeta como un colofón a su poemario religioso, que habría que considerar como un monumento que él levanta a su fe católica, sin ambages después de una búsqueda tras cuyo fin respira como un artesano de su entusiasmo.


En toda poesía religiosa o bien mística existe el peligro de emplear un lenguaje manido y engolado. El autor de este libro esquiva ese riesgo, si bien emplea un nivel expresivo medio —no sublime y fuera de época— que tiene sus raíces más en Lope y Fray Luis de León que en San Juan de al Cruz.

Hay en algunos poemas anhelos misticismo, pero el poeta se autolimita este afán como llegando a las puertas del Misterio, acariciando su aldabón con gran humildad como si ese gesto se volviese poema incomunicable: “Toda sombra se arrodilla/ al pie de su luz sin término./ Toda desesperación / hágase en su paz sagrario./ Ningún sabor de la tierra/sabe a lo que sabe Él”.


En este libro Francisco Montero Galvache parece que no ha dejado escapar un instantáneo, pero seguro  saboreo  de lo que él está esperanza como verdadera y definitiva, dentro de su credo.

 Homenaje a la fiesta del Ultra celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1919  Varios autores

Ateneo de Sevilla, 2008

SEVILLA

Nueva publicación del Ateneo sevillano en su serie de Homenajes. Esta vez dedicado al movimiento ultraísta. En la introducción, Enrique Barrero González, presidente del Ateneo, se congratula de que este volumen cierre una trilogía; recuerdo para la presencia de Juan Ramón Jiménez en el Ateneo, así como para el animador del mismo José María Izquierdo con la levadura de entusiasmo propiciada por los componentes del Pasillo de los Chiflados, de los que Rogelio Buendía da cuenta en dos sonetos alejandrinos y, por fin, nos adentra en el tema del ultraísmo en Sevilla, narrando pormenores de la presentación del acto -la Fiesta del Ultra- y sus preliminares, así como sus efectos en la vida literaria hispalense de entonces. 


En la raíz de este movimiento se encuentra Rafael Cansinos-Asséns, sevillano, emigrado luego a Madrid y fundador de la revista Ultra, extinguida en 1922. No se olvide que el ultraísmo fue un movimiento específicamente español, aunque con menos ambiciones que el surrealismo, pero dispuesto a combatir el modernismo decadente. El manifiesto literario del Ultra (Ultra en el sentido etimológico de más allá: ir aún más lejos que el Novecentismo imperante) aparece dos veces en la revista Grecia, publicado por Isaac del Vando. Hay que añadir que la mayoría de los poetas que participaron y representaron esa tendencia en Sevilla eran ateneístas.

Precedida por cinco reuniones anteriores del mismo tenor, basándose en la crónica que dejó Adriano del Valle en la revista Grecia, se nos describe la presentación de tal efemérides, en la que toman parte otros escritores tales como Pedro Luis de Gálvez, Pedro Garfias y Juan G. de Olmedilla; en este acto también se leyeron poesías de Adriano del Valle, un poema del precursor del Ultra Guillermo Apollinaire, así como del mismo “alfarero de juventudes”, Cansinos. En todo momento la figura de Cansinos es cordón umbilical del movimiento y lo nutre con su sangre reconvertida del modernismo a una suerte de futurismo en el que predomina la metáfora como caballo de batalla de la escritura, incluido un aire de revolución iconoclasta, como aconteció con todas las inquietudes que nacieron en la aurora de las vanguardias. (Es curioso que la predilección por el tropo mencionado ya tuvo en Rusia, décadas antes, dos defensores: Potebnia y Belensky, antecedentes del Formalismo. Fue Sklovski con el concepto de “desviación” y Roman Jakobson con la función poético quienes le darían su definitivo papel a la metáfora en el texto literario.)

Pero el movimiento que abanderó Cansinos -“el condestable del Ultra”- empezó siendo moderado hasta subir de cotas de entusiasmo y convertirse en radical, como se nos cuenta en esta detallada presentación que nos traslada a la Sevilla literaria de final de una década y comienzo de otra, encaminada hacia la dictadura de Primo de Rivera y a la celebración en el mismo Ateneo de otra celebración: la del homenaje a Góngora en el tercer centenario de su fallecimiento.

La nueva tendencia poética había tenido sus comienzos en las declaraciones de Cansinos a El parlamentario, así como la edición del manifiesto literario, que volvería a aparecer en la revista Grecia. Fue el 2 de mayo de 1919 cuando se celebró el acto principal.

Como se dice en este prólogo, el ultraísmo es una suma de tendencias con varios estratos en su configuración definitiva, que llega, en palabras de Pedro Garfias, como una revisión de valores, una superación del novecentismo. El mismo tono que utiliza Isaac del Vando refiriéndose a Valle-Inclán, Azorín y Ricardo León, tratados como escritores anacrónicos. El entusiasmo de los propagandistas del movimiento llegó a unas actuaciones de delirio juvenil contra los signos del pasado histórico de Sevilla...

Como dice Barrero González, el ultraísmo fue desinflándose, pero la apuesta por un arte nuevo no cedió ante la alternativa del arte tradicional puesto al día, reto que asumieron otros poetas, tal como Gerardo Diego en la misma revista Grecia. El ateneo siguió por su ruta ideal de mantener vivo el espíritu alerta a las exigencias de la cultura con nuevas adquisiciones de valores culturales hasta culminar la década de los veinte con el Grupo del 27. El prologuista agradece a todos y a todo cuando han hecho posible este libro en el que Sevilla queda vinculada con una actitud rompedora ante la vida y la literatura en una época en la que el triunfo de las vanguardias apelaba a la imaginación creadora más que a un arte realista y/o de compromiso.

Como referencias complementarias, el volumen recoge la foto del evento (donde, curiosamente, falta Cansinos), así como ilustraciones de la revista Grecia y textos facsímiles relacionados con el movimiento, como el de la publicación del Manifiesto Ultra por Isaac del Vando, texto que había sido publicado con el nombre de "Ultra". El manifiesto ultraísta del movimiento del mismo nombre (ultraísmo) se publica por primera vez en la revista Grecia (25 de enero 1919) de la mano de Rafael Cansinos, fue firmado, entre otros, por Guillermo de Torre y Pedro Garfias. Cansinos no lo firma porque su nombre aparece en el primer párrafo como promotor del manifiesto.

En cuanto a la colaboración, una nómina de 106 poetas actuales constituye el cuerpo poético. 

A través de la sucesión, por orden alfabético, de los autores recogidos, vemos poesía variada desde poemas con halo de poesía social atenuada de los años 60, hasta algunas muestras de la poesía llamada experimental y en algunos casos con la presencia de la poesía visual, pasando por otros textos de poesía intimista, incluso de expresión neorromántica, constituyendo una gama variada de poesía que enriquece el conjunto.

En todo caso, la mayoría de los trabajos hace una referencia más o menos directa, más o menos próxima a la intención que subyace en el libro que comentamos. El colorido andaluz tocando lo lúdico, que tanto agradaría a Cansinos, está presente aquí haciendo honor a la metáfora, que tiene un especial protagonismo en los propósitos del manifiesto Ultra, como también proclamó Borges en el manifiesto Ultraísmo en la revista Nosotros (1921).

Como el volumen anterior, el presente nos fascina con su factura editorial y los signos visuales que complementan la intención del homenaje, así como por el minucioso recorrido con que nos indica el prologuista los entresijos de aquella deliciosa aventura en una tierra como la nuestra, tan incardinada en tradiciones literarias como propensa a estallidos novedosos, como es el que aquí contemplamos en una España de vaivenes políticos y puerta abierta tímidamente a aquellos poetas -Larrea, Huidobro, Guillermo de Torre, G. Diego...- que querían renovar una poesía entre el modernismo decadente de un Villaespesa, un Marquina, un Carrere, o el mismo Manuel Machado, y el anhelo de diferenciarse del “gay trinar” de su hermano Antonio. Por aquella época, en la que nos sitúa el volumen presente, ya Juan Ramón Jiménez había dado el paso hacia la “poesía pura”. No se olvide que Eternidades (1916-17) y Piedra y cielo (1917-18) son las obras que confirman al autor en su nueva andadura -concretamente, la etapa intelectual, según su propia división- que comenzó en el Diario de un poeta recién casado.

Pero, si hemos de hacer un juicio de valoración acerca de este volumen, su publicación no sólo es necesaria, sino también de agradecer por lo que tiene de raíces andaluzas en este albor de las nuevas tendencias que conformaron el pórtico de la literatura española contemporánea, además de la muestra de poesía actual que abarca a cuatro décadas. Homenaje que da capitalidad a Sevilla como avanzada en la poesía vanguardista de entonces. Una avanzada también hacia el Grupo del 27, que dio su primer paso en Andalucía.

 FLUENCIA & DESPEDIDA

 Ricardo Bermejo Álvarez

XX Premio de Poesía Ayuntamiento de Rincón de la Victoria. Málaga 2013


Traer a la página los méritos felizmente reconocidos con importantes premios de Ricardo Bermejo sería ocioso. Para ello tenemos las entradas de internet, que nos los muestran. Por lo contrario, hemos de situar su poesía en un determinado contexto histórico generacional y, a partir de ahí, señalar unas valoraciones.

 

Por fecha de nacimiento (Fuente de Cantos, Badajoz, 1961) se ha de situar al poeta en la llamada generación de los Postnovísimos, suponiendo que él acepte tal encasillamiento cronológico. Pero, aunque se muestre reacio a aceptarlo, se ha de tener en cuenta los siguientes supuestos.

 

Los Novísimos rompieron con  la poesía social y con el lema de Celaya concerniente a que la poesía es un arma cargada de futuro. Esta ruptura y la vista vuelta hacia patrones más allá de la tradición española, abrieron los horizontes de la poesía española y la enriquecieron sin  duda. Pero uno de esos filones estaba en un pedazo de oro lingüístico consistente en el lenguaje poético. Ahora bien, no olvidemos que ese anhelo de oxigenar el verso y sacarlo de sus frases hechas ya tenía un antecedente en el Postismo de Ory y Chicharro y la poesía temprana de Ángel García López, por poner un ejemplo, a quien la crítica insertó en la llamada “Generación del lenguaje”. Los Novísimos intensificaron esta vía de escape a la imaginación y que su conjunto de nuevos mitos no se parezca en nada—a ser posible— con las referencias de los poetas de pasadas generaciones, obsesionadas con el tema, con el significado, como diría Dámaso Alonso, por oposición al significante. No importa ahora que se sucedan las disputas —Villena, Tusón, Debicki, García Martín, por poner ejemplos— sobre si los Postnovísimos se desmarcaron de la poesía abierta a lo extranjero de los Novísimos y retornaron a lo tradicional, más o menos mitigado, y al intimismo. Pero ni unos ni otros han mostrado una especial preocupación por el lenguaje poético, entendiendo por esto huir de las expresiones, si no redichas, sí irrelevantes o planas, empeñadas en describir o narrar experiencias tampoco nada seductoras.

 

 ¿Por qué esta larga introducción? Porque Ricardo Bermejo ha sido un digno heredero tanto de la tradición como del despegue del lenguaje poético hacia rasgos extrañadores que hacen que su poesía sea “diferente” dentro de su marco generacional. Pero todo ello sin pretensión de crearse “un estilo”. Es decir, desde sus primeros libros fue consciente de que el lenguaje poético nada tiene que ver con los supuestos ideológicos de una generación. Sin embargo, me resulta doloroso decir que ni Novísimos ni Postnovísimos caben en la definición de la poesía que dijo Leconte de Lisle: “ Sólo hay poesía en el deseo de lo imposible y en el dolor de lo irreparable. " Sólo entran en el alma del lector aquellos poemas que son universales, que implican a quienes los leen por su afinidad de experiencia. Lo demás, pasa al olvido, al borrado del disco duro de la memoria literaria.

 

Pero vayamos al libro que nos concierne ahora. fluencia & despedida ha sido XXI Premio de Poesía Ayuntamiento Rincón de la Victoria, Málaga, 2013.El poemario consta de dieciséis poemas y precisamente el penúltimo le da título al conjunto. Decíamos al principio que entraba en la valoración de un libro insertarlo en una tendencia o bien en un marco generacional.

 

En este poemario, como en otros suyos anteriores, el autor se ha echado un pulso con el lenguaje poético y logra crearse un idiolecto donde está presente la transgresión del verso que en otros poetas es todavía cartesiano y dentro de una lógica que no pasa de lo convencional. Bermejo procura, como propugna el estilista ruso Shklovski, que el verso pase del automatismo a una lectura sorprendente; del desgaste semántico, a la frescura de motivaciones. Escribir poesía para él no es repetir los modelos (en este caso de los Postnovísimos más encopetados por la crítica), sino que sale campo a traviesa de la expresividad y nos sugiere caminos  nuevos en la invención poética en cuanto a lenguaje se refiere. Vemos estos versos de “Singladuras sonámbulas”: “La sal del horizonte —contra los acantilados del límite/o abrazada a la orilla donde transbordan las distancias/ las distintas materias de su bagaje idéntico—/hizo que el mar partiera con sed hacia el instante/de recibir un sueño su transfusión de estrellas/ […] Y ahora este cielo a pique con su añilado abismo itinerante; ahora este polizón que burbujea en la memoria/dándose un aire a mí, mientras espero el silbo/ de las vulneraciones y el ademán recóndito,/con que lunas y olas reanudan su viaje./ Nómada imaginario mi corazón —en pos de mis asuntos— cuenta estrellas y sílabas, mide el silencio de la luz./Y no es tarde ni en vano soñar y ser aquí,/ vislumbrar y decir el fulgor y el estrépito,/el naufragio y el frío, la intemperie y las vértebras…”

 

En cuanto al contenido del poemario como tema, tratándose de poesía, no podemos abordarlo como si fuera una novela. Un libro de poemas no persigue una unidad temática. Sino que es un conjunto de poemas que se van sucediendo en los que el poeta valora experiencias aisladas con un común denominador: darles forma verbal a los fantasmas de su conciencia que van y vienen por el firmamento de su imaginación como meteoros. La crítica a un libro de poemas no es fácil, más aún si, como en el caso de Ricardo Bermejo,

su idiolecto transgresor pone a prueba la madurez de los lectores de poesía en cuanto a lenguaje se refiere.

 

Como en otros libros del poeta extremeño afincado en la Isla de San Fernando, hemos concluir confirmando lo que dije más arriba,  que su verso crea, además de contar, y que los premios que se le han concedido no obedecen a un buen azar, sino a un buen hacer, entendiendo por esto, que tal vez sin haber leído a Vixtor Shklovski. (“El arte es un medio de experimentar el devenir del objeto: lo que ya está “realizado” no interesa para el arte".) Así pues, él logra darle al verso una frescura semántica que en los poetas de su generación está ausente: “Van a dar en la voz/las encendidas sombras del poema,/el hielo en llamas con que la memoria/contamina los puros/silencio de los pozos/ni artesianos ni ciegos de la sed.” 

  (lo está que “realizado” no interesa para el arte".) Así pues, él logra darle al verso una frescura semántica que en los poetas de su generación está ausente: “Van a dar en la voz/las encendidas sombras del poema,/el hielo en llamas con que la memoria/contamina los puros/silencio de los pozos/ni artesianos ni ciegos de la sed.” 

 

LIBROS RECUPERADOS
Jugándose la vida

de Manuel Avezuela

Fundación Municipal de Cultura
San Fernando (2004)


Precedido por un prólogo de quien esto suscribe, Jugándose la vida es un conjunto polimétrico de poemas que el autor desenvuelve con un estilo dentro de un realismo mitigado por una sensibilidad luminosa en la que los pormenores biográficos quedan veteados por un fino lirismo.

Dividido en cinco partes: “Juego limpio”, “Juego peligroso”, “Juegos arriesgados”, “Juegos de vida o muerte”, “Viaje de ida...” y “...Y vuelta”, no tiene por qué constituir un poemario coherente en sus partes. En poesía siempre cabe la sorpresa, incluso la contradicción entre sus miembros constitutivos.

En el caso de Manuel Avezuela, como ya comentamos en su libro anterior Desde la hierba, el verso discurre sin inquietudes que lleguen a la zozobra, aunque se trate de un verso que circula por los corredores de la poesía social. El entorno del poeta está como amansado por las aguas de un mar tranquilo: “El mar se pone dulce de naranjas partidas / y la playa es un largo beso crepuscular / mientras el tren recorre la cintura delgada / de la bahía / a cuyo pie la oscura silueta de la ciudad / destaca sobre la gran última página cárdena de la tarde”.

La actitud del poeta es contemplativa en algunos casos como ése, pero ello no impide que en otros momentos exclame: “¡Quiero cantar el poema sangrante / de un pueblo que se ríe de pena y llora de alegría / incomprendido y hecho monumental clown de un circo / por una población insensata de más de treinta millones de celtíberos”. Versos libres entreverados como signo de protesta ante ciertos hechos.

El poeta tiene también palabras de elogio para las tierras hospitalarias como Caracas, con un nombre de amigo: Luis Pastori y un poema en inglés: ”American Bach-Yard”.

A pesar de la lejanía, está presente la nostalgia con el mar del fondo, el mar de la bahía gaditana: “El mar de plata / en esta tarde clara / y el sol limón dormido / sobre el agua y el cielo azul / con sus ovejas blancas...”

Manuel Avezuela aparta la mirada de los deleites descriptivos que le dan serenidad y escucha la voz de dentro como todo poeta auténtico que no se queda en la superficie resplandeciente de las impresiones sensoriales: “Descanse en paz la libertad / a que hemos nacido / los hijos del miedo... / Que nos den a morder un pañuelo / para que podamos ahogar el grito, / la necesidad, la urgencia/ de la palabra noble / que dejó huérfanas familias / enteras de palabras / como justicia, campo, economía.”

Cuando el nervio lírico lo requiere, Avezuela rompe el esquema métrico y no tiene preocupación por el estilo, entendiendo por esto una búsqueda de expresiones inusitadas y sorprendentes.

Este segundo libro del poeta isleño Manuel Avezuela nacido en 1926 y residente en Nueva York, aunque con frecuentes venidas a la Península, nos da una visión más amplia de su temática poética, hasta el punto de pasar de una poesía intimista y paisajística a otra que se hace eco de motivaciones sociales, pero en ambos casos sin perder el norte de la autenticidad.