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RESEÑAS III

 EL DESVÁN DE LA MEMORIA

  Mª Carmen Rodríguez López

  EL BOLETÍN (2914)

  El Puerto de Santa María

 Precedido de pensamientos de autores clásicos, una introducción de la autora, un prólogo del profesor de Teoría Literaria de la Universidad de Cádiz José Antonio Hernández Guerrero y un capítulo de agradecimientos de la misma autora, así como unas dedicatorias, los pensamientos se van sucediendo en un primer bloque de 600, en forma de dos líneas, una segunda parte titulada “El tiempo entre mis manos” y otra final que lleva por título “Otros pensamientos más extensos”.Tanto en Occidente como en Oriente, la tradición aforística ha tenido autores renombrados, desde Lao—Tzé y Confucio en China, hasta los Presocráticos en Grecia y Séneca en Roma, si nos atenemos nada más que al mundo clásico. No es nada fácil condensar en dos o tres líneas una idea que ha de tener una aquiescencia universal, y es que no hay pensamientos con marchamo de aforismo que sea subjetivo, sino, todo lo contrario, ha de presentar una validez que convenza a todos los individuos, incluso de civilizaciones distintas, incluso a gentes de diferentes épocas. Para ello la literatura gnómica se vale de la concisión. La economía verbal ha de ser rigurosa. Un pensamiento largo puede parecer que traspone el límite de lo preciso y entonces no satisface al buen degustador de la sentencia; de ahí que la justeza sea la divisa de ese género literario colindante con la filosofía, pero no confundido con él.

Si nos preguntamos sobre qué temas versan los pensamientos de la autora de El desván de la memoria, diríamos que sobre la índole humana, que es también un campo abonado para ese tipo de discurrir por medio de la palabra:

Dicen que la vida es muy injusta,

pero es el hombre quien no hace justicia en ella.

El único derecho humano que se cumple:

el que todo hombre tiene a expresar sus lágrimas.

Sé feliz mientras puedas,

que las desgracias nunca llaman a la puerta.

Los peores momentos de la vida

son los que nos vuelven más humanos.

Sufrir por lo que no se puede evitar,

hace que la vida sea doblemente dura.

La vida suele ser el fruto

de lo que sembramos en el pasado.

Hay que valorar a las personas por lo mejor que tienen; 

así cerraremos los ojos a lo que les falta.

La vida se divide entre el bien y el mal:

el amor y la destrucción van siempre juntos.

No hay nada más hermoso que la sonrisa

de un niño; pero cuando crece y sigue viéndolo

hay que ponerle freno a la inocencia.

 He aquí una muestra de esos pensamientos que hablan de la sensibilidad de la autora y, como dice el profesor Hernández Guerrero, es “Una amable invitación para que reflexionemos serenamente sobre nuestro mundo…”. De hecho, María del Carmen Rodríguez no hace otra cosa que trasladar a la palabra sus reflexiones acerca de la índole  humana tanto en el orden social como en el íntimo, concibiendo el libro, como dice el profesor Hernández Guerrero, bajo la forma literaria de un “cuaderno de notas donde se recogen observaciones y bocetos sobre temas muy diversos”, recordando los consejos, a modo de proverbios, de Antonio Machado, como recuerda el citado profesor y que ella sintetiza así:

 

           No huyas del fuego que te que
           y te escondas en la solidaridad con otros
          Pon primero en orden la hoguera de tu casa.

El desván de la memoria es un libro que nos despierta pensamientos propios que quizás olvidamos en el tumulto de las cosas diarias. Y con repensarlos nos da la posibilidad de meditar sobre sus motivos, tan de la vida de cada día. La autora condensa en estos pensamientos una jugosa experiencia de la vida que la mayoría de la gente descuida y muy pocos son los que hacen honor a esa experiencia y la visten de gala con una escritura sencilla y a la vez profunda como ésta. Sus compañeras y compañeros de la tertulia Río Arillo nos sentimos dichosos de que una de sus miembros deje a los que leyeren esta riqueza de sensibilidad  enriquecida por la experiencia en forma de lenguaje.

LA MESA ITALIANA

 Víctor Jiménez

Renacimiento, Sevilla, 2015

 Me llega una nueva entrega del poeta sevillano Víctor Jiménez (n. 1957), editada por la editorial sevillana Renacimiento. El libro comienza con una introducción de Juan Lamillar, se inicia con un soneto, a modo de presentación de lo que se va a desarrollar y luego sigue con cuatro partes, la última rematada con unas dedicatorias. El poeta explica el título de mesa italiana: “Una mesa italiana es, en teatro y por extensión cine y televisión, una lectura conjunta con todo el reparto de un guión”.

En otras ocasiones hemos comentado en esta misma columna otros libros de poesía del mismo autor, tales como Taberna inglesa, El tiempo entre los labios y Al pie de la letra.

En todos ellos, con ligeras diferencias en los temas, hemos considerado una polimetría en los poemas —sonetos con endecasílabos y otros sonetos de arte menor, endecasílabos blancos y algún poema asonantado, así como versos alejandrinos— y una experiencia vital, incluso de cada día en sus contenidos. Ya en el primer poema —un soneto— el autor explica lo del reparto como un simbolismo de la vida:”He aquí, por fin, sentados los actores/contigo alrededor de la gran mesa./Todos con un papel en su alma impresa./Presentes todos aunque los valores,/los atiendas sin más o los ignores./El niño aquel con cara de sorpresa,/el muchacho y la joven que lo besa/por vez primera aquellos desamores,/el hombre de hoy, su sombra de mañana/la mujer que lo espera en la ventana/y aquella otra que emprendió la huida./Sólo el reparto, apenas  unos pocos,/para leer, sin cámara ni fotos,/el guión inacabado de la vida”.

Se puede decir que, a partir de este soneto, se van desovillando las circunstancias de la vida. La poesía de la experiencia tiene aquí un predio de emociones registradas tanto en la casa como en la calle. Ya lo anuncia Juan lamillar en el prólogo, que el libro es como “un documental poético, que parte de un tiempo, la infancia, y de un lugar, el barrio sevillano, ya perdidos en la niebla: juegos, costumbres, imágenes veneradas, vecinos que tuvieron que marcharse…”

El poeta es, pues, un testigo de la vida que lo circunda con la caravana que pasa, como diría Rubén Darío. Un testigo del dolor y la alegría de los demás, a veces por encima de su propia experiencia como ciudadano; experiencia diaria que no por ello cae en lo narrativo, sino que está aireado con un aliento de metapoesía, de una atmósfera de autenticidad que es propia de un poeta maduro como se observa en el poema “Otoño tardío”, en verso alejandrino asonantado con la misma rima o-o, con cierta resonancia de poema épico: “Hoy se ha puesto diciembre, oscuro y misterioso,/para esquivar la sombra que viene por nosotros/y ponerse a resguardo de este frío tan hondo/ a la lumbre de un cuerpo deseado y hermoso./Y pararse a mirar, serenamente, cómo/ resplandece la vida  a la luz de unos ojos”.

 A pesar del cruce de circunstancias desfavorables de la vida, el guión es inevitable hasta el punto de que son todos los actores uno mismo o, como dice Juan Lamillar “escuchar el guión de nuestra vida mirando expectantes al director a ver cómo va a repartir los papeles de la película”.

Felicitamos al poeta sevillano por esta nueva entrega en la que la poesía de la experiencia —al fin y al cabo, la que subyace siempre victoriosa debajo de todas las modas— continúa la tradición poética como un eslabón de lo que permanece a fuerza de sinceridad.

 

 

 

  EL  ÍDOLO,  UNA PUBLICACIÓN EFÍMERA

 

       A la memoria de Antonio G.M. y Germán C. R., siempre en mis referencias acerca de las inquietudes literarias de aquellos años de mis comienzos. Con gratitud y afecto.

Allá por el año 1964, Antonio González Muñoz y Germán Caos Roldán ponen en movimiento en La Isla de San Fernando una incipiente colección de libros de relatos y poesía de autores isleños. La colección se llamaba Dos Amigos, en un formato de 15 x 12,5, con una típica cañaílla en la portada, que es obra, como el logotipo, de Luis Cano Trigo.

La edición se hacía gracias al apoyo del ayuntamiento de esta ciudad y al visto bueno de la Real Academia de San Romualdo. En la contraportada del segundo número se anunciaba dos futuras publicaciones.

La primera entrega El ídolo, de Antonio González Muñoz, es de un solo relato, pero lleva un prólogo del autor en el que pone de manifiesto las dificultades de publicación en las grandes editoriales y las inquietudes de aquél para llevar a cabo una empresa que con los medios de entonces se podía considerar heroica. En dicho prólogo se alienta también a los escritores isleños  en la esperanza de que las ediciones se sucedan. Una tercera estaba anunciada con el título de Canto al mar y otros poemas, de Gabriel González Camoyano y la cuarta, Naciente herida, de Juan Mena, ambas previstas para 1965.

Pero no fue así. Una vez publicada la segunda entrega titulada Cuatro cuentos de hombre, de Germán Caos, la colección fenecía, ya que no pudo autofinanciarse el tercer número con la venta del segundo. Con ello desaparecía la posibilidad —insólita posibilidad— de que los demás escritores que aguardaban turno viesen realizado ese sueño verdaderamente mágico de ver editados sus trabajos literarios.

Hoy, a los cincuenta años de aquel embrión editorial, de aquel fausto nacimiento y de la prematura muerte de tan preciosa criatura, la Colección Dos Amigos, quitado el polvo del tiempo de sobre sus portadas, como acontece con todo libro, es evocada en esta columna como un hermoso intento de sobrenadar en unas aguas que nunca han sido favorables para los asuntos de la imaginación (en La Isla y en muchas partes más).

Sin embargo, hay que reconocer ese espíritu de emprendimiento de Antonio González y Germán Caos y el apoyo del ayuntamiento de entonces. Cuando se haga la historia de las publicaciones en San Fernando no hay que olvidar que la Colección Dos Amigos, con una cañaílla de sobrios trazos en la portada y un digno contenido literario, tiene un lugar meritorio, a pesar de su modesta factura, debido, sobre todo, a un anhelo de plantar en la tierra cultural de nuestro pueblo un árbol de inquietudes e ilusiones que hubiese crecido y expansionado sus brazos igual que una araucaria.   

 

BREVE SEMBLANZA

ANTONIO GONZÁLEZ MUÑOZ (1936-2000) fue maestro nacional y desde muy joven tuvo inquietudes literarias que se concretaron en la iniciativa de la Colección Dos amigos, fundada con Germán Caos R.,  sufragada por el ayuntamiento de San Fernando en 1964. En ella editó su relato El ídolo.

En Conil de la Frontera fundó la Librería y editorial La Cañaílla, que durante algunos años regentó hasta su traslado profesional a Cádiz. El que suscribe estas líneas entró a principios de los sesenta en el mundo de la lectura de la poesía gracias a su generosa biblioteca cuando Antonio, de soltero aún, vivía en la isleña calle Velázquez, dentro del barrio de la Iglesia Mayor.

 

FLUENCIA & DESPEDIDA

Ricardo Bermejo Álvarez

XX Premio de Poesía Ayuntamiento de Rincón de la Victoria. Málaga 2013

Traer a la página los méritos felizmente reconocidos con importantes premios de Ricardo Bermejo sería ocioso. Para ello tenemos las entradas de internet, que nos los muestran. Por lo contrario, hemos de situar su poesía en un determinado contexto histórico generacional y, a partir de ahí, señalar unas valoraciones.

Por fecha de nacimiento (Fuente de Cantos, Badajoz, 1961) se ha de situar al poeta en la llamada generación de los Postnovísimos, suponiendo que él acepte tal encasillamiento cronológico. Pero, aunque se muestre reacio a aceptarlo, se ha de tener en cuenta los siguientes supuestos.

Los Novísimos rompieron con  la poesía social y con el lema de Celaya concerniente a que la poesía es un arma cargada de futuro. Esta ruptura y la vista vuelta hacia patrones más allá de la tradición española, abrieron los horizontes de la poesía española y la enriquecieron sin  duda. Pero uno de esos filones estaba en un pedazo de oro lingüístico consistente en el lenguaje poético. Ahora bien, no olvidemos que ese anhelo de oxigenar el verso y sacarlo de sus frases hechas ya tenía un antecedente en el Postismo de Ory y Chicharro y la poesía temprana de Ángel García López, por poner un ejemplo, a quien la crítica insertó en la llamada “Generación del lenguaje”. Los Novísimos intensificaron esta vía de escape a la imaginación y que su conjunto de nuevos mitos no se parezca en nada—a ser posible— con las referencias de los poetas de pasadas generaciones, obsesionadas con el tema, con el significado, como diría Dámaso Alonso, por oposición al significante. No importa ahora que se sucedan las disputas —Villena, Tusón, Debicki, García Martín, por poner ejemplos— sobre si los Postnovísimos se desmarcaron de la poesía abierta a lo extranjero de los Novísimos y retornaron a lo tradicional, más o menos mitigado, y al intimismo. Pero ni unos ni otros han mostrado una especial preocupación por el lenguaje poético, entendiendo por esto huir de las expresiones, si no redichas, sí irrelevantes o planas, empeñadas en describir o narrar experiencias tampoco nada seductoras.

 ¿Por qué esta larga introducción? Porque Ricardo Bermejo ha sido un digno heredero tanto de la tradición como del despegue del lenguaje poético hacia rasgos extrañadores que hacen que su poesía sea “diferente” dentro de su marco generacional. Pero todo ello sin pretensión de crearse “un estilo”. Es decir, desde sus primeros libros fue consciente de que el lenguaje poético nada tiene que ver con los supuestos ideológicos de una generación. Sin embargo, me resulta doloroso decir que ni Novísimos ni Postnovísimos caben en la definición de la poesía que dijo Leconte de Lisle: “Sólo hay poesía en el deseo de lo imposible y en el dolor de lo irreparable.” Sólo entran en el alma del lector aquellos poemas que son universales, que implican a quienes los leen por su afinidad de experiencia. Lo demás, pasa al olvido, al borrado del disco duro de la memoria literaria.

 Pero vayamos al libro que nos concierne ahora. fluencia & despedida ha sido XXI Premio de Poesía Ayuntamiento Rincón de la Victoria, Málaga, 2013.El poemario consta de dieciséis poemas y precisamente el penúltimo le da título al conjunto. Decíamos al principio que entraba en la valoración de un libro insertarlo en una tendencia o bien en un marco generacional.

 En este poemario, como en otros suyos anteriores, el autor se ha echado un pulso con el lenguaje poético y logra crearse un idiolecto donde está presente la transgresión del verso que en otros poetas es todavía cartesiano y dentro de una lógica que no pasa de lo convencional. Bermejo procura, como propugna el estilista ruso Shklovski, que el verso pase del automatismo a una lectura sorprendente; del desgaste semántico, a la frescura de motivaciones. Escribir poesía para él no es repetir los modelos (en este caso de los Postnovísimos más encopetados por la crítica), sino que sale campo a traviesa de la expresividad y nos sugiere caminos  nuevos en la invención poética en cuanto a lenguaje se refiere. Vemos estos versos de “Singladuras sonámbulas”: “La sal del horizonte —contra los acantilados del límite/o abrazada a la orilla donde transbordan las distancias/ las distintas materias de su bagaje idéntico—/hizo que el mar partiera con sed hacia el instante/de recibir un sueño su transfusión de estrellas/ […] Y ahora este cielo a pique con su añilado abismo itinerante; ahora este polizón que burbujea en la memoria/dándose un aire a mí, mientras espero el silbo/ de las vulneraciones y el ademán recóndito,/con que lunas y olas reanudan su viaje./ Nómada imaginario mi corazón —en pos de mis asuntos— cuenta estrellas y sílabas, mide el silencio de la luz./Y no es tarde ni en vano soñar y ser aquí,/ vislumbrar y decir el fulgor y el estrépito,/el naufragio y el frío, la intemperie y las vértebras…”

 En cuanto al contenido del poemario como tema, tratándose de poesía, no podemos abordarlo como si fuera una novela. Un libro de poemas no persigue una unidad temática. Sino que es un conjunto de poemas que se van sucediendo en los que el poeta valora experiencias aisladas con un común denominador: darles forma verbal a los fantasmas de su conciencia que van y vienen por el firmamento de su imaginación como meteoros. La crítica a un libro de poemas no es fácil, más aún si, como en el caso de Ricardo Bermejo, su idiolecto transgresor pone a prueba la madurez de los lectores de poesía en cuanto a lenguaje se refiere.Como en otros libros del poeta extremeño afincado en la Isla de San Fernando, hemos concluir confirmando lo que dije más arriba,  que su verso crea, además de contar, y que los premios que se le han concedido no obedecen a un buen azar, sino a un buen hacer, entendiendo por esto, que tal vez sin haber leído a Vixtor Shklovski. (“El arte es un medio de experimentar el devenir del objeto: lo que ya está “realizado” no interesa para el arte".), él logra darle al verso una frescura semántica que en los poetas de su generación está ausente: “Van a dar en la voz/las encendidas sombras del poema,/el hielo en llamas con que la memoria/contamina los puros/silencio de los pozos/ni artesianos ni ciegos de la sed.” 

DESDE MI LADO HUMANO

Carmen Navarrete

Publicaciones del Sur, 2015

 

Gustavo Adolfo Bécquer hacía un comentario de la poesía distinguiendo una clase de poesía de otra que describía así. “Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre…”

Creo que ésa es la poesía que tengo ante mis ojos, contenida que está en el nuevo libro de poemas editado por Carmen Navarrete y aparecido en Publicaciones del Sur. Su título es ya de por sí muy sugerente: Desde mi lado humano.

Versos desnudos, ligeros como sigilosos meandros que recorriesen las páginas deteniendo al lector en sus sugerencias, ya que es una poesía que sugiere más que explica:“Déjame que en ti me busque,/que en ti me crezca, que en ti me nombre”. Los poemas más extensos también piden del lector una colaboración, no para ser entendidos, sino para ser participados:”he salido a la luz que da la vida,/me ha despeinado el aire,/me he pintado la frente/con el color azul que abre el mundo./Y como un cisne, al fondo de un estanque,/sólo he visto magnolias de silencio”.

La autora entremete versos medidos con versos libres como si con ello compaginara el respeto a la realidad con la imaginación que libera por medio de expresiones surrealistas sin  llegar a la estridencia de las imágenes.

Compuesto por sesenta y ocho breves poemas y prologado por el poeta y profesor Ramón Luque Sánchez, esta entrega de Carmen Navarrete, la tercera de la autora junto con Razón de ser y Pasito a pasito, es una prueba de su madurez poética.

Como dice el prologuista, que hace un estudio del libro a manera de lúcida disección y lo resume con estas palabras:”…configura así un poemario cambiante y pródigo de sensaciones, y sólo con el objetivo de enfrentarnos a nuestro propio desasosiego y arrojar luz sobre él”.  Juicio que yo hago mío y que nos revela la dimensión de un alma transparente a través de la cual vemos un ir y venir de la propia conciencia al mundo del entorno dándonos lo mejor de su experiencia humana, como nos refleja en estos versos del poema “Calle porque la noche me persigue”:

 

Callo porque la noche me persigue,
porque los sueños se alimentan de otros sueños
y porque es el silencio el que me duele.
Sólo hay que despertar por la mañana
Con la esperanza puesta.
 
Desde la soladad.
Desde la soledad oigo a los pájaros

y ese sonido lento de las voces,
en el ir y el venir por la morada tarde,
donde la muerte espera
allá donde el silencio.


Taciturnos y suaves fluyen los versos de este poemario de Carmen Navarrete con una madurez humana que ya había arrancado en Razón de ser. Como dice Ramón Luque, “Su subconsciente se manifiesta a través de un bucólico entramado de sensaciones que buscan mostrar las heridas de nuestra sociedad”:

 


ANTOLOGÍA SOBRE RAFAEL ALBERTI

Fundación El Monte y Consejería de Educación (1999)

Enrique Montiel

Con el título de Poesía e Historia. Antología, nuestro paisano el escritor Enrique Montiel ha editado con introducción y selección propias un nuevo florilegio -como decían los antólogos del Siglo de Oro- del poeta portuense.

Mientras que en otras ediciones, otros estudiosos han procedido a la vieja usanza del análisis literario minucioso y profesoral con notas al pie de página, Enrique Montiel ha preferido un peregrinaje por la vida del poeta, tan movida después de la guerra civil, destacando con esa andadura la aparición de cada uno de esa treinta de libros poéticos (deja al margen el resto de la obra albertiana, aunque da fe de ella en la introducción) desde Marinero en Tierra, conseguía, mano a mano con Gerardo Diego, el Premio Nacional de Literatura en 1925, con jurado en el que figura, entre otros, Antonio Machado.

Pero vayamos al estilo de entrar Enrique Montiel en este trabajo. Decíamos que los antólogos suelen ser hombres fríos a la hora de seleccionar con muchas reservas los poemas de quienes va a incluir, con un estudio pormenorizado, en una antología. En el caso de un solo poeta la tarea es más fácil aparentemente.

Enrique Montiel se ha desentendido, aunque no menospreciado, de todo el aparato filológico que conlleva semejante quehacer literaria. Con olfato poético infalible y emocional, el introductor ha elegido aquellos poemas que mejor identifican al Alberti que ya conocemos y que por medio de esta obra de nuevo se nos presenta, gracias a la Junta de Andalucía, Consejería de Educación y Ciencia en colaboración con la Fundación El Monte.


A LA IZQUIERDA DEL PADRE

José Carlos Fernández Moreno

Grupo Publicaciones del Sur, 1999

San Fernando (Cádiz)

En agosto de 1994 José Carlos Fernández presentaba su primera novela, Clase media, con prólogo de Manuel Barrios y editada por Ispren, que tuvo una cálida y multitudinaria acogida por parte del público; concretamente, su puesta en conocimiento público en el Castillo de San Romualdo fue un éxito inolvidable, estando a cargo de dicha presentación el poeta de Arcos Antonio Hernández.

En la reseña a la mencionada novela, el autor de estas líneas le daba la bienvenida como entrega prometedora de futuras y, lógicamente, por razones de oficio, más granadas creaciones de este subgénero -el más difícil y retador hoy en Literatura- que llamamos novela.

Hoy, cinco años después, la futura entrega se cumple con otra novela, A la izquierda del padre. Mientras que en la primera es un barrio el protagonista, en la segunda son unos personajes, concretamente Ramón Alcántara y Su hija Tobala, como los más relevantes. Clase media está ambientada en La Isla y la otra en Cádiz; aquélla es lineal en el tiempo y ésta emplea la técnica narrativa del flash-back o Salto atrás, es decir, que el autor arranca su relato desde el presente pero se desplaza al pasado con frecuentes evocaciones; en ambas novelas la actitud del narrador es omnisciente, o sea maneja a los personajes y conoce todo el devenir de los hechos, procedimiento éste muy tradicional, así como el color del lenguaje: un voluntario entintamiento social, muy propio. sin embargo, de la novela de los cincuenta, en que el realismo no permite el triunfo de las improntas sensoriales.

Así pues José Carlos Fernández, en esta segunda novela trabaja con dos elementos que corresponden a dos generaciones de narradores; con la narración objetiva es fiel a los narradores de la novela impregnada de una atmósfera de lo social; con el retroceso en el tiempo desde un presente analítico entra en uno de los procedimientos llamados de la literatura de vanguardia, si bien, cuando leemos detenidamente A la izquierda del padre observamos que el narrador se codea en ocasiones con el protagonista indudable de la obra -Ramón Alcántara- y amenaza con robarle relevancia, pero no ocurre así afortunadamente, ya que Ramón, el padre de Josela y Tobala, tiene una presencia poderosa que se impone al esfuerzo del narrador por presentarnos las dimensiones del mundo en que se mueven los personajes.

Es mérito indiscutible el del autor, que en Ramón Alcántara ha conseguido una pintura que no puede pasar desapercibida al lector como la del otro personaje destacado de la novela, Tobala; uno y otra atraen el interés desde el principio y logran, juntamente con el recurso del suspense acerca de quién será el novio que tiene que venir a desposar a Tobala en la iglesia de San Francisco; este aspecto, hábilmente conducido, dota a la narración de una como pesquisa policíaca en un tramo final que como un círculo se cierra entre el principio y el fin de una novela en la que Cádiz, el Cádiz de entre los años diez y cuarenta aparece como telón de fondo y con un involuntario trazo socio político. Mientras que en la primera novela, como ya la expusimos, el autor consigue aglutinar en un variado fresco las incidencias de un barrio, en esta segunda salta a la vista la pintura de personajes, el retrato, sobre todo de Ramón Alcántara, verdadero hilo conductor de lo que en otra época se llamaba el argumento. José Carlos Fernández da un paso adelante en su experiencia narrativa y logra retener la atención del lector menudeando en la complicada psicología del protagonista de su obra y con él su retorno humano y urbano, a partir de una situación expectante, como es la de una novia con su padre en la puerta de una iglesia esperando al novio, imagen que también ha reproducido Alfonso Berraquero en la portada del libro, que a su vez es muestra del buen quehacer editorial de imprenta La Isla.

Aunque
el público lector isleño no se pueda identificar con ella como ocurrió con Clase media, debido a su ubicación en el barrio de La Pastora, A la izquierda del padre ofrece el logro del diseño de unos personajes, valor esencial, a mi entender, de esta novela, y que como el retrato en pintura es un reto para todo narrador. Reto que José Carlos Fernández ha superado, sin duda.


DIOS ENTRE MIS MANOS

Antonio Bocanegra

Editorial Monte Carmelo

Burgos, 2015

 

Antonio Bocanegra, además de haber sido docente universitario de lengua inglesa, y antes catedrático de Filología Moderna en un instituto y doctor en su especialidad, también ha tenido tiempo para dar a luz de la imprenta varios libros de poesía, tales como Ronda y los poemas de súbita invasión (1980), Lógica de nieblas (1982), Premio Diputación de Granada, Ficciones de coplas de amor y mar(1997), así como otras obras en prosa como El testamento de Sara Cárdenas, premiado en la Feria del Libro de San Fernando en 2000, y Juan Ramón Jiménez y yo. Memoria y Ensoñaciones de un burrito, galardonado con el Premio Fundación Montero Galvache, además de contar con varias obras aún inéditas.

 
Prologado por Rocío Fernández Berrocal y precedido por una cita de Juan Ramón Jiménez y otra  de Carlos Murciano,
Dios entre mis manos es un poemario de tema religioso y de estructura polimétrica tratado con un sentimiento lírico que revela una evidente sinceridad. Consta de dos partes no muy diferenciadas pero sí afines en sus objetivos literarios. En la primera se suceden los poemas en los que el poeta habla con Dios en un monodiálogo que incluye el drama del ateísmo, las quejas, la ausencia y las presencias de Dios, la acción de gracias, el famoso silencio de Dios tan llevado y traído en la literatura existencialista de signo cristiano…

 En la segunda parte, los poemas son más variados. Incluye, lo mismo poemas de tono navideño que otros dedicados a advocaciones marianas y al Cristo del Perdón y al Ecce-Homo, en concreto.

En cuanto a la forma, vemos que el autor alterna las formas métricas de arte mayor, como el soneto, con otras de arte menor y mezcla de versos endecasílabos con heptasílabos, así como otros poemas no necesariamente clasificables que se ajustan a la intención de una temática popular rayana en la Navidad. 

El estilo de este poemario responde a un registro tradicional en cuanto a sus recursos. De hecho, la poesía religiosa no tiene otro tratamiento que el que el poeta le da aquí en una alternativa de versos rimados y versos blancos:

 

   Enséñame, Señor, la esencia, la verdad,
   la dimensión exacta
   del hombre y de las cosas
   de este mundo, de todo cuanto alienta
   la verdad donde esté,
   el mal donde se oculte,
   la tentación donde se esconda,
   así podré evitarla…
 

Imposible —e insincero— el estilo surrealista ni  la búsqueda de la expresividad cabrían en este texto, ya que la poesía de este tema requiere un lenguaje directo, como lo hizo Blas de Otero, si bien en el poeta vasco hay un tono rebelde de vez en cuando que rompe con la poesía latréutica de los poetas de postguerra a la que sirvieron otros poetas de esas generación como Luis Felipe Vivancos, Rafael Sánchez Mazas, Leopoldo Panero, Luis Rosales, José Luis Hidalgo, Bartolomé Llorens…

 

Como dice la prologuista Rocío Fernández Berrocal, la plegaria de Antonio Bocanegra brota como un manantial puro y sereno. En efecto, no hay estridencia en la conversación íntima del poeta y Dios, sino afectiva.

 

Concluyamos diciendo que el poeta nos ofrece esta poesía religiosa en una época en la que este tema no abunda pero no por ello se ha de obviar, más aún cuando el poeta nos confiesa su fe en versos que responden con un trabajo bien hecho a la experiencia íntima insoslayable, a pesar de los tiempos vueltos de espaldas a lo trascendente. Vivencia religiosa  sincera, pensamientos profundos y un trabajo literario bien hecho es lo que sintetiza un texto con un título que parece una hipérbole pero que es una paradoja: ¿Un Dios que cabe entre las manos del hombre?  Las manos, por no decir el corazón. 

 

 A LA VIRGEN DE LOS DESAMPARADOS

 

Hay un tierno silencio en torno mío. El alma, breve llama temblorosa,
se siente frágil flor, naciente rosa
en negra oscuridad, creciente frío.
 
Siente duda, inquietud, siente un vacío
que acrecienta la tarde sigilosa.
Con la noche que llega presurosa
las sombras darán paso al desvarío.
 
Mas contemplo Tu rostro, faz ardiente,
mirando con dulzor, con luz de cielo,
y mis ojos se quedan sosegados.
 
Cendal de amparos y de alivios fuente,
altar de mis dolencias y consuelo,
Madre y Virgen de los Desamparados.
 

PERVERSIFICACIONES

Ángel García López

Colección Melibea, Madrid, 1990

 

Galardonado con el Premio de Poesía Melibea, este poemario amoroso del poeta roteño, se nos presenta como una unidad relativamente compacta en la forma: hay un predominio de versos endecasílabos blancos–muchos de ellos perfectamente trabajados, cincelados, como dice la terminología de la preceptiva, escasos alejandrinos, cuartetos y serventesios sueltos y un soneto final. Conocida es la devoción que el poeta siente por la forma bien hecha ya como creador, ya como profesor  de Literatura, y que se palpa en toda su obra poética, recogida en dos tomos en Torre Marique Publicaciones. Madrid, 1988. Con este libro consiguió el Premio Rafael Morales, uno de los  muchos conseguidos por el autor y que acreditan su consideración en la poesía española actual.

 

Nacido en 1935, se le incardina en la segunda generación de postguerra (1955-1970). En ella, frente a poetas más endeudados con la poesía social precedente y alineados con otros que representan el llamado realismo crítico, García López “es una cascada discurriendo en medio de cauces de rara perfección”, dice Florencio Martínez Ruiz. Por los valores cromáticos, que no coloristas,  y serenamente descriptivos de su verso, enriquecido con un fondo lírico de limpia contención,  su poesçia es un claro antecedente de la búsqueda en las potencialidades del lenguaje que vino después con el fluir mayoritario de “Novísimos”, “Culturalistas” y “Neobarrocos”.

 

Perversificaciones tiene una intención lúdica que bascula más hacia el fondo que a la forma. Su tema es estrictamente amoroso, cuerda que ya había tocado el poeta en libros suyos anteriores. Pero, en este caso, imaginamos como una autobiografía ficticia al estilo del Arcipreste de Hita, el poeta canta el amor de manera desenfadada y desenvuelta, muy lejos del petrarquismo y más próximo al erotismo actual, pues ello se evidencia en alusiones y recursos tales como ”va la tarde muriéndose entre abrazos y esperma/ en la gran rosa lúbrica que al amar perpetúas”; “Cuando llegaste al ascensor se puso/ color de tu cabello el aire todo”; “…con  la que subo sudoroso al verte/ y a ahechar tu cuerpo…” ; “…ante tu oferta /de hojaldre quebradizo y pan caliente,/no haber cumplido esos sesenta años/en que se aprende a agradecer un postre”;” incluso para aquel que es tu marido/por esta vez perdonaré el engaño./ Con él acepto sólo me traiciones”; “Jamás . —¿Ni un beso más? Ni un verso más.”. Aliteración intencionada, ironías y sarcasmos,  burlas y reticencias, así como un verso —repetimos— bien cuidado hacen de este libro un poemario amoroso fuera de la tradición romántico-modernista, donde asoma un empirismo contemporáneo de corte anglosajón, como animado por el duende de D.H. Lawrence.

 

En Pervesificaciones no encontramos al poeta de raíz sureña descriptivo y de esplendor de cielo andaluz, notable exponente de la llamada “renovación del lenguaje poético”, sino una corriente muy actual de poesía erótica con afición cinematográfica, más cerca ede Ovidio, por lo que tiene de confesión sensual y convencionalmente exhibicionista, que de Catulo, ya que en ningún momento hay un matiz de desgarro amoroso. No nos extraña el erotismo de consigna, propio de la irrupción “novísima” de los 70, pues Ángel García López lo trata en un verso pulcro que vale por sí mismo.

 

UN LIBRO DE FE:  LO VERDADERO ESPERANDO

 Francisco Montero Galvache

La Morera

Alcalá de Guadaira (Sevilla),1992

 

Con un verso de Juan Ramón Jiménez titula Francisco Montero Galvache este nuevo libro de poemas editado por La Morera, de Alcalá de Guadaira, en 1992 y prologado por el poeta Luis López Anglada

 
De fervoroso sentimiento religioso, esta entrega de Montero Galvache tiene dos sonetos a manera de introducción —“Razones para buscar a Dios”—: “Seguro ya de ser cuanto ya ha sido/sólo a lumbre que a Sol nunca llegara,/ es natural que un día se acercara/el corazón a cuanto había querido.” En este cuarteto hay como un   anuncio del posterior desarrollo poemático que culmina en el segundo soneto: “Que atravesando sombras, como ríos,/iremos a la desembocadura/ en Dios, como la fe nos lo decía”.

En efecto, a continuación el poeta, en “Memoria de una búsqueda” tantea la indagación de lo Divino, recorriendo las civilizaciones en versos endecasílabos y heptasílabos blancos, combinados entre sí; Centroáfrica, Laponia, Japón, Egipto, Grecia, Roma…, son lugares llenos de una  simbología religiosa que no satisface al poeta. 

En “De la unidad que viene” tiene como tema sobre el valor de la religiosidad que le merece la ruptura europea de los siglos XVI y XVII a la que opone la Unidad.

Sigue después una serie de once sonetos a motivos de temas cristianos: “Milagros·, “Ramos”, “Comunión”, “Pasión”, “Decisiva palabra”, “La insaciable sed”, en los que el poeta lamenta, en cierto modo, la euforia orgullosa de una civilización que ciega al hombre en la materia. En la “Exhortación a la sangre” el poeta, en un hondo monólogo, intenta elevarse como buscando a Dios, empleando cuartetos blancos magníficos que, liberados del yugo de la rima, se suceden alados y profundos a la vez.

En el poema “Así que vuelve el corazón del sueño” en muy buenos cuartetos el poeta entra como en una certeza; mejor, como una visión de lo trascendente con una clara alusión a fray Luis de León. Hay en este poema como un anticipo de la paz: “ Y cuando despertó al frío y duro/bogar del tiempo regresó pensando/ el corazón que lo que allí guardaba/ era sin duda el Inmortal Seguro”.

Los cuartetos blancos de “Esperanza al último Evangelio de Pentecostés” sn de una factura impresionante por su trasfondo apocalíptico. Sigue “Para la tregua de un desconsuelo” en la que Montero Galvache lamenta el afán desalentado de conocer la luz y filosofar como sobre ella como un asunto humano.Concluye el libro con un “Cántico tomista a la Divina Blancura”, verdadero himno eucarístico que entona el poeta como un colofón a su poemario religioso, que habría que considerar como un monumento que él levanta a su fe católica, sin ambages después de una búsqueda tras cuyo fin respira como un artesano de su entusiasmo.

En toda poesía religiosa o bien mística existe el peligro de emplear un lenguaje manido y engolado. El autor de este libro esquiva ese riesgo, si bien emplea un nivel expresivo medio —no sublime y fuera de época— que tiene sus raíces más en Lope y Fray Luis de León que en San Juan de al Cruz.

Hay en algunos poemas anhelos misticismo, pero el poeta se autolimita este afán como llegando a las puertas del Misterio, acariciando su aldabón con gran humildad como si ese gesto se volviese poema incomunicable: “Toda sombra se arrodilla/ al pie de su luz sin término./ Toda desesperación / hágase en su paz sagrario./ Ningún sabor de la tierra/sabe a lo que sabe Él”.

En este libro Francisco Montero Galvache parece que no ha dejado escapar un instantáneo pero seguro  saboreo  de lo que él está en sazón de esperanza como verdadera y definitiva vida.

 

LIBROS RECUPERADOS

ESCRITURA ARRASADA
ANTONIO VALLMEG
X Premio para poetas andaluces “Ciudad de San Fernando”
HUERGA Y FIERRO, editores, 2005


Reunidos el jurado del Premio ·Ciudad de San Fernando”, Manuel Francisco Reina, Charo Fierro Madrid y el que esto suscribe, se acordó por unanimidad conceder el premio de este año al libro Escritura arrasada, del poeta granadino Antonio Vallmeg (Churriana de la Vega, 1951).

Creer que el anhelo de remozar las estructuras poéticas fenecen con la crisis del surrealismo y la rehumanización de la poesía, es un error; más aún si nos trasladamos a la poesía arraigada de la posguerra. Siempre ha habido poetas que han dado un vuelco a la poesía vigente como si la quisieran retrotraer a una especie de inocencia verbal en la que se busca frescura y un conjunto de sugerencias, aunque éstas rocen la imagen irracional.

Algo de eso hallamos en este libro de poemas breves sin ilación “argumental”, o sea, sin obedecer a un contenido que sitúe al lector por etapas de la vida. Todo lo contrario: esencialmente de estructura abierta, este poemario, con un fondo lírico en el que habla una voz de “dolorido sentir” garcilasiano, pone un toque surrealista en cada poema, como si la realidad quedase soterrada en una visión que descompone adrede el mosaico de la lectura: 

“Esa mecánica hermosísima que repara arcángeles en lo profundo del cielo,/ ese oro cruel de lo quimérico de los pájaros,/ese veneno de lo superficial de las adelfas,/o bien esa hiena que posee en su boca una magnolia”.

El poeta no nos quiere comunicar contenidos lógicos de su conciencia biográfica. Hay una renuncia voluntaria a una exposición racional de lo que vemos cotidianamente: 

“Amortajados en el agua curva / del celeste augurio donde se / rompen los álamos y se extiende / la sábana blanca del hastío”.

El formalismo poético quería que el poeta expusiese el poema como no previsto por el lector, sino todo lo contrario: que imprimiese en el interés del lector una novedad sorprendente. No sé si a los ojos de cualquier lector Vallmeg lo consigue; lo cierto es que su verso procura rehuir todas las expresiones de cliché realista para ofrecer una pintura algo insólita:

”La copa vacía donde cabe todo el cielo, / donde cabe todo el silencio, donde la pared / cohabita con el cisne, el perro y el violín, / donde los gatos hielan el corazón del ciervo”.

Lejos de cualquier mensaje de poesía social, o sencillamente intimista, el autor recurre a combinaciones donde la realidad inmediata esté ausente y por oposición, la sorpresa pueda emocionar al que lee:

“El diamante suena en la sangre del mirlo”.

La escritura de Vallmeg queda arrasada por una anhelo de presentarnos un mundo insólito, incubado por los recursos del poeta, desde luego. Lo que queda de la escritura es una sensación de un mundo ya recorrido, conocido y superado por la ambición expresiva del autor, de la que nada más que permanece la angustia de ser o no-ser en el valor entitativo de la comunicación:

“He viajado mucho por la vastedad / de la palabra, / por la jungla de asfalto del idioma. /
El iris de las lenguas antes de morir, / he conocido”.


Ante libros con lenguaje literario convencional de indudables valores líricos intimistas, el jurado se decidió por Escritura arrasada, debido a su anhelo de sensorializar el mundo íntimo hasta ofrecerlo como una pintura de trazos con atrevidas y atractivas estridencias. A mi parecer, en ocasiones una pintura del Bosco. 

Libros recuperados

Libro de estampas isleñas

José Carlos Fernández Moreno

Publicaciones del Sur 1990

 

Compuesto por un prólogo de Pedro Payán Sotomayor, una introducción del autor y treinta y dos capítulos, este libro es como un homenaje dedicado a los sitios más emblemáticos de la Isla de San Fernando. escrito en una época en que los que frisan los cincuenta años han visto desaparecer edificios que caracterizaban la calle Real; hemos dicho sitios pero también hay que incluir costumbres que alimentaban el vivir cotidiano de la entonces pequeña ciudad, si nos situamos entre los años cuarenta y sesenta.



Esas construcciones dejaron su impronta, cuando éramos niños propicios a la contemplación, en esa retina del amor a lo autóctono, a lo que formaba parte del día a día de unos transeúntes que han visto esta progresiva transformación de una arquitectura funcional alejada de lo que resultaba un cuadro homogéneo y familiar.



Capítulo a capítulo José Carlos Fernández va contando a los lectores cómo transcurría (y sigue transcurriendo en cierto modo pero con otros caracteres) la vida en colegios, calles, patios (algunos de factura modernista en sus interiores), tebeos, pregones callejeros, tiendas de ultramarinos y güichis, la necesidad del botijo, fiestas religiosas, tertulias a la fresquita, —desaparecidas hoy por la competencia de la televisión—, las radionovelas, los discos dedicados, los bailes en patios y barrios, los guateques, los puentes tan característicos del mapa de la Isla, las capillitas, la significación popular y oficial de la Patrona y de la Semana Santa de entonces, los salineros, los candrays, los cines con sus puestos ambulantes, sobre todo los cines de verano, la afición de muchos isleños a la playa de la Casería, las incipientes visitas a la playa de Camposoto, la sustitución del tranvía por el trolebús y de los entierros de carruaje por el coche, todavía de lento traslado a la iglesia y luego, tras la despedida de los acompañantes en la esquina del bar La Bahía, entonces, ya rápidamente, al cementerio, todavía rodeado de huertas, la persistencia de los cierros afiligranados con sus visillos blancos movidos por el levante en calma, cafés de tono popular (por ejemplo el 44, felizmente vivo todavía), el tipismo del Callejón Cróquer, fotógrafos callejeros, los diteros, los casinos, los emocionantes enfrentamientos del C.D. San Fernando y Cádiz C.F., expresiones de costumbres como “Ir al destino” ,”Hay ropa tendida”, el apogeo de las bicicletas, los encalijos en verano, veladas y verbenas, la feria del frío, las calles enchinadas, la Radiofononía de ayer a hoy…

Este libro, que no pretende ser historia de la Isla de San Fernando, se hace forzosamente imprescindible para el conocimiento de esos aspectos que hoy nos parecen esquemáticamente tradicionales, pero que formaron parte del devenir de nuestra ciudad, cuando ésta ya se preparaba para ensanchar su perímetro urbano por huertas, esteros y salinas, que no escapan a la evocación del autor. Una colección de fotografías ayuda a los lectores a situar la imaginación en la lejanía del tiempo y el espacio que se difumina en los textos.



José Carlos Fernández ha querido, como dice el prologuista, el profesor de la UCA Pedro Payán, fijar lo perecedero. Como explica el mismo Payán, con la lectura de este libro puede invadir la añoranza, la nostalgia a los que se sienten protagonistas de aquellos años que estas Estampas se encargan de conservar como un tesoro de imágenes y comentarios que cumplen también un cometido histórico, aunque su intención nada más —y nada menos— es la sobrevivir en la confusa y agitada memoria de estos nuevos tiempos.



Libro de lectura necesaria para información del que no vivió su contenido y de deleite —un poco doloroso a lo mejor por lo que tiene de paso del tiempo— para el que se ve en el fondo anónimo de estas páginas.