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RESEÑAS III

 

EL DESVÁN DE LA MEMORIA

 

Mª Carmen Rodríguez López

 

EL BOLETÍN (2914)

El Puerto de Santa María

 

 

Precedido de pensamientos de autores clásicos, una introducción de la autora, un prólogo del profesor de Teoría Literaria de la Universidad de Cádiz José Antonio Hernández Guerrero y un capítulo de agradecimientos de la misma autora, así como unas dedicatorias, los pensamientos se van sucediendo en un primer bloque de 600, en forma de dos líneas, una segunda parte titulada “El tiempo entre mis manos” y otra final que lleva por título “Otros pensamientos más extensos”.

 

Tanto en Occidente como en Oriente, la tradición aforística ha tenido autores renombrados, desde Lao—Tzé y Confucio en China, hasta los Presocráticos en Grecia y Séneca en Roma, si nos atenemos nada más que al mundo clásico.

 

No es nada fácil condensar en dos o tres líneas una idea que ha de tener una aquiescencia universal, y es que no hay pensamientos con marchamo de aforismo que sea subjetivo, sino, todo lo contrario, ha de presentar una validez que convenza a todos los individuos, incluso de civilizaciones distintas, incluso a gentes de diferentes épocas. Para ello la literatura gnómica se vale de la concisión. La economía verbal ha de ser rigurosa. Un pensamiento largo puede parecer que traspone el límite de lo preciso y entonces no satisface al buen degustador de la sentencia; de ahí que la justeza sea la divisa de ese género literario colindante con la filosofía, pero no confundido con él.

 

Si nos preguntamos sobre qué temas versan los pensamientos de la autora de El desván de la memoria, diríamos que sobre la índole humana, que es también un campo abonado para ese tipo de discurrir por medio de la palabra:

 

Dicen que la vida es muy injusta,

pero es el hombre quien no hace justicia en ella.

 

El único derecho humano que se cumple:

el que todo hombre tiene a expresar sus lágrimas.

 

Sé feliz mientras puedas,

que las desgracias nunca llaman a la puerta.

 

Los peores momentos de la vida

son los que nos vuelven más humanos.

 

Sufrir por lo que no se puede evitar,

hace que la vida sea doblemente dura.

 

La vida suele ser el fruto

de lo que sembramos en el pasado.

 

Hay que valorar a las personas por lo mejor que tienen; así cerraremos los ojos a lo que les falta.

 

La vida se divide entre el bien y el mal:

el amor y la destrucción van siempre juntos.

 

No hay nada más hermoso que la sonrisa

de un niño; pero cuando crece y sigue viéndolo

hay que ponerle freno a la inocencia.

 

 

He aquí una muestra de esos pensamientos que hablan de la sensibilidad de la autora y, como dice el profesor Hernández Guerrero, es “Una amable invitación para que reflexionemos serenamente sobre nuestro mundo…”. De hecho, María del Carmen Rodríguez no hace otra cosa que trasladar a la palabra sus reflexiones acerca de la índole  humana tanto en el orden social como en el íntimo, concibiendo el libro, como dice el profesor Hernández Guerrero, bajo la forma literaria de un “cuaderno de notas donde se recogen observaciones y bocetos sobre temas muy diversos”, recordando los consejos, a modo de proverbios, de Antonio Machado, como recuerda el citado profesor y que ella sintetiza así:

 

 

           No huyas del fuego que te quema

           y te escondas en la solidaridad con otros.

           Pon primero en orden la hoguera de tu casa.

 

 

El desván de la memoria es un libro que nos despierta pensamientos propios que quizás olvidamos en el tumulto de las cosas diarias. Y con repensarlos nos da la posibilidad de meditar sobre sus motivos, tan de la vida de cada día. La autora condensa en estos pensamientos una jugosa experiencia de la vida que la mayoría de la gente descuida y muy pocos son los que hacen honor a esa experiencia y la visten de gala con una escritura sencilla y a la vez profunda como ésta. Sus compañeras y compañeros de la tertulia Río Arillo nos sentimos dichosos de que una de sus miembros deje a los que leyeren esta riqueza de sensibilidad  enriquecida por la experiencia en forma de lenguaje.

 

 

FLUENCIA & DESPEDIDA

 

Ricardo Bermejo Álvarez

XX Premio de Poesía Ayuntamiento de Rincón de la Victoria. Málaga 2013

 

 

 

Traer a la página los méritos felizmente reconocidos con importantes premios de Ricardo Bermejo sería ocioso. Para ello tenemos las entradas de internet, que nos los muestran. Por lo contrario, hemos de situar su poesía en un determinado contexto histórico generacional y, a partir de ahí, señalar unas valoraciones.

 

Por fecha de nacimiento (Fuente de Cantos, Badajoz, 1961) se ha de situar al poeta en la llamada generación de los Postnovísimos, suponiendo que él acepte tal encasillamiento cronológico. Pero, aunque se muestre reacio a aceptarlo, se ha de tener en cuenta los siguientes supuestos.

 

Los Novísimos rompieron con  la poesía social y con el lema de Celaya concerniente a que la poesía es un arma cargada de futuro. Esta ruptura y la vista vuelta hacia patrones más allá de la tradición española, abrieron los horizontes de la poesía española y la enriquecieron sin  duda. Pero uno de esos filones estaba en un pedazo de oro lingüístico consistente en el lenguaje poético. Ahora bien, no olvidemos que ese anhelo de oxigenar el verso y sacarlo de sus frases hechas ya tenía un antecedente en el Postismo de Ory y Chicharro y la poesía temprana de Ángel García López, por poner un ejemplo, a quien la crítica insertó en la llamada “Generación del lenguaje”. Los Novísimos intensificaron esta vía de escape a la imaginación y que su conjunto de nuevos mitos no se parezca en nada—a ser posible— con las referencias de los poetas de pasadas generaciones, obsesionadas con el tema, con el significado, como diría Dámaso Alonso, por oposición al significante. No importa ahora que se sucedan las disputas —Villena, Tusón, Debicki, García Martín, por poner ejemplos— sobre si los Postnovísimos se desmarcaron de la poesía abierta a lo extranjero de los Novísimos y retornaron a lo tradicional, más o menos mitigado, y al intimismo. Pero ni unos ni otros han mostrado una especial preocupación por el lenguaje poético, entendiendo por esto huir de las expresiones, si no redichas, sí irrelevantes o planas, empeñadas en describir o narrar experiencias tampoco nada seductoras.

 

 ¿Por qué esta larga introducción? Porque Ricardo Bermejo ha sido un digno heredero tanto de la tradición como del despegue del lenguaje poético hacia rasgos extrañadores que hacen que su poesía sea “diferente” dentro de su marco generacional. Pero todo ello sin pretensión de crearse “un estilo”. Es decir, desde sus primeros libros fue consciente de que el lenguaje poético nada tiene que ver con los supuestos ideológicos de una generación. Sin embargo, me resulta doloroso decir que ni Novísimos ni Postnovísimos caben en la definición de la poesía que dijo Leconte de Lisle: “Sólo hay poesía en el deseo de lo imposible y en el dolor de lo irreparable.” Sólo entran en el alma del lector aquellos poemas que son universales, que implican a quienes los leen por su afinidad de experiencia. Lo demás, pasa al olvido, al borrado del disco duro de la memoria literaria.

 

Pero vayamos al libro que nos concierne ahora. fluencia & despedida ha sido XXI Premio de Poesía Ayuntamiento Rincón de la Victoria, Málaga, 2013.El poemario consta de dieciséis poemas y precisamente el penúltimo le da título al conjunto. Decíamos al principio que entraba en la valoración de un libro insertarlo en una tendencia o bien en un marco generacional.

 

En este poemario, como en otros suyos anteriores, el autor se ha echado un pulso con el lenguaje poético y logra crearse un idiolecto donde está presente la transgresión del verso que en otros poetas es todavía cartesiano y dentro de una lógica que no pasa de lo convencional. Bermejo procura, como propugna el estilista ruso Shklovski, que el verso pase del automatismo a una lectura sorprendente; del desgaste semántico, a la frescura de motivaciones. Escribir poesía para él no es repetir los modelos (en este caso de los Postnovísimos más encopetados por la crítica), sino que sale campo a traviesa de la expresividad y nos sugiere caminos  nuevos en la invención poética en cuanto a lenguaje se refiere. Vemos estos versos de “Singladuras sonámbulas”: “La sal del horizonte —contra los acantilados del límite/o abrazada a la orilla donde transbordan las distancias/ las distintas materias de su bagaje idéntico—/hizo que el mar partiera con sed hacia el instante/de recibir un sueño su transfusión de estrellas/ […] Y ahora este cielo a pique con su añilado abismo itinerante; ahora este polizón que burbujea en la memoria/dándose un aire a mí, mientras espero el silbo/ de las vulneraciones y el ademán recóndito,/con que lunas y olas reanudan su viaje./ Nómada imaginario mi corazón —en pos de mis asuntos— cuenta estrellas y sílabas, mide el silencio de la luz./Y no es tarde ni en vano soñar y ser aquí,/ vislumbrar y decir el fulgor y el estrépito,/el naufragio y el frío, la intemperie y las vértebras…”

 

En cuanto al contenido del poemario como tema, tratándose de poesía, no podemos abordarlo como si fuera una novela. Un libro de poemas no persigue una unidad temática. Sino que es un conjunto de poemas que se van sucediendo en los que el poeta valora experiencias aisladas con un común denominador: darles forma verbal a los fantasmas de su conciencia que van y vienen por el firmamento de su imaginación como meteoros. La crítica a un libro de poemas no es fácil, más aún si, como en el caso de Ricardo Bermejo,

su idiolecto transgresor pone a prueba la madurez de los lectores de poesía en cuanto a lenguaje se refiere.

 

Como en otros libros del poeta extremeño afincado en la Isla de San Fernando, hemos concluir confirmando lo que dije más arriba,  que su verso crea, además de contar, y que los premios que se le han concedido no obedecen a un buen azar, sino a un buen hacer, entendiendo por esto, que tal vez sin haber leído a Vixtor Shklovski. (“El arte es un medio de experimentar el devenir del objeto: lo que ya está “realizado” no interesa para el arte".) Así pues, él logra darle al verso una frescura semántica que en los poetas de su generación está ausente: “Van a dar en la voz/las encendidas sombras del poema,/el hielo en llamas con que la memoria/contamina los puros/silencio de los pozos/ni artesianos ni ciegos de la sed".

 

EN CASTILLA MANDAMOS NOSOTROS

Manuel Pérez-Casaux Martínez

Teatro/Colección Buero Vallejo

Guadalajara, 1989

 

Primer Premio de Teatro “Ciudad de Guadalajara” 1985, esta obra de Manuel Pérez-Casaux, poeta portuense afincado en la Isla de San Fernando recientemente, nos sorprende por su vivacidad y lenguaje desenfadado. Ambientada en la España imperial de Carlos I, concretamente en los días borrascosos de la rebelión popular de los Comuneros, gira en torno a un personaje, Cabeza de Turco, hacendado de buena voluntad que solamente quiere vivir en paz  con sus tierras y ganados, pero la situación, tanto por parte de los comuneros como por parte de las fuerzas  represivas, lo pondrán en un dilema difícil. Acabará inclinándose hacia éstas últimas; fracasará en la misión que se le encomienda en la lucha contra de los de su misma condición labriega y morirá en el Momento Octavo o escena final de la obra.

 

Ahora bien, el trasfondo de esta peripecia está montado sobre su eje de auténtica bribonería por parte de una alcahueta, la Madre del Cordero, Sangre de Hiena, Pecho de Mono y el Duque, represores oficiales del monarca. Todo ello para conquistar y poseer el Duque a la Bienchita, mujer bella y esposa de Cabeza de Turco, a quien engañan éstos de manera miserable. Interviene la Turba ruralis como el fondo del pueblo anónimo, de donde salen juglares  que barran el desarrollo de la acción, en ocasiones.

 

Consta la obra de ocho Momentos o escenas escritas en prosa, aunque, cuando intervienen los anónimos juglares, el autor pone en boca de ellos sabrosos romances de carácter indicativo, como orientando al lector —o espectador— sobre acciones acaecidas fuera del montaje de la escena.

 

Como vemos, Manuel Pérez-Casaux quiere hacer una crítica de cierto trasfondo de la España imperial plagada de aristócratas inútiles y de matones serviles a su servicio, sin que falten las celestinas, imprescindibles entonces para el entendimiento sexual ilícito, digamos. Pérez-Casaux no olvida el conflicto político que las arbitrariedades del monarca produce en los fueros de las comunidades.

 

Quizá con este tema —que nos recuerda el pasaje bíblico en que David, atraído por la bella Betsabé, ordena que su esposo Urías  vaya a primera línea a combatir para hacerlo desaparecer y poder casarse con ella, como realmente ocurrió—  el autor nos pone de manifiesto cómo en momentos de circunstancias crueles, con la miseria y la desesperación por medio, la condición humana pierde los escrúpulos y se deja llevar por los instintos, aquí compensatorios de cobardía e irresponsabilidad.  ¿Es ello también de un retrato moral de una parte de la nobleza española? ¿Será un trasunto, entre grotesco y ruin, de aquella gente guapa de entonces, inútil y aprovechada, verdaderas raíces de futuras desgracias históricas de nuestro país?

 

Sea lo que sea, Manuel Pérez-Casaux nos regala una obra amena. tratada con una fraseología atípica que raya en el esperpento valleinclanesco, pero cuidando que los excesos no nos hagan olvidar una historia casi de comendadores  que pudo ser real y cuyo personaje central, víctima de la truhanería de unos vividores, no tuvo la suerte de otro labrador villano pero enérgico, Pedro Crespo, de El alcalde de Zalamea, ni tampoco la de otro villano ejemplar, Peribáñez. No tuvo esa suerte, pero ahora la memoria histórica y, como si fuera un supuesto real, le hace justicia.

   CORO ANGELICAL

 Ramón Luque Sánchez

 Publicaciones del Sur
Colección Poesía infantil (2011)

Con una introducción del profesor de la UCA José Antonio Hernández Guerrero y con portada e ilustraciones de Jesús de Mula y González de Riancho, este conjunto de textos con un marcado tenor infantil, deleita también a los mayores porque su atmósfera en torno a la Navidad despierta recuerdos amables que están dentro de nosotros, y en los momentos como en los que asistimos a la presentación del libro, que hizo con rigor y deleite Blanca Flores Cueto, nos sentimos como transportados a una época en la que los sentidos estaban vestidos de inocencia para esa fiesta navideña.

No es fácil escribir poesía para niños pero Ramón Luque ha asumido esa delicada tarea en la que se sirve del arte menor y de la sencillez del lenguaje para revivir en los lectores una felicidad perdida y en los niños una felicidad haciéndose en la que los angelitos tienen rasgos humanos, como el angelito sabio:

                            Pensaba. Qué de razones

                       esgrimía el ángel sabio
                       para enaltecer a Cristo
                       y a su nacimiento santo…

 o el angelito charlatá

                     

                     Hablaba hasta por los codos,
                     no sabía estar callado,
                     era un ángel charlatán
                     y un poquito casquivano…

 o el angelito mudo:

                    El angelito no hablaba,
                    mudo era de nacimiento.
                    También pasan estas cosas
                    en el cielo…
 
                    Entre ,el horno y los calderos
                    revolotea, gozoso,
                    el serafín pastelero…
o el angelito poeta por poner unos ejemplos nada más.

 Todo este concierto de angelería en torno al Niño Dios consigue sonrisas y complicidades como se demostró la misma tarde de la presentación del libro en el salón de actos de la Casa de la Cultura de San Fernando, que se quedó pequeño para aplaudir a ese cielo figurado que descendió al escenario con unos villancicos, en aquella ocasión para los mayores que por un rato dejaron de serlo y revivieron instantes perdidos en el fondo de la memoria emocional.

 Concluyamos con palabras del profesor Hernández Guerrero:

“En mi opinión estos poemas, transparentes, auténticos e ingenuos, poseen la virtud de hacernos vibrar despertando aquellas esencias infantiles que han configurado la manera de disfrutar de la vida”.

LIBROS RECUPERADOS:

Desde la hierba

MANUEL AVEZUELA

Ediciones

Abril.Mérida(Venezuela) 1964

Hacer la reseña de un libro que gusta es un placer inexcusa­ble; más todavía cuando se trata de un autor a quien se conoce y cuya humanidad ya es un aval valioso para creer en el conte­nido del libro en cuestión. Ahora bien, si además el autores isleño y sentimos por ello la connota­ción de su obra, el entusiasmo del reseñista se crece y es en­tonces agradecimiento y grati­tud, más que oficio y colabora­ción.

Desde la hierba es un li­bro de poemas editado en las Ediciones Abril de Caracas (Ve­nezuela) hace casi treinta años. Su autor: un isleño llamado Manuel Avezuela, nacido en 1926, que vivió de niño en Ia calle general Valdés y que hoy reside en Nueva York, disfru­tando una jubilación ~que en ocasiones alterna con Madrid y La Isla.

Recuerdo que en 1964, una tarde de primavera o vera­no, en el patio de los Hermani­tos Real, José Luis Tejada pre­sentó este libro, recupe+

rado hoy de entre tantos otros libros que duermen su glorioso sueño de enmohecida y ya humienta gloria.

El libro es breve -como casi todos los libros de poesía, 53 páginas-pero jugoso. Nos ofre­ce tres partes bien diferencia­das. En la primera «Madruga­da interior> se abre con una dedicatoria a su padre en el gesto conmemorador de partir el pan en la mesa. Todo este apartado está transido de hu­mildad, de visión contemplati­va de la vida con Dios al fondo, nunca exaltado, pero siempre aludido: “Amanece, y ya espe­ras,/ callado siempre, serena­mente / ingrávido y de oro. / En el rocío estás multiplicado / y entero en cada hoja, en cada / hierba que te comulga/sobre su verde lengua diminuta”.

El agua, las salinas “Can­delero de pitas/ horizonte de fuego. / Limones en el agua / quieta de los esteros. /Y un cielo blanco y malva / cuadriculado en ellos”, “el aire puro y el tiempo evaporado”, las vidas pequeñísimas de los insectos, la cal, los jaramagos, el sol y las jazmines, la campiña y las vi­des aparecen difuminados en su verso, en cierto modo, escueto y sin excesos barrocos.

En la segunda sección “Seis textos españoles” el autor nos expresa su malestar ante la in­fluencia todopoderosa del mundo angloyanqui sobre Oc­cidente (recuérdese que el libro está escrito en plena guerra fría) y el atraso de España, a su modo de ver: “Se necesita ser demasiado rostro pálido /para creer que el mundo tiene por eje a U.S.A. /, y Europa vate sólo treinta y tantas monedas”. El dolor del poeta sensibilizado ante las realidades que le ro­dean está bien reflejado en los versos de este apartado en el que el “Llanto y elegía por un pueblo” podría ser una buena muestra de la poesía social que por aquellos años daba sus cole­tazos finales. Dios, que era un tema obsesivo en la poesia es­pañola de aquella época, no aparece, sin embargo, aquí con los trazos convencionales de entonces, sino que su preocupa­ción está minimizada y embe­llecida en un verso desnudo y necesario: “Señor, llorar es bueno /: se llora porque se ama /, y nos hace profundos/el dolor que nos mata”.

Versos auténti­cos y sentenciosos (todo verda­dero poeta es filósofo velado, no se olvide). El sentimiento de nobleza y tolerancia ante ese tema que irrita al poeta en oca­siones tiene, sin embargo, un predominio de lirismo exquisi­to que le da tono a la totalidad del libro. Pero un lirismo fino sin inútiles redundancias ni mimo del tópico. En “Salmo de invierno” hay una lejana reso­nancia de Antonio Machado cuando Manuel Avezuela ex­presa su amor a Castilla. En los alejandrinos blancos de “Entie­rro”, se reafirma la humildad que nos persigue a lo largo de la obra.

La tercera sección está com­puesta de “Siete sonetos del Sur”, de factura clásica por su perfección y moderna por su flexibilidad. Sus títulos: “Bote”, “Poda”, “Gaviota”, “Pisa”, “Atardecer en la bodega”... son bien expresivos de su destina­tario: una nostalgia que llena el corazón del poeta y con cuyas referencias la unidad del libro queda consumada.

En cuanto al lenguaje, nos sorprende que Manuel Avezue­la, alejado de las batallas litera­rias a través de revistas y con­ventículos de café y mafias de amiguetes bien colocados en la estrategia del mundo literario, posea un decir decantado de filigranas de marchamo andaluz sin tópicos. Su verso fluya imponiéndose por su sencillez al lector, tanto en los endecasílabos sobrios como en el arte menor minucioso y delicado. Una Isla refinada y sin lugares comunes se asoma por el tras­fondo del libro, si bien con unos matices sureños generalizado­res soñados desde Hispano­américa, que enriquecen la at­mósfera del poemario y, repito, le dan unidad entre lo que ad­mira y lo que lamenta. Yo diría que Desde lal hierba es un libro de poemas escritos por un an­daluz en la América española desde la que siente nostalgia por el Sur y desde donde tam­bién siente la ira de la proble­mática social que le acredita como poeta y hombre de su tiempo. Una protesta no al uso, sino elegante y al mismo tiem­po humilde y bien hecho, o sea. desde lo esencial humano, desde la misma hierba.

Un libro que pide a voces una nueva edición para que sea cono­cido por los isleños. Un libro que nos quita el sinsabor producido por tanta poesía desmañada con ínfulas de genialidad, que no es en

 

 

 

 

 

 

RESEÑAS- JUGÁNDOSE LA VIDA DE MANUEL AVEZUELA


LIBROS RECUPERADOS
Jugándose la vida

Manuel Avezuela
Fundación Municipal de Cultura
de San Fernando (2004) 105 páginas






Precedido por un prólogo de quien esto suscribe, Jugándose la vida es un conjunto polimétrico de poemas que el autor desenvuelve con un estilo dentro de un realismo mitigado por una sensibilidad luminosa en la que los pormenores biográficos quedan veteados por un fino lirismo.

Dividido en cinco partes: “Juego limpio”, “Juego peligroso”, “Juegos arriesgados”, “Juegos de vida o muerte”, “Viaje de ida...” y “...Y vuelta”, no tiene por qué constituir un poemario coherente en sus partes. En poesía siempre cabe la sorpresa, incluso la contradicción entre sus miembros constitutivos.

En el caso de Manuel Avezuela, como ya comentamos en su libro anterior Desde la hierba, el verso discurre sin inquietudes que lleguen a la zozobra, aunque se trate de un verso que circula por los corredores de la poesía social. El entorno del poeta está como amansado por las aguas de un mar tranquilo: “El mar se pone dulce de naranjas partidas / y la playa es un largo beso crepuscular / mientras el tren recorre la cintura delgada / de la bahía / a cuyo pie la oscura silueta de la ciudad / destaca sobre la gran última página cárdena de la tarde”.

La actitud del poeta es contemplativa en algunos casos como ése, pero ello no impide que en otros momentos exclame: “¡Quiero cantar el poema sangrante / de un pueblo que se ríe de pena y llora de alegría / incomprendido y hecho monumental clown de un circo / por una población insensata de más de treinta millones de celtíberos”. Versos libres entreverados como signo de protesta ante ciertos hechos.

El poeta tiene también palabras de elogio para las tierras hospitalarias como Caracas, con un nombre de amigo: Luis Pastori y un poema en inglés: ”American Bach-Yard”.


A pesar de la lejanía, está presente la nostalgia con el mar del fondo, el mar de la bahía gaditana: “El mar de plata / en esta tarde clara / y el sol limón dormido / sobre el agua y el cielo azul / con sus ovejas blancas...”

Manuel Avezuela aparta la mirada de los deleites descriptivos que le dan serenidad y escucha la voz de dentro como todo poeta auténtico que no se queda en la superficie resplandeciente de las impresiones sensoriales: “Descanse en paz la libertad / a que hemos nacido / los hijos del miedo... / Que nos den a morder un pañuelo / para que podamos ahogar el grito, / la necesidad, la urgencia/ de la palabra noble / que dejó huérfanas familias / enteras de palabras / como justicia, campo, economía.”

Cuando el nervio lírico lo requiere, Avezuela rompe el esquema métrico y no tiene preocupación por el estilo, entendiendo por esto una búsqueda de expresiones inusitadas y sorprendentes.

Este segundo libro del poeta isleño Manuel Avezuela nacido en 1926 y residente en Nueva York, aunque con frecuentes venidas a la Península, nos da una visión más amplia de su temática poética, hasta el punto de pasar de una poesía intimista y paisajística a otra que se hace eco de motivaciones sociales, pero en ambos casos sin perder el norte de la autenticidad.

 

 




LIBROS RECUPERADOS:

Desde la hierba

MANUEL AVEZUELA

Ediciones Abril. Mérida(Venezuela) 1964

  Hacer la reseña de un libro que gusta es un placer inexcusa­ble; más todavía cuando se trata de un autor a quien se conoce y cuya humanidad ya es un aval valioso para creer en el conte­nido del libro en cuestión. Ahora bien, si además el autores isleño y sentimos por ello la connota­ción de su obra, el entusiasmo del reseñista se crece y es en­tonces agradecimiento y grati­tud, más que oficio y colabora­ción.

Desde la hierba es un li­bro de poemas editado en las Ediciones Abril de Caracas (Ve­nezuela) hace casi treinta años. Su autor: un isleño llamado Manuel Avezuela, nacido en 1926, que vivió de niño en Ia calle general Valdés y que hoy reside en Nueva York, disfru­tando una jubilación ~que en ocasiones alterna con Madrid y La Isla.

Recuerdo que en 1964, una tarde de primavera o vera­no, en el patio de los Hermani­tos Real, José Luis Tejada pre­sentó este libro, recupe+

rado hoy de entre tantos otros libros que duermen su glorioso sueño de enmohecida y ya humienta gloria.

El libro es breve -como casi todos los libros de poesía, 53 páginas-pero jugoso. Nos ofre­ce tres partes bien diferencia­das. En la primera «Madruga­da interior> se abre con una dedicatoria a su padre en el gesto conmemorador de partir el pan en la mesa. Todo este apartado está transido de hu­mildad, de visión contemplati­va de la vida con Dios al fondo, nunca exaltado, pero siempre aludido: “Amanece, y ya espe­ras,/ callado siempre, serena­mente / ingrávido y de oro. / En el rocío estás multiplicado / y entero en cada hoja, en cada / hierba que te comulga/sobre su verde lengua diminuta”.

El agua, las salinas “Can­delero de pitas/ horizonte de fuego. / Limones en el agua / quieta de los esteros. /Y un cielo blanco y malva / cuadriculado en ellos”, “el aire puro y el tiempo evaporado”, las vidas pequeñísimas de los insectos, la cal, los jaramagos, el sol y las jazmines, la campiña y las vi­des aparecen difuminados en su verso, en cierto modo, escueto y sin excesos barrocos.

En la segunda sección “Seis textos españoles” el autor nos expresa su malestar ante la in­fluencia todopoderosa del mundo angloyanqui sobre Oc­cidente (recuérdese que el libro está escrito en plena guerra fría) y el atraso de España, a su modo de ver: “Se necesita ser demasiado rostro pálido /para creer que el mundo tiene por eje a U.S.A. /, y Europa vate sólo treinta y tantas monedas”. El dolor del poeta sensibilizado ante las realidades que le ro­dean está bien reflejado en los versos de este apartado en el que el “Llanto y elegía por un pueblo” podría ser una buena muestra de la poesía social que por aquellos años daba sus cole­tazos finales. Dios, que era un tema obsesivo en la poesia es­pañola de aquella época, no aparece, sin embargo, aquí con los trazos convencionales de entonces, sino que su preocupa­ción está minimizada y embe­llecida en un verso desnudo y necesario: “Señor, llorar es bueno /: se llora porque se ama /, y nos hace profundos/el dolor que nos mata”.

Versos auténti­cos y sentenciosos (todo verda­dero poeta es filósofo velado, no se olvide). El sentimiento de nobleza y tolerancia ante ese tema que irrita al poeta en oca­siones tiene, sin embargo, un predominio de lirismo exquisi­to que le da tono a la totalidad del libro. Pero un lirismo fino sin inútiles redundancias ni mimo del tópico. En “Salmo de invierno” hay una lejana reso­nancia de Antonio Machado cuando Manuel Avezuela ex­presa su amor a Castilla. En los alejandrinos blancos de “Entie­rro”, se reafirma la humildad que nos persigue a lo largo de la obra.

La tercera sección está com­puesta de “Siete sonetos del Sur”, de factura clásica por su perfección y moderna por su flexibilidad. Sus títulos: “Bote”, “Poda”, “Gaviota”, “Pisa”, “Atardecer en la bodega”... son bien expresivos de su destina­tario: una nostalgia que llena el corazón del poeta y con cuyas referencias la unidad del libro queda consumada.

En cuanto al lenguaje, nos sorprende que Manuel Avezue­la, alejado de las batallas litera­rias a través de revistas y con­ventículos de café y mafias de amiguetes bien colocados en la estrategia del mundo literario, posea un decir decantado de filigranas de marchamo andaluz sin tópicos. Su verso fluya imponiéndose por su sencillez al lector, tanto en los endecasílabos sobrios como en el arte menor minucioso y delicado. Una Isla refinada y sin lugares comunes se asoma por el tras­fondo del libro, si bien con unos matices sureños generalizado­res soñados desde Hispano­américa, que enriquecen la at­mósfera del poemario y, repito, le dan unidad entre lo que ad­mira y lo que lamenta. Yo diría que Desde lal hierba es un libro de poemas escritos por un an­daluz en la América española desde la que siente nostalgia por el Sur y desde donde tam­bién siente la ira de la proble­mática social que le acredita como poeta   y hombre de su tiempo. Una protesta no al uso, sino elegante y al mismo tiem­po humilde y bien hecho, o sea. desde lo esencial humano, desde la misma hierba.

Un libro que pide a voces una nueva edición para que sea cono­cido por los isleños. Un libro que nos quita el sinsabor producido por tanta poesía desmañada con ínfulas de genialidad, que no es enternecedora hierba sino orgulloso jaramago.

Mis vivencias en el Sahara

 Antonio Brea Pérez

 Editorial Ledoria, 2016

 

Esta nueva edición de Antonio Brea correspondiente a sus experiencias durante el servicio militar en África, comprende unas dedicatorias, un prólogo por el autor de esta reseña y una introducción del autor.

 

En la reseña anterior decíamos con respecto a la  obra Mi Paso por el Sahara: “Los jóvenes que hoy se enrolan en las fuerzas armadas no tienen idea de cómo han pasado la experiencia del servicio militar en determinados destinos quienes antes iban forzosamente. Digo determinados destinos porque algunos eran relativamente fáciles de cumplir, mientras que otros revestían dificultades, incluso riesgos”.

 

 

En este libro hay unas pautas que son puntos cardinales para entender su contenido. Hemos de empezar este periodo de la vida del autor desde la fecha del reclutamiento, con el añadido de la muerte del padre -a quien despide en la estación y no volverá a ver, como no sea de cuerpo presente- y la de un hermano suyo quinceañero unos años antes, pasando por la marcha hacia el Sahara, hasta Smara en concreto, con el buen recuerdo del Teniente Torres; después la llegada a Hausa, donde Antonio Brea tuvo una variopinta experiencia con sus compañeros entre compartir el rigor del régimen militar en aquella zona, el calor insoportable, las deficiencias en las instalaciones y en la alimentación, hasta la convivencia normal con esos compañeros, alguna que otra copa circunstancial, misa y coro incluidos, luego el capítulo del regreso, en que se cambió el panorama del desierto por el del océano, con la angustia de no encontrar salvavidas, según la orden del Capitán -por si acaso- debido a la proximidad de un barco no identificado.

Hemos de tener en cuenta las siguientes palabras del autor en su Introducción:”Tengo que decir, no obstante, que mi autoestima se crece las veces, que no son pocas, que a mi menoría vienen aquellos momentos, y siento  dentro de mí una gran satisfacción de haber cumplido en esa etapa de la dictadura militar en la que en aquellos años de miseria y hambre vivía…”

 

Esta nueva edición cuenta con matices incorporados que le dan a lo  narrado un sentido de más madurez en la trasmisión de cara al lector interesado en estos temas por los que han pasado tantos hombres en nuestros país que hoy cuentan con un poco más del medio siglo de vida. Hemos de aludir al capítulo III en que se incluye una historia de amor cuando el autor-protagonista estuvo en un destacamento de Smara.También se describe aquí las nada agradables condiciones de vida de los soldados, En cuanto al episodio amoroso dice el autor: “La imagen de Zaina estuvo conmigo mucho tiempo, a veces la recordaba con tristeza y otras con alegría de haber conocido el amor en un lugar llamado Smara”.

 

 Hemos de citar unas palabras del autor en su introducción como si fueran definitivas de su estancia en el Sahara:”La labor que hicimos mis compañeros y yo no se podría pagar con todo el oro de este mundo, pero, como he comentado, todo quedó en el más eterno de los olvidos.

 

“Sin  embargo, cumplimos una misión muy importante en la historia de España, tal como antes he mencionado, durante el servicio militar, que, como ya he dicho, era obligatorio”.

Parece que estas palabras  son piedra de toque de una reivindicación de experiencias poco comunes dentro del concepto de servicio militar. El autor queda satisfecho con estos dos libros en los queda estampada una época de su vida que ha pasado en el tiempo, pero no en la memoria de los hombres cuando lean estos dos los libros de Antonio Brea: Mi paso por el Sahara y Mis vivencias en el Sahara.

Se ha de añadir que el formato del libro, publicado por Editorial Ledoria, le da un atractivo formato.

 

La soledad del héroe

 Ramón Luque Sánchez

Club de Letras UCA, 2016

 Poemario compuesto por treinta y cinco poemas. Lleva en su frontispicio una cita de Claudio Rodríguez, un prólogo de José Antonio Hernández Guerrero y una dedicatoria por parte del autor a su madre, esposa e hijas.

 

Antes de hablar sobre este libro hemos de recordar otro del autor al que se hizo la reseña en su día y que marca en su trayectoria poética un tramo a tener en cuenta como es Remansos en el tiempo, un conjunto de poemas que reúne dos condiciones para ser considerado recomendable para su lectura: contenido valioso por sus vivencias humanas y su lenguaje que no se resigna a repetir el pasado desde el punto de vista de su registro, en el que quedamos sorprendidos por sus recursos expresivos.

 

Pero en este poemario que comentamos ahora la actitud del poeta es bien distinta, su preocupación es radicalmente temática. ¿Qué se quiere decir con esto? Que los sentimientos  están a flor de página y son ellos los que determinan el lenguaje, el registro poético que campea a lo largo de los poemas como si todos ellos coadyuvaran a formar un mensaje de la experiencia de cada día; así pues, la madre, la soledad, concierto callejero,  cuando la vida aprieta, sed, pesadilla, palabras por la paz, nunca saben los hijos, el hijo del tallero…, son títulos que dan una idea somera de que el poeta quiere comunicarnos experiencias propias, inmediatas, que balbucen en su intimidad un necesario cauce de salida para sus vivencias más profundas. La presencia del hogar como punto de partida de una historia que se prolonga en la vida diaria, con la añadidura de la esposa y las hijas es como un recorrido por los años hasta llegar a la cumbre de la propia biografía, como bien dice el profesor José Antonio Hernández Guerrero en las palabras prologales:”Versos que descubren la verdad secreta de nuestras vidas compartidas”. Este  libro no se orienta hacia la búsqueda de una expresividad que pueda sorprender al lector , como en el otro libro aludido, sino que responde a la emoción de hallazgos más experienciales que estilísticos. Ahora bien, estas vidas compartidas no anulan la soledad del poeta, que es historiador intimista de cuanto le rodea; mientras que para el hombre común vivir es pasar los días sin llenarlos de trascendencia, para el solitario que recoge la red de su vivir cotidiano, la pesca es siempre abundante y también compleja en sus matices.

 

Como unos seis sonetos, un poema en verso de arte menor y los más en versos blancos con unas separaciones de palabras dentro del verso, técnica muy  de las vanguardias, este poemario fluye como un río de poesía que podríamos considerar dentro de la generación de la llamada experiencia, que floreció a partir de los años ochenta, como una réplica a la poesía desmarcada de los sentimientos propia de los Postnovísimos. Precisamente esa es la médula de esta poesía que nos ofrece Ramón Luque en esta nueva entrega, de la que se expone el siguiente poema como representativo del poemario y cuyo contenido es tan lírico como épìco, si por épico entendemos también un canto al sentir  universal en el reverso del individualismo lírico:

 

                       Cada día

 

   cada día la vida pide un muerto

   como el mar pide un barco y los cielos su nube

   cada día rezamos un rosario

   y pedimos limosna a un mendigo

   o arrojamos a un dios de sus misterios

   cada día una mano recoge nuestras lágrimas

   para luego arrojarlas al fuego de la ira

   chisporrotea el viento por tanta calentura

  cada día perdemos un cuaderno

  y más tarde escribimos con el dedo en el aire

  cada día matamos           cada día morimos

  cada día marchamos hacia ninguna parte

  cada día la luz nos regala un milagro

  el desierto una cruz    y la noche un enigma

  cada día caemos             cada día creemos

  que este mundo es el otro que en silencio soñamos